De violencia… hasta la madre

Adelanto de la columna “Análisis a fondo”, de Francisco Gómez Maza, que este viernes 8 de abril publican varios periódicos del país. Propone reponder a la violencia, “como buenos revolucionarios”: con amor.

Problema de ausencia de amor

 Detrás de la violencia, el miedo

A muchos podrá parecerles “ñoñería” lo que se atreve a afirmar Yuri Servolov en la entrega 575 de su Carpeta Púrpura fechada el jueves 7 de abril: “México tiene un problema de amor. Esa es la causa de tanta violencia, de tanta inseguridad, de tanta crisis. Lo que México requiere es un acto de amor”.

“México no requiere de más violencia, porque la violencia no se combate con la violencia. La violencia se combate con el amor.

“La violencia está fundada en el miedo. El amor disuelve el miedo.

 “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Por eso la gente dice: “si no me amas, ódiame”. Porque el odio es de la misma energía que el amor, pero en sentido negativo. En cambio la indiferencia es el “no me importas”; el “no me interesas. Por mí, muérete.”

Y las palabras de Yuri, agudo reportero dedicado a mirar correr el caudaloso río de sangre en el que se hunden los mexicanos, me lleva al doctor Ernesto “Che” Guevara:

“Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad.”

Pueden reírse de mí; pueden burlarse de Yuri, del “Che”. Pero, digan lo que dijeren, el problema es de ausencia de amor.

Ni el Presidente, ni los miembros del Congreso, ni los ministros de la corte, ni las instituciones, ni los empresarios, ni los dirigentes de los partidos, ni los capos de los otros cárteles, los del narcotráfico, los secuestradores, los feminicidas, los pedófilos, los tratantes de blancas, ni los ministros de culto, ni los periodistas, ni los profesores, ni los padres de familia, ni… (Y en estos puntos suspensivos puede usted anotarse. Me anoto yo) reparan en esta gran verdad: El problema de México – y del mundo – es de ausencia de amor.

Las organizaciones criminales cultivan, cosechan, procesan, comercian drogas ilícitas (son ilícitas porque están prohibidas; no por qué en sí lo sean; el alcohol era ilícito y perseguidos sus comercializadores, porque estaba prohibido…) porque la demanda por ellas es atractiva y se llevan millones de ganancias. Y, digamos la verdad, ejercen violencia en reacción a la persecución de la violencia institucional. Cuando no estaba declarada la violencia contra el narcotráfico no había esta matazón. ¿35 mil, 40 mil? Nadie lo sabe. Pero estamos viendo cifras escandalosas.

Al ser consultados por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática sobre qué tan seguros se sienten en la actualidad con respecto a 2010, el 46.25 % de entrevistados indicó que “más inseguro”; el 12.61 respondió “mucho más inseguro” y el 34.01 consideró que “igual”.

Y se ha instaurado un diálogo de sordos. El gobierno, montado en su mula, calculando que en el 2015 podrá obtener la victoria ante el crimen organizado, sin darse cuenta de que fue ya rebasado. Los ciudadanos, cada vez más desesperados ante la inseguridad, gritando “Estamos hasta la madre”.

La violencia nunca se parará con la violencia. No se entiende que sólo se está alimentando el fuego.

Es estúpido intentar calmar la violencia con la violencia. Es como atizar la hoguera. Y la violencia, está probado, está fuera de control. No empezaban las marchas del miércoles en todo el país con su desesperado “Estamos hasta la madre”, cuando las agencias de noticias daban a conocer el hallazgo, en el mismo Tamaulipas, de una nueva fosa con medio centenar de cadáveres, puras osamentas, de masacrados por quién sabe quién.

Y lo más triste es que las cosas continuarán empeorando. Los ciudadanos continuarán  protestando. Los militares y los policías continuarán en las calles. Los sicarios continuarán matando. Los rifles de alto poder, escupiendo balas. Continuarán muriendo inocentes. Por qué. Porque no se juzga ni se actúa en estado consciente. En estado consciente se piensa en el bien del otro. Y no se actúa en sentido contrario a la felicidad del otro. 

Cuánta razón tienen quienes aseguran que el problema es de amor… Así de simple.

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