Cervera Sanchís: Versos recientes I

 

Infatigable, Juan Cervera Sanchís no cesa de escribir. Aparecidas ya sus obras completas, no hay día que en que su producción deje de crecer. Gracias a su amistad es posible conocer y compartir su poesía recién plasmada en el papel.

 

SIEMPRE

Siempre es un hombre solo,

ardiendo en soledad,

el que incendia la mecha

con la inquietante chispa

            de una idea,

que luego se hace llama

y portentosa hoguera

            oracular,

y da a la multitud

            su sagrado alimento.

Nunca es la multitud

la autora de la idea

 motriz

que, en la matriz

            del mundo,

engendra el sueño

 de la acción

y pone en movimiento

el balancín del cambio.

Siempre es un hombre solo,

y no la multitud,

            quien cambia el mundo.

México, DF. 21 de mayo, 2010.

VERSOS  FLORALES

1.-

Entre  la rosa  feliz

y la rosa  desgraciada,

el loco  amor del jazmín.

2.-

El  clavel atormentado

y  la dalia  malherida

daban que pensar al nardo.

3.-

Sin  ser jardinero  yo,

quién sabe por qué ni como,

entré al jardín del amor.

4.-

Son mis  maestras  las flores

y en sus  aulas  yo aprendí

bellas y sabias  lecciones.

5.-

Que  sin ser yo jardinero

hallé en la jardinería

el mayor de los consuelos.

6.-

Que  fui acariciado  yo

por  los más tiernos aromas

y  la esencia del color.

7.-

Las  flores  no serían flores

sin el agua y  sin  el sol

que las  visten  de colores.

8.-

Mi fe  en la  jardinería

es  día con día  más alta

y más  honda  cada día.

9.-

En el jardín  de mi amor

tú eres  la  flor de las flores,

pues no hay  más  flor que tu flor.

Y  10.-

Flor de mi vida y mis sueños,

que venga  Dios y  lo vea,

que vea  Dios como te quiero.

México D. F. 28  Mayo  2010

LA  POESIA

Herida de muerte, herida,

se desangraba  a  torrentes

y agonizaba de prisa,

muriéndose de dolor,

la  Poesía;

que la Poesía se moría,

que se moría la Poesía

y el Universo  era un hoyo

negro donde no cabía

un breve rayo de amor

ni un leve  aliento de  vida.

Herida, herida de  muerte,

la  Poesía  se  moría

y si la  Poesía  de muere…

Qué  no  muera  la Poesía,

que si  la  Poesía se muere

Dios se  morirá  con Ella

y, con Dios,  la Creación  misma.

México D. F.

Claustro del Antiguo Hospital  de la Epifanía

28 de mayo  2010

CANTO A RODRIGO ARENAS BETANCOURT

Desesperado  amante de la vida

este hombre se muere mientras deja su  huella

en el  polvo del tiempo y  juega con el barro y con el bronce

y se  vuelca en la tinta y los  colores

descorchando  emociones  embriagantes

con  las arterias  rotas  de humanidad  en vilo.

Este hombre que al arte y al sexo de la luz

lo ha consagrado todo con creadora pasión,

trae el dolor  del mundo en la mirada

y, en sus  manos de antiguo  campesino,

mil  doradas mazorcas y una sed  insaciable

que lo mantiene en pie y enamoradamente  caminando

por  el filo infinito  de sus propios  abismos

coronado  de semen y matrices  genésicas.

Abismal, y a la  vez luminosa  criatura,

este hombre  esculpe sueños con ojos  prometéicos,

heridas guacamayas, cristos  de cera  triste

y sombras  de  lanceros que, un Bolívar  desnudo,

imponente y brioso, transmuta en dimensiones de  nerviosos  luceros.

