Escribir y leer entre visiones

“Dedique mi vida a escribir, pues esta actividad me permitió vivir el presente y rescatar jirones del pasado”, indica Octavio Raziel. Y confiesa: “Escribo para alcanzar una especie de inmortalidad, pensando en que algún día, aunque muerto, alguien leerá mis epístolas y me permitirá estar vivo a través de esa lectura”. Pero también deja entrever sus visiones.

La vida como es…

De Octavio Raziel

Visiones

         Desde mi refugio en tierras morelenses camino por las baldosas alrededor de la palapa y la piscina de aguas cristalinas. El viento entra hasta ahí y, como serpiente, circula entre corredores que crean los árboles del jardín. La caminata, en ese ambiente de silencio, interrumpido sólo por el canto de algunos pájaros o el sisear del aire, me permite hacer un recuento de quién soy, y lo que también es importante, quién fui.

         Acaricio el vacío. Recuerdo la fragilidad sentimental de mi vida y también la fortaleza que el camino recorrido me imbuyó. El aire que circula serpentea entre mis piernas, cobija mi cuerpo y me pregunta al oído: ¿Dónde están tus recuerdos?

         Ese viento entra al vacío de los memoriales y me lleva a recorrer calles, puertas y ventanas de mi niñez, de mi juventud. ¡Qué extraño! la madurez no se incluye en ese periplo por mi vida.

         Con melancolía reflexiono sobre algo que tarde o temprano hacemos todos: ¿Qué dejo detrás de mí?

         En la película “Algo para recordar”, la protagonista, Deborah Kerr, expresa: ‘Qué frío será el invierno para quien no guarda recuerdos cálidos’.

         Dedique mi vida a escribir, pues esta actividad me permitió vivir el presente y rescatar jirones del pasado.

         Mientras camino sobre el césped, mi mente sigue pensando en el siguiente párrafo, en la cita que mana del fondo del cajón de los recuerdos; en la interconexión que debe haber para crear una novela, un artículo, una evocación, una reflexión. Busco en un cuarto lleno de puertas, ventanas, espejos y sonidos.

         Los atardeceres del estado de Morelos están llenos de policromías que se van difuminando con el verde obscuro de los montes, aquellos por los que vagó y peleó Emiliano Zapata. Esos atardeceres invitan a la meditación, la reflexión, la recuperación de los recuerdos.

         Dedico mucho tiempo a la lectura. Esa actividad se da en la soledad, una soledad con las puertas abiertas que me permiten atravesar las fronteras del conocimiento.

         Mi pasado y mi presente ha sido leer. Ce vici impuni que me inculcó mi madre, cuentacuentos de la noche. Esa actividad me dio la oportunidad de azuzar el pensamiento, mis sensaciones. Entender el proceso histórico del hombre; sus íntimos secretos. No existen secretos que el paso del tiempo no revele, decía Jean Racine. Hay libros, hay ideas que marcan vidas, leer es como meter nuevas vidas a tu vida diría mi amigo Juan Francisco González Íñigo.

         Mientras descanso en ese jardín abro un libro que me lleva a otro mundo, el de la imaginación, donde pervive la belleza, la que nos perturba la mente, el pensamiento.

         El silencio, la soledad, la lectura, me permiten ver algo de lo que dejé atrás de mí: escribir, trasmitir algo de lo que aprendí en esos libros que escondían secretos entre sus tipos de letra de todos tamaños; como también de la vida.

         Escribo para alcanzar una especie de inmortalidad, pensando en que algún día, aunque muerto, alguien leerá mis epístolas y me permitirá estar vivo a través de esa lectura.

         Recuerden que verba volant, scripta manent: las palabras vuelan, lo escrito permanece.

         Heredé a un par de fantasmas. En ocasiones veo a uno de ellos pasar rápido por el prado; el otro, más aventurado, se acerca a la ventana y se asoma. Sólo mira -no observa- hacia adentro de la casa. Cuando volteo, tengo la sensación de que quiere permanecer un poco más de tiempo en esa posición, pero “algo” le hala, le aparta, le arrastra. En una esquina de la casa he llegado a escuchar una voz que me llama: Oye…Oye.

         Al pasear por el jardín, los siento cerca. No creo que sea Dios, pues Él no va a aparecerse a un simple mortal sin tener para ello fuertes razones. Estoy seguro que no soy una de esas razones.

         Ha habido muchos aspectos de mi vida que no pude dejar en el pasado, sobre todo, los problemas de mi mente: invoco el nombre de una persona y minutos después suena el teléfono y escucho su voz. Muevo objetos cuando estoy tenso. Debe haber cientos de explicaciones científicas al respecto; pero a mí no me importa entender esos fenómenos.

         Mientras percibo a los fantasmas caminar a mi lado, trato de visualizar el futuro. Veo con mucha claridad los acontecimientos por suceder. Son tan nítidos, factibles, fáciles de ver; sin embargo, a mi futuro personal, no se me permite acceder. Es un alivio.

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