Amor correspondido

Luego de repartir la correspondencia en mi unidad habitacional, la chica (chaparrita, de ojos claros y gorra cruzada por su cabellera) enfilaba hacia la calle transversal, de escaso tránsito y menos a mediodía.
Ahi llegaba o la esperaba ya otro cartero. Descendían de sus motos y permanecían algunos minutos en tiernos arrumacos, como los palomos en los balcones de mi edificio.
No pude (o mejor dicho: no quise) tomarles una foto, que habría sido perla de mi colección, por si se trataba de un flirteo ocasional (para proteger a los inocentes, como decían en las novelas rosas), y tampoco sé en qué haya terminado esta historia, propia de 14 de febrero o 12 de noviembre. Ojalá y correspondidos en el día a día de un hogar.
Lo cierto es que ahora ella vuelve, de vez en vez, con una pequeña que acaso sea el fruto de aquel romance, o simplemente el comienzo del recorrido por calles y avenidas de la existencia.

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