Los “avances” de la ciencia

 

En espera de la próxima aparición de su nuevo poemario “Informes de viaje”, a editarse en Toluca, Roberto López Moreno recién envió a sus amigos un “cuento de actualidad” que aquí compartimos.

EN EL FOCO CENITAL DE LA PARADOJA
Roberto López Moreno

“Que atrasada está la ciencia”. Las ruedas de la camilla giraron como buscando direcciones independientes; finalmente, aunque confusas, terminaron siguiendo la ruta que el camillero, obstinado, les impuso. Al despertar de la anestesia, entre dolores e hinchazones violáceas, el primer pensamiento que expresó en voz alta fue ese: “qué atrasada está la ciencia”. Después, más sereno, o más bien, menos afligido, hincó en el origen de su discernimiento: “una operación de columna vertebral, una tajada de caballo en la espalda, ocho tornillos invadiendo el cuerpo, ocho horas boca abajo, anestesiado. ¿Y el trabajo de tantos científicos en el mundo?, ¿para qué, entonces, tantas experimentaciones de la técnica y la ciencia, si para curar los males del organismo tiene éste que pasar por brutalidades que sólo por el tópico de la asepsia -no siempre eficaz, por cierto- apenas pueden diferenciarse de la edad media? Enfurecido pensó en lo vano de sus estudios de fisiología; de los tantos postulados de físicos, químicos, matemáticos, que había estudiado y discutido con pasión en veneración auténtica a la ciencia y la tecnología. Dentro de su mente, ahora tan adolorida como su cuerpo, él, en horizontalidad de víctima, rencoroso pleno, empezó a ordenar lo sustancial de su enorme acervo. Amontonó ecuaciones sobre ecuaciones; teorías, fórmulas enunciados; todo lo concerniente a asuntos cuánticos y sobre la relatividad; Teoremas como el de Gödel y sus proposiciones indecidibles, las deliberaciones de Copenhague; las consideraciones sobre el experimento de Schrodinger; el dodecafonismo de Shöemberg; el sonido 13 de Carrillo; Alfred Watkins y las líneas ley; las simbologías producidas por Bohr y Heisenberg; más antes, las de Euler; más antes las de Al-Jawarizmi; Dios jugando, sí o no a los dados; Curva de Koch; Ley de Hooke, Método de Möhr; Leyes de Kepler; experimentos del planckismo; Fisión atómica. Todo eso y más juntó en su mente enfebrecida. Todo eso y más. Recordó la clave que había ideado para destruir todo eso y más, en caso necesario. Con el ardoroso dolor en la espalda y la espumosa rabia en la conciencia aplicó la fórmula mentalmente. Desde su camastro de hospital su cerebro dictó: Rotor M-O repele bono Z. ¿Cuál fue la naturaleza reactiva que produjo esta hoguera mental liberando en cadena y luego impactando entre sí cálculos y comprobaciones, zumos filosóficos y summas astronómicas? ¿Propuestas teóricas y certezas de los métodos? ¿En dónde, en qué código científico se podría discernir la naturaleza de la reacción provocada? No hay causa sin efecto (según el acerto primitivo, el axioma primario). El caso es que en ese mismo instante, en otra parte del mundo, una terrible arma secreta se accionaba borrando a libios y palestinos de la faz de la tierra. Poco después, al saber la noticia, con el cerebro convertido aún en hoguera de electrones, lleno de admiración, en el cúlmine de la paradoja, todavía entre dolores y analgésicos, iba a pensar en voz alta: “qué avanzada está la ciencia”.

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