Cervantes, a cuatro siglos

Con este oportuno y sabroso texto abrimos, hace dos semanas, la revista radiofónica familiar SIGNHOS, por ABC Radio. Lo compartimos ahora para sumarnos a la dedicatoria del autor, José Antonio Aspiros Villagómez.

Textos en libertad

Cervantes, entre las estrellas y los desmanes

Por José Antonio Aspiros Villagómez

En su ya próximo cumpleaños, para mi hijo

Hugo Antonio Aspiros Heras,

quien nació el Día del Trabajo de un año terminado en 6.

Desde diciembre pasado, en un lugar del firmamento una estrella de cuyo nombre previo nadie querrá acordarse, se denomina Cervantes y sus cuatro planetas se llaman Quijote, Dulcinea, Sancho y Rocinante. Qué otros podían ser. Para el noble Rucio ya no alcanzaron, y el bachiller Sansón Carrasco no lo merecía.

Medio año antes de ese cumplido astronómico, los restos de Miguel de Cervantes Saavedra habían sido depositados con solemnidad dentro del convento madrileño de las monjas trinitarias descalzas, luego de su reciente hallazgo y la comprobación de su autenticidad.

Así que, al cumplirse 400 años de su muerte este 23 de abril, el mundo hispanohablante creerá que ya se le hizo justicia, pero no, porque el homenaje mayor seguirá siendo la lectura reflexiva y placentera de su obra literaria -versos, comedias, tragedias, entremeses, novelas-, de la que todos hablamos, pero pocos conocen debidamente.

         Oportuna, como siempre, la Fundación del Español Urgente (Fundéu) nos alertó de lo que ya sabemos, o deberíamos, quienes nos dedicamos a escribir, lo mismo que los lectores atentos: que el título de cualquier obra, en este caso El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la principal del escritor -manchego o no, ya hay debate-, se escribe en cursivas y sólo con las mayúsculas necesarias; que el título abreviado es ‘el Quijote’, en redondas; que el tratamiento ‘don’ va con minúscula -don Quijote-, que ‘el manco de Lepanto’ y ‘el príncipe de los ingenios’ no tienen por qué llevar mayúsculas más que en el nombre propio, y que cervantino y cervantista no significan lo mismo.

         Gracias a la Fundéu por sus consejos, pero lo importante es recordar a quien creó la novela moderna a través de ese ‘long seller’ que es el Quijote, del que todavía se venden (¿los leerán?) miles de ejemplares cuatro siglos después de publicado.

         Porque, muchos no se acordarán, la primera parte de esa novela fue editada en 1605 y la segunda en 1615, un año antes de morir el autor y uno después de que saliera con todo y su necesaria licencia eclesiástica un “Segundo tomo” del caballero andante, pero escrito por alguien conocido con el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda.

         Nadie ha descubierto su verdadera identidad, y según el historiador y traductor A. Herrero Miguel, ésta “desde hace mucho tiempo se viene llamando ‘enigma literario’ (y) es la pesadilla de los cervantistas del mundo entero”.

         Tal intriga sigue vigente. Herrero lo comentó así en una edición mexicana -muy rústica- que, con el nombre de El Quijote apócrifo (382 páginas), publicó en 1959 la Editorial Nacional (Edinal), que por cierto tuvo sus talleres en Doctor Vértiz # 185, de la Ciudad de México.

         Nos pareció necesario mencionar este domicilio, como un gesto solidario porque allí estuvo también la Editorial Praxis, más o menos desde 1981 hasta que en 2015 debió abandonar el local, pues constructores amafiados con autoridades lo demolieron para ampliar un nuevo edificio contiguo.

         El escritor y editor Carlos López, propietario de Praxis, tiene en estos días problemas de salud y le deseamos pronto restablecimiento. Cuando lo sacaron de los seis departamentos que rentaba y eran su hogar, oficina y talleres, hasta fue llevado a la cárcel bajo la acusación de haber violado los sellos de clausura que pusieron en el lugar mientras él dormía.

         Hecha la digresión, volvemos a Cervantes, quien murió en el infortunio total pero ahora se le hacen reconocimientos tales como poner su nombre al instituto con que el gobierno español difunde el idioma en el extranjero, así como al premio literario que, también España, otorga desde hace cuatro décadas y que esta vez recibirá el mexicano Fernando del Paso. En el pasado, le fue entregado a escritores como Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska.

         En México, por cierto, el maestro Enrique Ruelas comenzó a presentar en 1953 los entremeses cervantinos, en la Plaza de San Roque, de Guanajuato, y en 1972 perdieron su objetivo original y se convirtieron en el Festival Internacional Cervantino, donde este año (octubre) el país invitado será precisamente España, debido al aniversario de este autor que perteneció a un Siglo de Oro español que en realidad duró dos siglos, de 1492 a 1681. Desde Nebrija, hasta Calderón de la Barca.

         Sólo que no dan ganas de ir a ese festival guanajuatense porque, desde hace ya lustros, un sinnúmero de visitantes sólo va a cometer desmanes y desvirtuar lo que debería ser una fiesta cultural, igual como le pasa también a la feria del queso y el vino de Tequisquiapan, Querétaro, que en mayo próximo cumplirá 40 años de organizarse, pero donde las calles -y no nada más el Parque La Pila, que es la sede- se llenan de borrachos y es aconsejable no acercarse.

         Así que, amigo Cervantes, mejor nos vemos en la estrella antes conocida como Mu Arae, aunque esté a casi 50 años luz de distancia, y que desde el 15 de diciembre pasado lleva su nombre. Y, por supuesto, nos seguiremos encontrando a través de las páginas de ese Quijote que tanto se disfruta y del que tanto se aprende en cada renovada lectura.

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