Eso Diego yo…*

 ¿Cómo puede una sola vida interesar más que tantas otras que están en peligro? Lo peor no sería que apareciera debajo de la cama, como dicen en las redes, sino sobre la silla…

   Y bueno (o mejor dicho: malo), desapareció Fernández de Cevallos. Y todo mundo se preocupó (o al menos se ocupó) de su suerte.

   Radio y tele con sus especiales. Los portales de los diarios y los independientes, al momento.  

   Dicen los que saben, por cierto, que estuvieron mejor estos últimos. La inmovilidad de los gigantes… ¿Dónde he visto eso?

   Total, la chamba de los medios. Más bien: su negocio. Pero, ¿y la gente de a pie, qué nos “negociamos” con seguir -paso a paso- el desarrollo de los acontecimientos, y especular acerca del paradero de ese “pobre hombre”?

   Así fuera para defenestar contra él, medio mundo siguió el asunto por las redes sociales. Un fenómeno acaso imprevisto por quienes lo retienen. O sí, ¿imaginarían que la gente se volcaría en contra del “Jefe” y lo que jafatura?

   Por cuanto a mí, de inmediato me pregunté: ¿cómo una sola vida puede importar tanto, por encima, por ejemplo, de las varias que se juegan por la huelga de hambre de los electricistas?

   Y francamente, no me lo puedo explicar. No creo que sea por sus barbas o el puro, o por el aire de aristócrata moreno que posee. ¿O sí?

   ¿Será que de pronto se ha cobrado conciencia que el arrogante señor de tantos negocios, previos y posteriores, llevaba las de ganar cuando Zedillo, y por alguna razón se retrajo, y es hora de la reivindicación?

   Por cierto, una de las tantas cosas que se dijeron por Internet -en evidente alusión al vodevil Poulette- es que debían buscar bajo su cama. Pero en este otro escándalo, lo verdaderamente dramático es que pudiera reaparecer sobre la silla…

   Precisamente en tiempos de Zedillo, el PRI vivió su campaña más barata: el sacrificio de su primer candidato. Y supo de los altos dividendos que reporta hacerse la víctima.

   Ahora con el PAN, que no es más que lo mismo pero corregido y agravado, todo puede esperarse y ya lo estamos padeciendo, desde hace buen rato.

   En fin, lo que ocurre es grave. Ni duda. Lamentable para cualquier ser humano y mucho más para la sociedad en que engendraron el fenómeno y paga muy caras las consecuencias.

   Esto no puede ser, y todos tendríamos que reprobarlo. No acorralados, como cuestionan a opositores y disidentes, que deben curarse en salud, no les ocurra como a Camacho Solís, que por guardar silencio lo enjuiciaron y lincharon mediáticamente. No. Sólo por decoro.

   Porque esta es una sociedad de seres humanos, donde no tendrían que tener cabida los acteales o atencos, los mineros sepultados o niños calcinados, las indígenas maltratadas o asesinadas. Ni tanta infamia cometida, innumerable e incomprensible.

   Bueno, no tendrían que existir siquiera espectáculos tan deprimentes como los de Paulette o Diego, que retratan una sociedad decadente, que antes sólo se veía en las peores sociedades industrializadas.

   Nosotros nunca alcanzamos los beneficios del desarrollo. Sólo sus peores lastres. ¿Nos hemos preguntado gracias a quién? ¿Hemos pensado alguna vez en castigarlos ejemplarmente por tanto desatino?

   No, ahora nuestros flamantes legisladores buscan el modo de darle la vuelta a todo, como ya ensayan en algunos estados, de modo que la impunidad se institucionalice.

   Realmente estamos fregados: vamos como el cangrejo. Seguimos retrocediendo en todo.

   En un pueblo hambriento y desempleado, aumentos y despidos –así sean tan absurdos como el de electricistas, plagado de inconstitucionalidad. Y todavía pretenden “modernizar” la ley del trabajo.

   La voracidad de las derechas (y dije: las, no nos despistemos de más) carece de límites. ¿Y el remedo de izquierda? Cooptada, claro. Con dirigentes a modo.

   ¡Qué panorama, Señor! Señor invocado por los rufianes que depredan de mil maneras, que pisotean la dignidad de tus criaturas, que explotan y exprimen a más no poder y sólo ofrecen espectáculos sangrientos…

   Aquí, para pronto, no tiene que existir guerra alguna, ni real y mucho menos simulada. Si otros hubieran hecho a tiempo su trabajo y si los de ahora hicieran lo debido. Porque los de ahora, en lugar de seguir enturbiando las aguas, tendrían que calmarlas.

   Pero es evidente que sólo con las aguas turbias favorecen la pesca indebida, con piratas y propios. Y esa parece ser su parte principal de complicidad.

   Fernández de Cevallos acumula cualquier cantidad de odios, ciertamente. Muchos -como expuso un comentarista- pudieron ser quienes lo retuvieran.

   Si viviéramos en tiempo y lugar lógicos, cabría preguntarse a quiénes fastidió recientemente. A quiénes no cumplió como hombre, abogado o político. Pero…

   No necesariamente el odio tuvo que ser el móvil de su desaparición, temporal o definitiva. Siempre quedará abierta la posibilidad de la utilidad política. Así sea parcial o efímera. Como todo lo de hoy.

*Gracias por el título, Pacx

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