Ruego a singular viajero

Hermanados por las preocupaciones sociales y la poesía, dos hombres del sur: Gonzalo Rojas y Roberto López Moreno. Este ha llorado y cantado de diversas maneras la muerte de aquél. Aquí un cuento al que incorpora fragmentos del poema que también le dedicó. Un relato que da vida a singular intérprete al éxito musical de Los Huasos Quincheros.

SI VAS PARA CHILE…

A Frida Modak

Roberto López Moreno

Nada queda lejos de ti, Gonzalo Rojas,/ tu risa… tu decir… y tú, en medio,/ repartiendo centímetro y minuto para todos… Es mi principio. Hoy, muy temprano, recibí el correo electrónico que me envió Pascual Borzelli avisándome que allá, en Chile, acaba de fallecer el poeta Gonzalo Rojas. Después de asimilar el mensaje me puse a leer en voz alta, casi a gritos, unos versos de Rojas; casi a gritos, para que toda la cuadra se enterara de que existen esos versos; que alguien los escribió y que existen, que existen, que están en un libro, impresos en papel, pero que también pueden estar en el aire y muy. Entonces, “a grito pelón”, como se dice aquí en México, vociferé aquello de “No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,/ pero no puedo ver cajones y cajones/ pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto/ llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver/ todavía caliente la sangre en los cajones…” Han transcurrido algunas horas, pocas, pero me siento más sosegado; es mejor escribir que gritar, mucho mejor, digo. Hace frío. Nunca me había detenido a considerar que estos edificios del primer cuadro de la ciudad son unos verdaderos congeladores, así son estas antiguas casonas de piedra del centro histórico de México; edificios viejos y feos pero que no se caen, porque los muy bonitos que hacen los arquitectos actuales en otras partes de la ciudad se vienen abajo con cualquier temblorcito, que digan si no los que fallecieron en el terremoto del 85 (bueno, si es que los muertos hablan). Aquí, las paredes áridas, resguardando unos cuantos muebles de clase media de mi tiempo, de la era mexicana que me tocó; aquí, resguardando estas horas solitarias de corrector de pruebas finas. Esta es la vista. Los marcos de las ventanas medio apolillados, medio podridos, sucios, con rasgos de que alguna vez estuvieron pintados de algún color, y en los balconcitos unos botes oxidados que sirven de maceteros y que, quién sabe quién riega, si es que esas menesterosas matitas resecas son regadas por alguien. Es mi entorno y en el centro de él escribo: Ahora Borzelli me dice por internet que decidiste salir de Chile, ¿A dónde Gonzalo Rojas? ¿Hoy? ¿A dónde? ¿Al corazón de cada uno de nosotros? He empezado a escribir este poema y me siento mejor que estar gritando como loco unos versos que no van entender ni el repartidor de periódicos sobre su bicicleta destartalada ni el de la leche con su cochecito de dos ruedas sin engrasar ni el desvelado policía en espera de su relevo ni el afligido burócrata que corre allá abajo como desesperado porque otra vez se le hizo tarde. ¿Qué le puedo decir a Gonzalo Rojas para decirle que no es cierto que se ha muerto, que no es cierto lo que Borzelli me informó? Estoy vuelto a pensar sobre la hoja recién iniciada. Conocí al poeta Gonzalo Rojas aquí en México, en una presentación que le organizaron por el Pedregal de San Ángel; qué sentido del humor el de aquel hombre, el de este hombre; qué carga de vivencias, qué cultura aquella, qué poemas dichos desde la profunda voz de la inteligencia; qué americano tan nuestro. Estoy pensando en él, me estoy concentrando para escribir en la hoja lo que sigue. De pronto alguien canta en la ventana: “Si vas para Chile/ te ruego que pases/ por donde vive mi amada./ Es una casita…” Es tan real lo que estoy oyendo, pero, si le ponemos lógica al asunto… no… quién… por qué… es imposible. Sigo en mi intento de concentración… pero sí, ahí está la voz en la ventana: “…y enfrente hay un sauce/ que llora/ y que llora/ porque yo la quiero…” Ahora dejo la pluma sobre la mesa y me dirijo al desvencijado ventanajo, para ver quién es el que canta, ¿y de dónde podría haber tomado esa canción…? ¿de dónde…? me asomo… no hay nadie, nadie, o sí, cuatro o cinco pajarillos grises, de un tono muy apropiado a la álgida atmósfera del viejo barrio; cuatro o cinco pajarillos picoteando lo que no hay para picotear en los pequeños botes oxidados que la hacen de maceteros y un pequeño loro que no había visto antes; sobre la acera, un borrachín recargado en el escuálido arbolito de en frente, un camión repartidor de refrescos con su desmañanado chofer adentro, y