Parecidos con el periodismo real

A propósito del recién fallecido Umberto Eco y su última novela que plantea parecidos con el periodismo real. Un apunte de Antonio Aspiros.

La última novela de Umberto Eco, Número cero, (Editorial Lumen, 2015, 218 páginas) es muy breve, presentada con tipografía grande y generoso interlineado, además de indebidos españolismos a cargo del traductor, pero sin los retos de comprensión que Eco acostumbra plantear a sus lectores.

 

Pero nada de eso demerita su argumento, que corre por las vertientes periodística, histórica -la supuesta huida de Mussolini a Argentina- y policiaca, que al final se conjugan cuando se llega al desenlace.

 

Un personaje que nunca aparece en la obra salvo porque lo mencionan los protagonistas, quiere ser aceptado en cierto ambiente y para ello amenaza con crear un periódico que, se sabe de antemano, nunca aparecerá.

 

Pero su equipo periodístico elabora varios números cero bajo las indicaciones de un jefe sobre cómo manipular los contenidos, casi sin faltar a la realidad. “De una no noticia hemos sacado una noticia y sin mentir”, sólo “se trata de mover la idea, de dar un escalofrío”, “limitémonos a difundir sospechas generalizadas”, expresa entre otras instrucciones el editor en sus cátedras al personal.

 

Eco no pierde la oportunidad de referirse a personajes como los caballeros de Malta y los masones, de los que ya se ha ocupado en El péndulo de Foucault, y tampoco a Mickey Mouse y otras caricaturas a las que el autor es tan aficionado a citar porque forman parte de sus gustos personales, como en otra de sus novelas: La misteriosa llama de la reina Loana.

 

Los periodistas de Domani, como se llama el diario, tal como ocurre en la vida real tienen un lenguaje coloquial para hablar entre ellos, y otro formal para escribir. Así, dicen “a la chita callando”, “compadre”, “se arma el pastelón” o “hatajo de gilipollas”, mientras que en sus ‘notas de color’ escriben “de chismes, con algún detalle picante”.

 

No falta el detalle necrológico en un templo lleno de restos óseos, ni la novia intelectual de uno de los redactores, para quien los periodistas “son todos de la misma calaña, se protegen unos a otros”.

 

Un buen final redondea el disfrute de esta obra, donde el periodismo queda mal parado, pero nadie en la vida real podría desmentir esa visión.

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