Cervera Sanchís y los niños

Desde que lo conozco, hace casi cuatro décadas, el poeta andaluz Juan Cervera Sanchís ha denotado, de una y mil maneras, un interés permanente por los niños.

Sus propios sobrinos y ahijados, los hijos de los amigos y ahora nuestros nietos (o sobrinos nietos, como en su caso) ocupan en forma reiterada gran parte de las conversaciones…

Hace poco, ante el caótico devenir mundial, hablaba -mitad en broma, mitad en serio, como suele hacerlo- que si estuviera en sus manos acabaría con nuestra especie, tan imperfecta y depredadora, aunque de inmediato rectificó: “sólo me detendría por los niños”.

Y es que Cervera, quien desde sus años mozos escribiera que nadie debería morir sin haber traído al mundo un hijo, conserva una fe inquebrantable en la renovación del ser humano.

Así, su obra no solamente no puede ser ajena a ese interés por la infancia y la niñez, sino que en forma recurrente -aunque, claro, bajo diversas formas y giros poéticos- vuelve siempre a los niños.

Si ustedes me permiten

creeré nuevamente, como cuando era niño,

en la luz y el amor del arcoiris

y en todos los colores que embellecen la vida.

Esa creencia se torna evocación y fuerza vital. Pasajes y elementos de su dura pero finalmente maravillosa niñez se trastocan en imágenes que dan vitalidad a sus versos.

El Cervera niño, principalmente por la pureza de sus principios, expresados a veces en berrinche personal, pero esencialmente en el núcleo de su pensamiento y acción, prevalece en su poesía y en su vida cotidiana:

Quien viene conmigo sabe

que en las cosas más sencillas,

como es la risa de un niño,

es donde el misterio anida.

De esa manera, con mirada niña, Cervera Sanchís se asoma a lo más elevado del ser humano, o al menos lo más rescatable, y lo hace imagen perdurable.

Qué importa esta tristeza,

esta tristeza mía,

si diariamente el aire silba sonriente

y brotan niños nuevos de los vientres maternos,

cantando

la canción de la vida bajo el sol,

como un campo de trigo que brotase

reverdeciendo el ansia de la tierra.

Con el candor requerido, Juan recuerda y recrea nubes, ríos, ruiseñores y árboles de la infancia; rostros y vestigios de ternura; juegos y cantos que se abrieron paso entre la tristeza y el dolor de la postguerra en España.

Y entona su propio canto para los niños. Primero, “Corre que te alcanza el corro” y, ahora, su “Cancionero infantil”.

Cara al amor, al hombre

y al misterio

camino hacia el futuro,

y por encima

de mi muerte,

me entrego

a la esperanza

como si mi niñez

no hubiera sido

pisoteada ya,

como si aún,

su fragancia vagara

por mi pecho

insinuante

y dulce,

como un soplo

de brisa

a la caída de la tarde,

bajo la media luna

y las estrellas

que cada noche ponen al alcance

de mi alma sedienta

el mar de Dios.

Cervera y los niños son una sola cosa, un alma en afinidad. El los quiere y se sabe correspondido. Por eso escribe al futuro, a la muchacha (niña aún y quizá todavía no nacida) que se enternecerá -por eso y de suyo- con su canto inmortal.

JOAQUIN GUTIERREZ NIÑO.

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