¿Qué se festejó?

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Pluralidad en Stereo Costa, silenciada en 1998.

En torno a la libre expresión la única libertad segura es la repercusión: lo dicho se pierde, hay sanciones que van de lo burdo a lo inaudito, o peor aún: dígase lo que se diga, nada sucede… Y justamente: Así sucede.

Eso de la libre expresión (y su festejo) es todo un tema.

Muchos se empeñan en celebrar aún el siete de junio, aunque la mayoría de comunicadores actuales preferiría archivar esa fecha en definitiva. El motivo: es un festejo establecido por editores inclinados hacia el oficialismo.

Este año, un colega muy apreciado, José Juan Balcázar, a quien sigo llamando jefe JJ, porque fue gentil al romper -en prensa- el prolongado silencio al que parecía habérseme confinado, se llevó la jornada en redes sociales, entre broma y broma.

Uno de sus primeros post’s dio pie a que precisamente el corresponsal de Noticias / Chiapas, Hugo Grajales Peña, apareciera -madrugador y respondón: “Con atento saludo desde la tierra de Joaquín Gutiérrez Niño. ¿Qué se va a festejar, pue?”

Hábil y puntilloso, Hugo antepuso el referente de su ubicación, citándome, pues, aunque algunos siempre se hicieron de la vista gorda cuando fui retirado a la mala de la radio paraestatal, muchos tienen presente el pasaje, y sigue como pendiente de conciencia.

Ese episodio de 1998, que fue cereza en el pastel de otros previos de mayor importancia pero menos notorios, que lamentablemente todos juntos palidecen ante silenciamientos de todo tipo, por todo el país, tornan incontrovertible la escasa y muy acotada libertad de los medios.

Hoy en día, pocos, muy pocos comunicadores se atreverían a sostener que exista un respeto irrestricto a la libre expresión. Incluso, la óptica internacional es que nuestro país es actualmente un sitio de alto riesgo para el ejercicio periodístico.

En lo personal, y es lo que ahora quisiera recalcar, no me explico por qué en ciertas esferas aún se molestan por análisis no favorables, e incluso por simples comentarios incómodos, pues es un hecho que la diversidad de señales torna poco eficaz hasta la crítica más exacerbada.

Pero el grado de intolerancia de las distintas cúpulas retrata muy bien el nivel de las aguas que corren. Son tiempos difíciles, sin duda.

Queda para consuelo, como bien se ha señalado, el ilusorio manejo de redes y el abuso en radio de ciertos giros coloquiales, verdaderas leperadas en realidad, que muy poco tienen que ver con la libertad para externar ideas y especialmente para disentir.

Pero el peor de todos los signos se revela cuando cualquiera puede insultar a las autoridades de mayor investidura sin que pase absolutamente nada.

Como apuntamos para la ocasión: el reto era decirlo; ahora, que hagan caso.

Y ahí reside probablemente el mayor nudo de nuestra democracia, en permanente perfeccionamiento que no acaba de cuajar: hablamos pero nadie oye. Y a este paso se requerirán centurias para avanzar.

Con razón la colega Rosa del Valle escribió: “Qué lento el mundo; por eso bostezo”.

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