Los padres simbólicos

Repongo -al comienzo de junio- este texto, escrito hace una docena de años, que contempla la figura paterna en señores que no son padres físicos, directos, pero que se adoptan por un valor moral superior. ¿Hasta qué punto es frecuente y/o aceptable? Esta es una percepción personal. (JGN).

Divagaciones en torno al padre

 

A la memoria de don Carlos E. Gutiérrez;

para papá Jesús: dichoso tránsito a la eternidad.

 

Cuando hace casi treinta años conocí a Cande, mi esposa, me llamó la atención que decía “papá Jesús” a su abuelo materno.

Todavía más raro me pareció, también por aquel tiempo, que el bronco locutor tabasqueño Carlos César Gil llamara “padre” al director de Radio Sensación, Eduardo Linares, quien sólo era su jefe.

Pero, en realidad, ninguno de ambos detalles debió extrañarme demasiado, ya que en mi terruño no sólo nietos sino sobrinos, ahijados e hijos “de crianza” llaman papá a quienes realmente no lo son.

Por alguna extraña razón, siempre creí una ofensa al verdadero progenitor atribuir a otro, así fuera solamente de palabra, la paternidad que -pensaba- corresponde a un hombre y a nadie más.

Esto, claro, aún a despecho de lo que sentenciaban las abuelas: “padre no es el que engendra sino quien mantiene y educa”. En un sentido más amplio, probablemente también lo sea quien guía o abre senderos.

En cualquier caso, cabe preguntarse: ¿Tendrá el ser humano la necesidad de contar o identificarse con más padres que el biológico?

Se tiene por sabido que la ausencia de figura paterna conduce a ciertas jóvenes a preferir como compañeros sentimentales a señores maduros. Son padres sustitutos, se sospecha. Pero, ¿qué ocurre con los hombres?

Más temprano que tarde, en el devenir de la vida, obtenemos pistas que nos conducen al descubrimiento de nuestros padres en distintos órdenes.

No tenemos que ser Kiyosaky para equiparar al mentor con el progenitor. En Padre rico, padre pobre, revela que el papá de su mejor amigo lo fue también para él en lo financiero. Menos mal, porque peores andaban las relaciones entre maestros y discípulos clásicos.

Conmigo y mis hermanos ocurrió que muchos de nuestros amigos veían a mi padre como un patriarca digno de respeto y atención; en cambio, yo no tuve en sus papás algo del mío. Los recuerdo a todos con gran aprecio, pero hasta ahí.

Para mí, el poeta Juan Rejano, el periodista Alejandro Avilés y el locutor Salvador Luna Ibarra, fueron -por orden de aparición en mi vida- los primeros a quienes atribuyo algún grado o modo de tutelaje especial.

A ellos incluiría, en principio, en un volumen titulado Gratitud mayor, aunque con ninguno de ellos conviví mayor cosa. Pero su guía y apertura, su palabra y ejemplo, fueron decisivos al dar mis primeros pasos en la gran capital. Por eso, quizá, siento que suplieron en parte al padre distante.

En diversas circunstancias, en cambio, he tenido la fortuna de alternar, por varios años ya, con un tipo excepcional: don Silvestre Raso. De él he recibido consejo y apoyo generoso.

Es de quienes polemizan en torno a mil cosas; se puede incluso estar en completo desacuerdo con él, pero se le respeta y aprecia. En serio. Como a un padre, precisamente.

Al paso del tiempo, asimismo, creo haber entendido final y cabalmente por qué mi esposa llama “papá Jesús” a su abuelo materno. Seguro, el tratamiento entraña un significado profundo. Más allá de la cercanía y la costumbre.

Don Jesús María Muñoz Robles acumula nueve décadas de trabajo y buen humor. Hombre de siete oficios y más, sólo sintió una verdadera necesidad: que a los suyos nunca faltara nada. Por ello, su principal legado es un elevado sentido de la responsabilidad.

Con el peso de la ausencia definitiva de mi padre, en los últimos años he identificado su figura con el tío Guma, su hermano menor. Acaso por su increíble parecido físico, aunque entre ellos existían enormes similitudes e insalvables diferencias.

También entre don Jesús y el poeta Natanael podría hablarse de polos extremos. No obstante, al aproximarse poco a poco a la cúspide y desenlace de sus existencias, algo o mucho de mi padre encuentro en ambos.

Y no creo faltarle en absoluto a don Carlos. Al contrario. Siempre, en todo hombre cabal, pervive algo del padre universal. Sobre todo cuando el propio se ha marchado de manera definitiva.

 

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