Enigmas de luna

 

Pese al cielo nublado, la luna brilló anoche y esta madrugada se produjo un fenómeno lunar. Buena oportunidad para disfrutar un texto de Juan Cervera Sanchís que repasa la presencia del satélite terrestre en las letras del cancionero nacional.

 

LA LUNA EN LA CANCIÓN MEXICANA

Por: Juan Cervera Sanchís

La más célebre de las lunas de nuestro cancionero es, indudablemente, la de octubre, de José Antonio Michel: “De las lunas  la de octubre  es más hermosa” y que fuera fruto de su veneración por Eva, el amor platónico que José Antonio mantuviera vivo en su corazón hasta que éste dejó de latir. Eva, por cierto, fue hermana del escritor Juan Rulfo.

   La presencia de la luna, inspiradora de tantos y tantos sueños y anhelos de amor, ha sido y es una constante en la mayoría de nuestros poetas y compositores.

   Podríamos hablar de las lunas tímidas y equívocas de Juan Gabriel;  de las invisibles y enamoradas lunas que, sin verse, se ven en las nocturnales canciones de Roberto Cantoral. Igualmente  podríamos recrearnos en la contemplación de las lunas sonámbulas y ebrias de amaneceres celestes, que se asoman en las letras del poeta Mario Molina Montes.

   Lunas y  más lunas. Recordemos las de Agustín Lara. Por ejemplo, aquella de Noche de ronda, “que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad.”  O aquella otra de María Bonita: “que se hizo un poquito desentendida.” Tratándose de Lara no podemos olvidar su Luna de plata veracruzana y menos la de Janitzio, brillando sobre el lago de cristal y, por supuesto, la clara luna que se enredaba con hilos de argentería en los mirajes de su destierro.

   Lunas estremecidamente románticas las de Agustín Lara, pero, ¿qué luna no es romántica?

   ¿Se acuerdan de las lunas de José Alfredo Jiménez? “Una que brilla en la noche, mientras  canto”, susurra José Alfredo al pie de la montaña y, otra luna, que siendo la misma siempre, es siempre otra, lo baña con la suavidad  de sus rayos  al tiempo que amanece, el cantor, entre los brazos de la mujer amada. Canta y canta José Alfredo a la luna, seducido bajo el cielo de Chihuahua, en guitarras de media noche y en su serenata huasteca. Ejerce la luna sobre él un intenso poderío hipnótico que lo lleva  a elevar su canto en luna súplica: “Deja que salga la luna,/  deja que se meta el sol…” Y es que la luna, para José  Alfredo, es un sentido y vivo sinónimo de mujer y de amor.

   La luna, pues, para nuestros compositores  y en nuestro inconmensurable cancionero, es una egregia  protagonista. Álvaro Carrillo llegará a suplicar  “luz de luna” para sus noches tristes.

   Armando Manzanero no dudará en confesar: “Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna.” Todo verdadero y gran amor contiene en sí enigmas de luna. Chucho Navarro nos hará cantar, enternecidos de amor, con Los Panchos: “Como un rayito de luna/ entre la selva dormida/ así la luz de tus ojos/ ha  iluminado mi vida.”

   Amor de luna y lunas y más y más lunas, alumbrando las noches de los enamorados, en nuestro plenilunar cancionero y, jugando y soñando realidades y fantasías.

   Lunas de rondallas, como la de Alfonso Esparza Oteo: “En esta noche clara/ de inquietos luceros,/ lo que yo más quiero/  te vengo a decir; /mirando que la luna/ extiende en el cielo/ su pálido velo/  de plata y zafir”. La luna de débiles fulgores de Tata Nacho. La  traviesa luna de Luis Demetrio, tan encariñada con los celosos y golosos gatos y, a la vez, un poco cómica. La luna arrabalera de Chava Flores. Sí, aquella como una pelota que alumbraba  el callejón.

   Multiplicidad de lunas, ¡ay!, enriqueciendo la  mágica noche de  nuestro  infinitísimo  cancionero, quizás, y sin quizás, uno de los más extraordinarios del mundo. Resultaría interminable inventariar tantas y tantas inverosímiles y variadísimas unas llenas, menguantes y crecientes, como aparecen y dan luz al cancionero único de México.

   Daría, de hecho y por derecho, para un prodigioso y poético  libro, pero aquí y ahora se nos achica el espacio y nos corretea a toda prisa el infalible tiempo. Ello, empero,  no quisiéramos dejarnos durmiendo en las yemas  de los dedos y en la piel del olvido la luna “que cuelga allá lejos”, del Huapango Torero de Tomás Méndez y, así, aquella otra luna de los cuernitos, coqueteando con el sol, de Agustín  Ramírez.

   Tampoco se  nos olvida la luna de Chapala, entre redes y encajes, que cantara Pepe Guisar. Ni la de Mazatlán deificada por Gabriel Ruíz.

   Lunas que no cesan de iluminarnos, ya sea en las canciones de Cuco Sánchez, del oxaqueño Chuy Rasgado, los hermanos Cantoral, la luna aquella llorando rayo a rayo en el crucifijo de piedra; la de Juan S. Garrido en Xalapa, aromada de jazmineros en flor, o la de Lorenzo Barcelata y Ernesto Cortázar, con la que  ponemos  fin, cantando, a este devaneo lunar por nuestro embrujador cancionero:

   “La  luna se ve de noche,/ el sol al amanecer/ y hay quienes por ver la luna/ otra cosita no quieren ver.”

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