Vida, el envío que prevalece

Desde la Encarnación hasta la Resurrección, la Vida en sus expresiones más elevadas, como promesa cumplida para la redención, se celebra en la ceremonia instituida en la pascua que Jesús presidió ante sus discípulos. Esto trato de resumir en un guión para explicar la trascendencia de la Misa. Si a alguien le mueve a participar del sacrificio del altar y verlo como fuente de vida eterna pensaré que mi existencia alcanzó uno de sus más caros objetivos. (JGN).

“En la Misa vengo con tanta humildad, que no hay pecador, no importa cuán depravado sea, que no esté dispuesto a recibirlo, si él así lo desea. Vengo con tanta dulzura y misericordia, que perdonaré a mis enemigos más grandes, si piden perdón. Vengo con tal generosidad, que no hay nadie tan pobre al que no pueda saciar con las riquezas de mi amor. Vengo con un alimento divino que fortalecerá al más débil; con una luz tal que iluminará al más ciego; con tal plenitud de gracias, que eliminará todas las miserias, vencerá la obstinación y disipará todos los temores”.

Así lo reveló NSJ a Santa Matilde para poner de relieve -ante el mundo contemporáneo- la trascendencia del memorial que Él instituyó hace 20 siglos, el jueves previo al sacrificio que redimió a la humanidad…

 

La última cena fue la primera misa.

Al instituir la Eucaristía, Jesucristo estableció el memorial que sintetiza su vida: nacimiento, pasión, muerte y resurrección.

En efecto, para los cristianos católicos, la misa resume la vida del redentor; no como una representación sino en su esencia misma.

“Es un compendio de todo el amor de Dios, de Sus beneficios a los hombres -dijo San Buenaventura: cada Misa concede al mundo, un beneficio no menor al que fue conferido por medio de la Encarnación”.

Y puntualiza: “Cuando Dios desciende sobre el altar, no hace menos de lo que realizó cuando se hizo hombre en el vientre de la Virgen María”.

Por cuanto a la pasión, muerte y resurrección, Santo Tomás enseña que la Misa es, ni más ni menos, el Sacrificio del Calvario renovado en el altar. Afirma que cada Misa da a los hombres los mismos beneficios que el Sacrificio de la Cruz.

Para San Juan Crisóstomo, “La Misa tiene el mismo valor que el Calvario”.  A su vez, San Agustín asentaría: “En la misa, la sangre de Cristo fluye nuevamente por los pecadores”.

Marchant apunta: “En la Misa, Jesucristo ofrece a Su Padre Eterno todos los dolores, humillaciones y los méritos infinitos de su pasión y muerte”.

Y los teólogos coinciden en que nada en la tierra, ni en el cielo mismo, resulta más grato a los ojos del Padre Eterno.

 

La misa es memorial, sacrificio y banquete.

Para los orientales, comer con otra persona ha sido signo de paz, de confianza y fraternidad. También en nuestro mundo occidental el comer juntos es de amigos, de unión y fiesta.

En la misa, el pan y el vino son Jesús, y a esa comida se le llama comunión, por la comunión con Dios y entre los hombres.

La comunión entraña la plena participación en misa.

 

Sondeo:

¿Qué es la misa?

¿Entienden cabalmente los católicos la trascendencia de la misa?

 

Origen, significado e historia

 

El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 1332, denomina al sacrificio eucarístico con la palabra Misa ‘porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana’.

 

El nombre de misa es menos antiguo que aquello que designa. Pero así ocurre, en general, con la terminología litúrgica.

Entre los años 142 y 157, el papa Pío I escribió: “celebramos misas con nuestros pobres”, pero no pudo establecerse como antecedente definitivo porque durante todo el siglo siguiente no se contó con otras referencias.

En cambio, con san Ambrosio, nacido en el año 397, se encuentra el uso del vocablo en una carta dirigida a su hermana Marcelina, y pareciera tratarse de un término que ya era empleado y comprendido.

 

La palabra misa deriva de misión; proviene del verbo latino mittere, que significa enviar.

En este sentido, no pudo existir un nombre más adecuado y hermoso, puesto que el eje de la ceremonia es Jesús, quien fue enviado por el Padre, y enseguida es el Mesías mismo quien instituye el memorial, encomendándolo a sus apóstoles, a quienes envía a propalar la buena nueva.

Asumimos además que, a lo largo de la misa, la asamblea es partícipe de la presentación o envío del sacrificio y permanentemente eleva sus plegarias.

 

Y como todo envío implica una separación o despedida, también se le ha dado a la misa esa interpretación.

Se nos recuerda, así, que el Maestro se despidió de sus discípulos precisamente durante la última cena o primera misa.

Al principio, la misa comprendía la dimisión o despedida de los catecúmenos, quienes se preparaban para el bautismo y no podían asistir a la celebración del misterio eucarístico; sólo a la introducción, hasta el Credo.

San Agustín, quien nace en el año 430, escribiría: “Luego del sermón tiene lugar la despedida de los catecúmenos”.

Es a partir del siglo IV cuando el término se hizo cada vez más común y paulatinamente amplió su significación hasta denominar a la ceremonia en su conjunto.

 

De las maravillas de la santa Misa existe un sinnúmero de afirmaciones.

“Ninguna lengua humana puede describir los inmensos favores y bendiciones que recibimos de la misa” -diría San Lorenzo Justiniano: “El pecador obtiene perdón, el buen hombre se hace más santo, se corrigen nuestras faltas y nuestros vicios son arrancados de raíz oyendo la Santa Misa”.

Santo Tomás, el príncipe de los teólogos, también lo dijo: “La Misa otorga a los pecadores en pecado mortal la gracia del arrepentimiento. A los justos, la remisión de los pecados veniales y el perdón del dolor debido al pecado. Otorga además un aumento de la gracia habitual (santificante), así como todas las gracias necesarias para sus necesidades especiales”.

 

Falta que los fieles de hoy acudan a misa con emoción y devoción verdaderas; que vivan intensamente el misterio de la Eucaristía para que experimenten a plenitud sus bendiciones.

Con la actitud correcta, conseguimos entender la palabra de Dios y crecer en la fe, llenándonos de gozo y del entusiasmo suficiente para cumplir con nuestra misión.

Pero lo verdaderamente maravilloso es que la actitud idónea puede obtenerse con la propia misa. Basta asistir a ella y pedir para alcanzar la emoción y devoción necesarias.

Así, con devoción y emoción, cubriremos el para qué de la misa, que podemos englobar en 4 A: alabar y agradecer -a Dios; arrepentirse y auxiliarse -en presencia del Redentor.

 

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