Los martirios del pueblo

“Hombre de pensar alto, sentir hondo y hablar claro”, según lo define Juan Cervera Sanchís, el dramaturgo Alberto Bianchi logró expresar en su obra las necesidades del pueblo trabajador y por eso fue estigmatizado, encarcelado y marginado. Murió en la miseria absoluta pero poco después se produjo la revolución que pretendió cambiar aquel estado de cosas.

ALBERTO BIANCHI: LOS MARTIRIOS DEL PUEBLO

Por Juan Cervera Sanchís

Alberto Bianchi era un hombre de corazón y, con el corazón, siempre se han hecho los peores negocios. Mal negocio resultó su ejemplar vida. No obstante, recordar a Bianchi, es un deber de los hombres de corazón y, sobre todo, de los de conciencia, en todas las épocas tan escasos, estos últimos, y, sobre todo, tan mal vistos por los hombres prácticos, cuyo único dios es el interés pecuniario a ultranza y, por tanto, decididos a acrecentar sus riquezas materiales a costa de lo que fuere, incluidas las más crueles injusticias.

¿Quién fue Alberto Bianchi? ¿De quién estamos hablando? En los libros de historia de la literatura nacional no se halla su nombre. Tal pareciera que aún todavía pesan sobre él los satánicos prejuicios que sufrió en vida de parte de la sociedad sobresaliente de su época.

Bianchi nació en la ciudad de México el año de 1850. Dos años antes de que Lucas Alamán publicara el último tomo de su “Historia de México” y tres de que Santa Anna se hiciera declarar “Dictador Perpetuo” mientras se hacía llamar “Alteza Serenísima”. Muere en 1904, año en que Porfirio Díaz era reelecto por sexta vez. Datos que nos dan una idea del México que le tocó sufrir. Al morir, Alberto Bianchi, contaba cincuenta y cuatro años de amarga vida.

En aquel México los autores de obras teatrales no únicamente no tenían posibilidad de estrenar sus obras, tampoco, la mayoría de ellos, lograban imprimirlas para así poderlas legar a las futuras generaciones, por lo que terminaban perdidas en el olvido absoluto. Hoy es del todo imposible rescatar el teatro de Bianchi. Máxime que él escribió obras de contenido profundamente social. Baste citar sólo dos títulos de los que sí quedaron restos de memoria: “Vampiros sociales” y “Los martirios del pueblo”.

Contra toda clase de obstáculos él logro que el 22 de abril de 1876, un año después de que José María Velasco pintara “El Valle de México”, se estrenara “Los martirios del pueblo”. Esto provocó una gran alarma entre las buenas conciencias de su tiempo. Fue tal el escándalo que causó la puesta en escena de la obra de Bianchi que su autor acabó en la cárcel. Dos meses después sus abogados obtuvieron un amparo y el dramaturgo pudo salir de las tétricas celdas de la espantosa cárcel de Belén.

Bianchi no gozó por mucho tiempo de libertad. Hombre de pensar alto, sentir hondo y hablar claro, se le consideró un peligro para sociedad el que anduviera libre y de nueva cuenta lo encarcelaron. El periódico “El Socialista”, el único que lo defendió con su papel y su tinta, publicó lo siguiente: “La clase obrera, especialmente, se ha sentido muy directamente herida. Un drama en que se pintaba el cuadro de sus dolores, determinó la prisión del escritor.”

Era Alberto Bianchi, al estrenarse su obra, un joven dramaturgo lleno de ilusiones y pasión por la justicia. Aquella obra marcó su vida. Cuando falleció en 1904, “acorralado por Don Porfirio”, según dejaron constancia algunas plumas de la época, lo hizo en la mayor pobreza. Tan desamparada dejó a su familia que, sus amigos, los redactores de la revista “Los Sucesos”, acordaron organizar, con el riesgo que ello implicaba, “una función teatral a beneficio de la viuda y de los huérfanos que dejaba Bianchi en la penuria.” Así está escrito. Se trataba de reunir algo de dinero para aquella familia perseguida por el sistema político reinante.

Gracias al actor Pancho Córdoba, el violín de Julián Carrillo y la voz de Elena Martín, que tan valerosos y solidarios fueron, se organizó una función teatral y se pudieron reunir mil quinientos pesos, con los que se pagaron los gastos del sepelio de Bianchi. Lo que sobró se le entregó a la viuda.

Inimaginable el cúmulo de desgracias que cayó sobre la vida de un dramaturgo de talento por haber escrito una obra en defensa de los derechos más elementales de los trabajadores, pero así era de injusta e inhumana la realidad social de aquella época donde expresarse a favor de los desposeídos significaba un atentado contra el sistema establecido y las clases dominantes.

Bianchi, no obstante, tuvo un paréntesis triunfal en su vida. Luego de firmarse en 1876 el Plan de Tuxtepec sería nombrado secretario general del Gobierno de Puebla, aunque su oposición al gobierno de Díaz terminó hundiéndolo de por vida.

Cuentan que “descendió a la miseria”. Logró sobrevivir, dentro de la angustiosa estrechez que lo asedió, traduciendo argumentos de óperas italianas. Esto sin asumir el crédito como traductor. Dichos libretos los imprimía de manera clandestina un amigo del “Diario del Hogar”. El hambre acechaba todos los días el hogar de Bianchi, pero hombre de convinciones profundas prefirió la pobreza a traicionarse a si mismo.

Admirable fue la actitud de Alberto Bianchi y valientes sus dramas de denuncia social, que fueron espejos de una realidad política que, desde los artificios y el maquillaje oficial, se trataba de ocultar a toda costa.

“El martirio del pueblo” de ninguna manera era una invención de Alberto Bianchi, sino una horrenda y cruel realidad cotidiana que, los causantes de la misma, se negaban, inhumana soberbia y ciego despotismo, a admitir y, mucho menos, a corregir. El más mínimo sentido de la justicia hacia la clase trabajadora no parecía importarles en lo más mínimo a los dirigentes políticos de aquel tiempo.

Bianchi, hoy en el total olvido, merece, por la valentía y la dignidad de su vida, ser recordado con admiración y respeto por todas las personas honestas, que son muchas más de las que suponemos en este mundo nuestro, donde, al igual que ayer, unos pocos ladrones nos quieren hacer creer que los ladrones y los deshonestos son mayor en número, lo que no es cierto.

Fueron más los que aplaudieron la obra “Los martirios del pueblo” que los que la condenaron, pero es bien sabido que las minorías, instaladas en la maquinaria del poder, suelen, aunque no siempre, imponer sus reglas de acatamiento y silencio a priori. Ello, claro, hasta que las mayorías estallan y el equilibrio se rompe para desgracia de todos. No cabe duda que sin un mínimo de justicia el equilibrio social es insostenible.

Seis años después de la muerte de Alberto Bianchi , don Porfirio Díaz tuvo que dejar el país y la revolución se desataría.

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