Pedir frutos al pino

 

Hubo hoy jornada de “servicio” en Acueducto de Guadalupe. Entre las flamantes “acciones”: segar un árbol frente a mi domicilio. Olvidemos el consenso que al parecer los amarillos, por democráticos que se digan, lo ignoran. Bastaría que pensaran, pero sería pedir lo imposible; como pedir frutos al pino.

“En un abrir y cerrar de puerta, cambia el panorama…”

La expresión de Cande, resignada, me cala; tanto o más que la tala que acabamos de presenciar.

El pino que nos trajo su padre, años ha, cuando nuestros hijos crecían, desapareció. En cuestión de minutos.

Era uno de los dos que otrora iluminaba en navidad. Pero creció tanto y tan pronto, que cuando volvimos de Chiapas ya no pude continuar la tradición.

El otro pino, que fue plantado por Marina, una vecina de nacionalidad rusa, cuando recién habitamos la unidad, lo hallamos con plaga y pronto se secó. Hace todavía poco lo derribaron.

Mujer fuerte, serana, mi esposa se ve ligeramente alterada. Triste, un tanto desconcertada. Va de la ventana de nuestra recámara a la puerta del departamento. Se sobrepone y toma algunas fotos.

Voy a la computadora y disparo una serie de enunciados en Facebook:

Otro gigante que cae. Uno de los dos pinos que otrora iluminaba en Navidad. / Era uno de los dos pinos que mi suegro trajo desde Cuajimalpa. / Y porque crecieron con nuestros hijos… Da tristeza; mucha. / Dios perdone a quienes los secaron -y los segaron. / Agandalle de talamentes al estilo dictatorial que cultivan. Tengan su cosecha…

No me duele especialmente la caída de árboles. Vengo de un lugar donde plantas, animales y personas mueren de modo natural; un lugar donde se vive sin rejas ni cerrojos. O, por lo menos, así fue en mi etapa formativa.

Me purga que dos o tres decidan -a las puertas de tu casa- asuntos que corresponden a la comunidad. Sobre todo, que sean incapaces de hallar verdaderas soluciones y que se vayan por lo fácil, ¿les pesará pensar?

Son dictadorzuelos que preparan el camino a lo que viene; vulgares gandallas. Ya cosecharán lo que siembran; nunca verán los efectos de lo que derriban, que no son sólo árboles… Miopes.

Lo peor es que, al amparo de legislaciones a modo, tan balines como quienes las formulan y promulgan, “autoridades” y “representantes” conviertan a residentes en rehenes. Todo, para sostenerse recíprocamente.

Reproducciones a escala de la realidad nacional… Pero, a todo esto, lobatos del mayor, ¿a dónde llevan la madera?

Cuando mis nietos volvieron a casa, al anochecer, Dalia, la más pequeña, lanzó una pregunta incomprensible para quienes son incapaces de contrastar lo que se enseña a los niños y lo que observan de los “adultos”:

“Cande, ¿ya no vamos a tener oxígeno?”

 

Joaquín Gutiérrez Niño.

 

 

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