¡Oh, este hombre rotundo que revibra en sus  cárceles

y  en  las anatomías múltiples  de sus fueros  internos

arrojando  cartílagos  y venas  al futuro,

al tiempo que se expande en contenidas  llamas

cual  la  flor imperiosa de un caballo salvaje

trotando  y a  galope como un río de hermosura

desatado  en tormentas por las tetas  nutricias

de  una  joven  mujer preñada  hasta los ojos de  mil voces corales.

Hombre de  fantasías como lechos  nupciales

y realidades  ásperas como un banco  de espermas.

Hombre en verdad  mirífico y, en su cuerpo, finito

como  el  pan  sudoroso  y amargo  de  los pobres.

Inexplicable  hombre  este Rodrigo Arenas  Betancourt,

que  se  explica en sus piedras  amantísimas:

en  la pizarra  negra del sol cruel  que nos hizo

y en el basalto  verde que a ratos  nos consuela  y nos alienta

al darnos  por entero  al orgasmo del  ónix  opalino.

Locura  de este  hombre, de este artista traslúcido

del acero y  del bronce,  que es todo  viento y fábula.

¿De dónde, oh, Dios, decidme, de dónde extrae  este hombre,

único  y  asombroso, las vastedades  cósmicas

que hacen de  su vida  y de su arte tal cúmulo de pasmos?

Si alguien  se lo encontrara  en  el camino,

sin sospechar  sus signos  ni  conocer sus partos

y las  sumas creaciones  de  su genio, probablemente,  lo confundiría

con un fútil y oscuro peregrino y, acaso, compadecido de él

le ofrecería  una dádiva  como a cualquier mendigo.

Y es que Rodrigo Arenas Betancourt, visto únicamente

con los limitadísimos  ojos  de  nuestra cara,

pasaría sin más  por un Don  Nadie, por un indio paupérrimo

con unas cuantas  gotas –quizás-  de sangre blanca corriendo por sus venas

y transformada  en barba jaspeada  de ensueños

y  dolientes  carencias  jamás  nunca  saciadas.

No es fácil  sospechar,  a ojos  vistas, al hombre,

mucho  menos  al  genio.

¡Oh, Arenas Betancourt! ¡Oh, Rodrigo!: Mío Cid  siempre  ganando

batallas  a la  vida con la pasión del arte  entre  las manos.

¡Oh,  artista y hombre  ingente con  húmedas raíces  vegetales

y alma de surco  ubérrimo florecida  de  múltiples  cosechas!

Artista. Espejo. Mundo. Hombre. Pluma. Universo.

Trinitario  volcán. Himno testicular. Místico en vuelo.

¡Oh, gran Rodrigo Arenas Betancour!, padre infín  de las formas.

Síntesis  del poder  misterioso  del mar que, tierra  adentro,

se  levanta  en montañas  y se extiende en llanuras

y se  aquieta de súbito  en la fuente de un beso,  como un niño.

Línea  honda  en la mano abierta  a la esperanza,

entre charcos de sangre  de su amada Colombia.

Fuerza  inconmensurable  y  en estado  de gracia

y  en continua  creación y  acción  incontenibles.

¡Oh, Arenas Betancourt! ¡Oh, Rodrigo terrestre y  solar!

Siempre  humano Rodrigo, humanísimo  siempre

y siempre  amigo y  hombre  y   cabal  hasta  el cielo,

y apasionado  siempre  por  la  vida y el arte  y las ideas  más nobles.

Rodrigo, que los dioses, te sigan dando fuerza  para  domar  la piedra,

el acero  y el bronce,  la caoba  y el mármol,

el yeso  y el concreto, el cemento, la tinta, el poliéster;

la pizarra y  el ónix,  en donde  vivarás  ya para  siempre

contra  la inevitable muerte que habrá de dispersar

tus  carnes  y tus  huesos en la  paz de  la Tierra,

nuestra  madre, como si fueran  santas

y anónimas semillas  de  maíz  y  frijol.

¡Oh  Rodrigo  Arenas  Betancourt!,

sumo escultor  de América  y viejo y admirable  amigo  mío.

México  D. F.  2010.

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