nadie más. Regreso a escribir: Porque no sé en qué otra parte puedas habitar mejor/ después de América o de nuestra sangre, que es lo mismo. Rememoro. Rojas en el Pedregal, aquellos poemas dichos por el propio autor, La piedra, por ejemplo, ¿cómo empezaba? Si, claro, “Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra…” y luego su poema aquel Contra la muerte, que fue el que recordé a gritos hoy en la mañana, y aquel otro ¿Qué se ama cuando se ama?, y tiempo después iba a llegar a mis manos aquel su sentido Adiós a Julio Cortázar. La hoja apenas empezada por trastabillante escritura… los recuerdos… las reconsideraciones… debo continuar; tomo la pluma, me encurvo sobre el papel y cuando voy a escribir de nuevo… la voz de la ventana… “Si vas para Chile/ te ruego viajero/ le digas a ella/ que por ella muero…” Doy un salto más que olímpico de silla a balcón y sorprendo al loro en plena cantada. ¡Ah, se trataba de esto! Pero “esto” me da otro motivo de confusión. ¿En dónde pudo haber escuchado este loro una canción que es completamente desconocida por acá?, ¿o será un ave migrante?, ¿pero, tantos, tantos, tantos, tantos kilómetros…? Bueno, había aves que desde tiempos prehispánicos emigraban desde Canadá hasta el Valle de México …y sus descendientes lo hacen todavía… y qué de las “mariposas monarca” que también se dejan venir cada año desde las heladeces canadienses hasta el trópico michoacano. Nunca antes había visto a este pájaro en ninguna de las ventanas, ¿y si en estos momentos estuviera llegando de Santiago, es más, de Lebu, que fue donde nació Rojas? Temblando por una extraña emoción regreso a la mesa y prosigo: es una broma seguramente la de Borzelli,/ porque estás en Chile, ¿Verdad Gonzalo?/ sigues en Chile cubriendo con tu gonzalía/ el territorio mineral que te dio lo que nos has dado con palabras. El ave ha dejado de cantar. ¿Pero, en donde pudo haber aprendido esa canción? ¿Quién la ha oído aquí alguna vez por radio, por televisión, quién la tiene grabada? ¿Con quién? Ahí es en donde caben los miles de kilómetros sospechados. Y veo ese nudo de plumas salir de Santiago, de Lebu quizás, cruzar todo Perú y descansar en Guayaquil, tal vez; la veo tomar aire y volver a hacer escala en Panamá (pienso en los poetas Ramón Oviero y Dimas Lidio Pitty) y luego cruzar por Nicaragua, Guatemala, Chiapas… Chiapas sí, Chiapas, en el Soconusco, en Huixtla, población sitiada por las llamas, sin duda el lugar más caluroso de toda esa región; en Huixtla mi prima Margarita Moreno, una periodista extraviada entre cafetales y colibríes, tiene en la sala de su casa que arde en el día y arde en la noche, una perica a la que puso por nombre Lorenza, pero ella no canta Si vas para Chile, ella canta Luna de Xelajú. Y no hablo de aquella Lorenza de Huixtla, hablo de ésta que ahora me observa con media cara y luego con la otra mitad. Me acerco a ella y como una forma de detenerme exclama con sorprendente claridad: “No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,/ pero no puedo ver cajones/ pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto/ llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver/ todavía caliente la sangre en los cajones”. Ya caigo, por fin se me descorre el velo, ese era el poema de Gonzalo Rojas que estaba yo gritando en las primeras horas de esta mañana. Pero, ¿y la canción?, claro… el tocadiscos de todos los días… A los vecinos podrá no gustarles la canción pero a Lorenza… Aclarado el asunto regreso a mi escritura: Buenos días, Gonzalo Rojas./ Si a lo largo de nuestros vastos, interminables milandes,/ algún día, alguno de nosotros llegara a despedirse,/ tú arribarías con un libro en la mano a decirle al oído que no es cierto,/ que junto contigo, seguiremos respirando el aire de América. Termino el poema o las palabras para Gonzalo Rojas o como se llame lo que acabo de escribir, y veo al perico que sigue en la ventana y me quedo pensando: ¿y si en realidad sí es un ave migratoria?, ¿y si en realidad está hecha de los latidos de toda la distancia que ha sobrevolado? Entonces tomo el papel en donde acabo de escribir; lo doblo con sumo cuidado, una y otra vez hasta reducirlo a un minúsculo cuadrito de escasos centímetros. Camino hacia la ventana. El ave parece estarme esperando. Le coloco el cuadrito en la garra que lo agarra. Ella aprieta el pedazo de papel y emprende el vuelo. Toma viento. Toma altura. Toma distancia convertida en un puntito en el centro de un azul lejano, esferado. ¿Llegará a Huixtla? ¿Llegará a Santiago? ¿Llegará a Santiago…? ¿Llegará…

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