Aristas de Aristegui

Algunas consideraciones en torno al nuevo silenciamiento de la principal conductora de información en México.

• Carmen no necesita defensores ni detractores; menos si estos últimos son del medio periodístico. En todo caso, el país requiere profesionales que, en ese decisivo ámbito, aporten siquiera la mitad -en cantidad y calidad- del servicio prestado por ella y su equipo.
• El coro de comunicadores cómodos -al sistema, que incluye a gobierno y concesionarios- encuentra mil peros al trabajo de la conductora: desde su “amarillismo” antigubernamental hasta la “insubordinación” a sus majestades, los patrones. Exactamente lo que la mayoría de la sociedad considera méritos.
• Poner el dedo en tantas llagas nacionales y aquellas heridas que nos provocan desde donde se concentra poderío y plusvalía es, a no dudar, la razón del malestar de los mandamases y sus incondicionales. Y el riesgo de que la inconformidad al alza se refleje en las urnas.
• Quienes se indignan por su elevada percepción salarial no reparan ni en lo que cobran funcionarios que no funcionan ni lo que ganan empresarios que transan con el poder y explotan a sus trabajadores. Tampoco advierten que otros “presentadores” perciben lo mismo y más por enunciar tan sólo los nombres de reporteros y corresponsales.
• Acallada la voz primordial entre las que cuentan con salida al aire, los contrapesos se desploman. Más acá de quienes ven la información como un quehacer ordinario, la superficialidad que supone una voz es la misma en cualquier medio. Pese a todo, ella y su equipo tendrían que seguir informando.
• Si algo bueno puede resultar de este episodio sería la revisión de la propiedad de los medios y las reglas del financiamiento de la propaganda. Mientras prevalezca el criterio mercantilista por encima del servicio a la sociedad, nada verdaderamente útil podrá esperarse.
• La conflictiva que envuelve a la líder de opinión, deliberada desde luego, llega al colmo de distraer la atención de la sociedad de otros asuntos cruciales. Con todo, el tema no puede ni debe ser indiferente a la sociedad; la libre expresión tendría que ser un derecho fundamental

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