Tiempo de mis hijos

Reflexiones de Candelaria de Haro Muñoz en torno al trabajo de ser madre. Controversiales probablemente, y más para estos tiempos. No obstante, soy testigo que este ideario, llevado fielmente a la práctica, por tres décadas, ha dado -hasta ahora- los frutos esperados. Gracias a Dios y a la constancia de una mujer que ejerce la maternidad de una manera “profesional”. (JGN).

Este es el tiempo de mis hijos…

Doy gracias a Dios porque me permite entenderlo así y prepararme para culminar con éxito la misión más trascendente de mi existencia: dar vida y forjar a un nuevo ser.

Después habrá tiempo para nuevos proyectos y otras actividades; para el servicio fuera del hogar. Pero ahora mis hijos reclaman mi mayor atención.

Sé que mis desvelos y cuidados de hoy no sólo me ahorrarán preocupaciones mañana, sino -lo más importante- podrán contribuir decisivamente a su madurez y felicidad.

Por lo tanto, no existe oficio, profesión o negocio, por gratificante que pudiera resultar, que supere la satisfacción sublime de realizarme plenamente como mujer y madre.

Aunque nadie me enseñó específicamente ni con anticipación a serlo, tanto mi condición natural como la herencia social y el interés personal me han proporcionado los elementos básicos para cumplir esta tarea.

He comprendido a tiempo que existe un momento para responder a cada necesidad de mis hijos; que el éxito o fracaso definitivo de una persona se decide en cada etapa de su proceso formativo, principalmente en las más tempranas.

Por eso, no escatimo esfuerzo alguno en atenderlos y he vivido intensamente cada fase de la maternidad.

Aún desde antes de concebirlos y gestarlos, soñé con el día en que arrullaría y jugaría con mis hijos.

Desde antes que nacieran, los amé entrañablemente… Esa, ahora que lo reflexiono, es la primera condición para traer al mundo seres capaces de alternar eficazmente con la especie.

Cada embarazo ha representado una etapa de ensoñación y gozo: de seguir fielmente las indicaciones médicas, de elaborar y reunir lo necesario para el bebé, de hablarle y ponerle música tranquila.

Con el nacimiento, esmeré la dedicación: comencé a forjarle hábitos alimentarios y a cuidar su sano desarrollo físico y mental; a estimularlo e imprimirle seguridad a través del afecto sincero.

Enseguida, los juegos y la paciencia para seguir su evolución: cuidar que gatee y dé sus primeros pasos; que palpe y manipule objetos; que los explore detenidamente; incluso, que rompa platos o libros… Hasta conseguir que controle sus movimientos y aprenda a cuidar las cosas de valor.

Y, desde luego, platicar y leer con cada uno y todos, según el momento…

Platicar y leer: dos actividades que habremos de practicar por un largo trecho en la vida de cada hijo; las bases para familiarizarlos con el estudio, la reflexión y el crecimiento contínuos.

Yo misma, en la medida en que he ido desarrollando mi labor, he sentido la necesidad y conveniencia de capacitarme. He leído y escuchado acerca de la paternidad participativa; he asistido a cursos y seminarios.

Supe a tiempo que la elección de escuela reviste la mayor importancia. Tanta o más que la colonia o barrio en que se crece, ya que el entorno social determina muchas veces la conducta del individuo.

De manera que hemos procurado para ellos la mejor opción disponible y hemos interactuado permanentemente con escuelas y maestros. Los hemos alentado a formarse hábitos de estudio y a aprovechar cabalmente el tiempo.

Se les ha inculcado un claro compromiso comunitario y hacemos cuanto está a nuestro alcance por incorporarlos gradualmente a tareas productivas.

El quehacer es titánico y parece interminable. Pero bien sabemos que pasa pronto; en un abrir y cerrar de ojos. A lo sumo, veinte o veinticinco años. En realidad, ¡nada!

A decir verdad, el trabajo de ser madre nunca termina. Pero llega el momento en que los hijos tienen que volar con sus propias alas. También es un deber alentarlos a explorar su cielo y responder con integridad a los retos de su tiempo.

Entonces tendré meses y años completos para mí misma; para disfrutarlos con mi esposo o nietos; para cumplir todos los pendientes y servir a los demás.

Entonces, podré corroborar si he cumplido cabalmente la misión encomendada; si he sido fiel a mi naturaleza y destino primordial.

Sabré, sobre todo, si supe inyectar a mis hijos una vida espiritual firme. Tanto, que les permita sortear venturosamente las viscisitudes de la existencia; de un mundo cada vez más complicado, que demanda valores renovados y fortalecidos.

Con su propio compromiso con el matrimonio, el hogar y la familia, sabré si dediqué a mis hijos el tiempo y la atención requeridos.

Candelaria de Haro Muñoz.

(A partir de un texto de H. Young).

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