Aquí tiene que suceder algo

Y el odio prevaleció sobre la tierra. Y se extendió por campiñas y ciudades. Y fue imponiendo sus cuotas de lágrimas y sangre. Y hendió las vértebras de las mujeres, de los ancianos, de los niños. Y no hubo calle sin un muerto. Y no hubo un cuerpo sin una vena rota desde cada cerebro. Y no hubo nubes ni montañas sin estremecimiento. Y fue entonces cuando una inmensa sombra se levantó iracunda. Y se sumaron a ella poetisas y poetas. Y la sombra creció, empezó a caminar sobre la sangre. Y los criminales empezaron a medir la osadía de sus crímenes. Y la ira viuda. Y el lloro huérfano. Y el reclamo justiciero, crecieron. Y crecieron y crecieron hasta el “aquí tiene que suceder algo”. Y faltó el “algo” último. Y el Fúa final, terminó esposado entre abalorios y escapularios. (El Fúa. Roberto López Moreno).

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