Enrique Reséndiz, el compañerito

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Reséndiz (primero de cuclillas) entre compañeros de ORC

A un cuarto de siglo del accidente en el que murió, recuerdo a Amalio González Reséndiz. Con su cabello rebelde como él; delgado y menudo como su voz. Pero disciplinado y esmerado; siempre acucioso y cumplido.

Todo para bien; nada en vano.

Hace 25 años amanecí en diligencias.

Esperaba identificar el cadáver de mi amigo Enrique Reséndiz tras el accidente que sufrimos horas antes, cerca de Tacubaya, al salir de nuestro programa “Algo diferente” en Radio Red.

En la agencia del Ministerio Público de la Delegación Benito Juárez recibí solidarios telefonemas de Carlos Ramos Padilla y de Jorge Larrauri, quien me llamó a nombre de José Gutiérrez Vivó.

También me visitó Jorge A. Olea, a quien rogué interviniera para que no se liberara al conductor ebrio que embistió a mi colaborador, hasta que no se responsabilizara con la humilde familia que sostenía Enrique. Todo inútil.

El manejador era un comerciante de ascendencia judía; supo entenderse con las “autoridades”, probablemente de igual modo como se las arregló en la madrugada con los agentes policiacos que lo dejaron escapar, aunque no llegaría muy lejos: se estrelló poco antes de Reforma.

Gutiérrez Vivó, por cierto, había adelantado la especie de que nos habíamos quedado sin gasolina en el Periférico y no faltó su crítica por la “irresponsable falta de previsión”. Otros rumores indicaban que yo había muerto. Y en cierto sentido, así fue.

Aquel resultó el primero de una serie de acontecimientos que me afectaron tremendamente. Uno tras otro, siempre en picada; sólo con leves respiros. “El karma”, supone y expuso -hace poco, en mi pueblo- un poeta amigo.

Lo cierto: desde minutos después de producido el percance comencé a recibir apoyo de amigos como el maestro Jorge Manuel Hernández, de Radio Fórmula, quien usó el intercambio con una modesta funeraria para prestar el servicio.

Compañeros de Radio Red y ex compañeros de Radio Centro se organizaron y llevaron algunos recursos en efectivo a los deudos, localizados gracias al tecladista Alejandro Collado.

Del Semefo salí, sin dormir ni un minuto, en las primeras horas de la tarde del 10 de abril de 1992. Viernes de Dolores, por cierto.

Aquel día había quedado en comer con Arturo González Orduño y el director de Radio Mil. Como el lugar de la cita era relativamente cercano y no había cancelado, pasé a disculparme. De camino, recogí materiales para el programa de esa noche; estaría El Reportero Cor.

En la CNOP, donde mi asistente contaba con escritorio en préstamo para adelantar textos, el titular de la oficina, el sociólogo Arturo Martínez Colín, reveló que -desde que su secretaria y él llegaron- descubrieron que del lugar de Enrique emanaba fuerte olor a flores.

¿Quién fue Enrique Reséndiz?

Su nombre real era Amalio González Reséndiz. Nació en Hidalgo, donde quedó su padre; su mamá, “La Chepina” como le decía cariñosamente, tuvo tres hijas más.

Pronto asumió el sostenimiento familiar porque su madre, quien lavaba ajeno, padecía fiebre al mojarse los pies.

Conocí a Enrique durante mis turnos vespertinos en La Consentida, al mediar la década de los ochenta, cuando acudía a la cabina a recoger el cesto de basura. Se quedaba viendo atentamente el manejo de controles y el desempeño del animador.

Así, de tarde en tarde, entre corte comercial y canción, lo fui descubriendo. Supe que estudiaba relaciones para cambiarse a sociología; que leía bastante y no era creyente. Le gustaba la radio pero, por su timbre de voz, se sabía negado para ella. Lo animaba diciéndole que no todo era locución.

Me parecía injusto que un muchacho con su preparación se desempeñara como intendente. Lo decía en pasillos y oficinas; lo recomendaba… Nadie quiso darle una oportunidad. Cuando asumí la representación sindical, de inmediato lo promoví a operador de consola.

Pero cayó en lecho duro. Cuando salí de ORC, le hicieron la vida imposible y lo corrieron. Quiso irse a Estados Unidos. Me buscó en el SNTE para que lo apoyara con el pasaje; así lo hice, condicionándolo a que si no conseguía su objetivo me apoyaría en proyectos personales.

Cuando lo rechazaron de la frontera trabajó un tiempo como peón pero le era muy pesado por su complexión, menuda y endeble. Me buscó; sobrevivimos un tiempo con mi exigua colaboración en El Universal.

Intenté entonces editar por mi cuenta (AM/FM y el magazine Entremés), pero, para no variar, sin recursos… Fue imposible. Con todo, los intentos acaso sirvieron para mostrar algún potencial y por fin aceptaron en Radio Red un añejo proyecto presentado originalmente a Radio Centro.

Lo malo, lo usual: no había presupuesto para producción. De mis honorarios como conductor le compartía para sobrellevar sus necesidades, en tanto conseguía empleo formal o se nos abría el panorama en algún emprendimiento propio. No hubo tiempo.

Ya casi preparado, el accidente. Me digo mil veces que, con su apoyo, otro gallo habría cantado para ambos. Quedé descubierto, desprotegido, en las contadas oportunidades posteriores…

Aquella noche del 9 y madrugada del 10 de abril, que debimos trasladarnos ya en el coche compacto que sacaría a crédito, y cuya entrega demoraron por dos o tres días, volvimos en el coche del periodista Mario Campa, a la sazón jefe de Redacción de El Universal y colaborador de mis programas.

Aunque el hubiera no existe, o incluso pudo resultar peor, cabe que yo evito el Periférico y seguramente habría “bajado” por Revolución, como lo hacía cuando me tocaba manejar, pero…

Fue la noche de la primera lluvia del año. Al aproximarnos a Tacubaya, sobre Periférico, Mario esquivó bien al VW que se había accidentado y estaba atravesado entre carriles centrales. Una pareja de jóvenes batallaba para  orillarlo.

Al ver por el retrovisor que se avecinaba un ola de carros, Campa dijo: “Los van a hacer pinole. ¿Los ayudamos?”. De inmediato, ambos (Enrique y yo) estuvimos de acuerdo y descendimos.

Mientras Mario y yo empujábamos al vehículo accidentado, desde el arroyo central, Enrique fue por la barra de contención para hacer señales con pañuelos blancos. El coche que tomó la delantera, un Tsuru rojo, lo arrolló y mató.

Lo demás fueron ambulancias y patrullas que de nada sirvieron. Aquella noche Enrique me había mostrado unos dólares que guardaba en su chamarra con cierre; era su guardadito de la fallida aventura hacia Estados Unidos. Ni eso devolvieron a su familia.

Salvo por la rápida visita de Jorge A. Olea y los telefonemas, estuve solo durante las largas y pesadas horas de diligencias. Hasta que identifiqué el cadáver en el Semefo, entre una y dos de la tarde.

Al anochecer de aquel diez de abril, antes de ir al programa con Leopoldo Meraz, visité la capilla ardiente, en Neza. Desolador encuentro con los deudos de mi amigo. Al día siguiente, lo acompañamos a su última morada.

En su corta existencia, Enrique Reséndiz tuvo oportunidad de hacer radio y alternar con personalidades que él admiraba: escritores, arquitectos y científicos, entre otros.

En el transcurso de su colaboración para mis programas le encargué relevar a Fernando Allier en la reseña de libros. Potenció así su otra pasión, paralela a la radio: la lectura.

Cuando murió, Amalio preparaba una serie de programas en torno a la pasión de Cristo. Leyó la biblia y entrevistó a teólogos; quedó maravillado con la entrega del Redentor. Creo alcanzó a convertirse.

Y él también culminó su vida en ofrenda por los demás.

A un cuarto de siglo del accidente en el que murió, recuerdo a Amalio González Reséndiz. Con su cabello rebelde como él; delgado y menudo como su voz. Pero disciplinado y esmerado; siempre acucioso y cumplido.

Todo para bien; nada en vano.

Hace 25 años amanecí en diligencias.

Esperaba identificar el cadáver de mi amigo Enrique Reséndiz tras el accidente que sufrimos horas antes, cerca de Tacubaya, al salir de nuestro programa “Algo diferente” en Radio Red.

En la agencia del Ministerio Público de la Delegación Benito Juárez recibí solidarios telefonemas de Carlos Ramos Padilla y de Jorge Larrauri, quien me llamó a nombre de José Gutiérrez Vivó.

También me visitó Jorge A. Olea, a quien rogué interviniera para que no se liberara al conductor ebrio que embistió a mi colaborador, hasta que no se responsabilizara con la humilde familia que sostenía Enrique. Todo inútil.

El manejador era un comerciante de ascendencia judía; supo entenderse con las “autoridades”, probablemente de igual modo como se las arregló en la madrugada con los agentes policiacos que lo dejaron escapar, aunque no llegaría muy lejos: se estrelló poco antes de Reforma.

Gutiérrez Vivó, por cierto, había adelantado la especie de que nos habíamos quedado sin gasolina en el Periférico y no faltó su crítica por la “irresponsable falta de previsión”. Otros rumores indicaban que yo había muerto. Y en cierto sentido, así fue.

Aquel resultó el primero de una serie de acontecimientos que me afectaron tremendamente. Uno tras otro, siempre en picada; sólo con leves respiros. “El karma”, supone y expuso -hace poco, en mi pueblo- un poeta amigo.

Lo cierto: desde minutos después de producido el percance comencé a recibir apoyo de amigos como el maestro Jorge Manuel Hernández, de Radio Fórmula, quien usó el intercambio con una modesta funeraria para prestar el servicio.

Compañeros de Radio Red y ex compañeros de Radio Centro se organizaron y llevaron algunos recursos en efectivo a los deudos, localizados gracias al tecladista Alejandro Collado.

Del Semefo salí, sin dormir ni un minuto, en las primeras horas de la tarde del 10 de abril de 1992. Viernes de Dolores, por cierto.

Aquel día había quedado en comer con Arturo González Orduño y el director de Radio Mil. Como el lugar de la cita era relativamente cercano y no había cancelado, pasé a disculparme. De camino, recogí materiales para el programa de esa noche; estaría El Reportero Cor.

En la CNOP, donde mi asistente contaba con escritorio en préstamo para adelantar textos, el titular de la oficina, el sociólogo Arturo Martínez Colín, reveló que -desde que su secretaria y él llegaron- descubrieron que del lugar de Enrique emanaba fuerte olor a flores.

¿Quién fue Enrique Reséndiz?

Su nombre real era Amalio González Reséndiz. Nació en Hidalgo, donde quedó su padre; su mamá, “La Chepina” como le decía cariñosamente, tuvo tres hijas más.

Pronto asumió el sostenimiento familiar porque su madre, quien lavaba ajeno, padecía fiebre al mojarse los pies.

Conocí a Enrique durante mis turnos vespertinos en La Consentida, al mediar la década de los ochenta, cuando acudía a la cabina a recoger el cesto de basura. Se quedaba viendo atentamente el manejo de controles y el desempeño del animador.

Así, de tarde en tarde, entre corte comercial y canción, lo fui descubriendo. Supe que estudiaba relaciones para cambiarse a sociología; que leía bastante y no era creyente. Le gustaba la radio pero, por su timbre de voz, se sabía negado para ella. Lo animaba diciéndole que no todo era locución.

Me parecía injusto que un muchacho con su preparación se desempeñara como intendente. Lo decía en pasillos y oficinas; lo recomendaba… Nadie quiso darle una oportunidad. Cuando asumí la representación sindical, de inmediato lo promoví a operador de consola.

Pero cayó en lecho duro. Cuando salí de ORC, le hicieron la vida imposible y lo corrieron. Quiso irse a Estados Unidos. Me buscó en el SNTE para que lo apoyara con el pasaje; así lo hice, condicionándolo a que si no conseguía su objetivo me apoyaría en proyectos personales.

Cuando lo rechazaron de la frontera trabajó un tiempo como peón pero le era muy pesado por su complexión, menuda y endeble. Me buscó; sobrevivimos un tiempo con mi exigua colaboración en El Universal.

Intenté entonces editar por mi cuenta (AM/FM y el magazine Entremés), pero, para no variar, sin recursos… Fue imposible. Con todo, los intentos acaso sirvieron para mostrar algún potencial y por fin aceptaron en Radio Red un añejo proyecto presentado originalmente a Radio Centro.

Lo malo, lo usual: no había presupuesto para producción. De mis honorarios como conductor le compartía para sobrellevar sus necesidades, en tanto conseguía empleo formal o se nos abría el panorama en algún emprendimiento propio. No hubo tiempo.

Ya casi preparado, el accidente. Me digo mil veces que, con su apoyo, otro gallo habría cantado para ambos. Quedé descubierto, desprotegido, en las contadas oportunidades posteriores…

Aquella noche del 9 y madrugada del 10 de abril, que debimos trasladarnos ya en el coche compacto que sacaría a crédito, y cuya entrega demoraron por dos o tres días, volvimos en el coche del periodista Mario Campa, a la sazón jefe de Redacción de El Universal y colaborador de mis programas.

Aunque el hubiera no existe, o incluso pudo resultar peor, cabe que yo evito el Periférico y seguramente habría “bajado” por Revolución, como lo hacía cuando me tocaba manejar, pero…

Fue la noche de la primera lluvia del año. Al aproximarnos a Tacubaya, sobre Periférico, Mario esquivó bien al VW que se había accidentado y estaba atravesado entre carriles centrales. Una pareja de jóvenes batallaba para  orillarlo.

Al ver por el retrovisor que se avecinaba un ola de carros, Campa dijo: “Los van a hacer pinole. ¿Los ayudamos?”. De inmediato, ambos (Enrique y yo) estuvimos de acuerdo y descendimos.

Mientras Mario y yo empujábamos al vehículo accidentado, desde el arroyo central, Enrique fue por la barra de contención para hacer señales con pañuelos blancos. El coche que tomó la delantera, un Tsuru rojo, lo arrolló y mató.

Lo demás fueron ambulancias y patrullas que de nada sirvieron. Aquella noche Enrique me había mostrado unos dólares que guardaba en su chamarra con cierre; era su guardadito de la fallida aventura hacia Estados Unidos. Ni eso devolvieron a su familia.

Salvo por la rápida visita de Jorge A. Olea y los telefonemas, estuve solo durante las largas y pesadas horas de diligencias. Hasta que identifiqué el cadáver en el Semefo, entre una y dos de la tarde.

Al anochecer de aquel diez de abril, antes de ir al programa con Leopoldo Meraz, visité la capilla ardiente, en Neza. Desolador encuentro con los deudos de mi amigo. Al día siguiente, lo acompañamos a su última morada.

En su corta existencia, Enrique Reséndiz tuvo oportunidad de hacer radio y alternar con personalidades que él admiraba: escritores, arquitectos y científicos, entre otros.

En el transcurso de su colaboración para mis programas le encargué relevar a Fernando Allier en la reseña de libros. Potenció así su otra pasión, paralela a la radio: la lectura.

Cuando murió, Amalio preparaba una serie de programas en torno a la pasión de Cristo. Leyó la biblia y entrevistó a teólogos; quedó maravillado con la entrega del Redentor. Creo alcanzó a convertirse.

Y él también culminó su vida en ofrenda por los demás.

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