Dos talentos, una gran emoción

Ella, voz y estilo; él: sentimiento y fuerza. Tiempos y gustos en confluencia, tras una trayectoria de 40 años en cada caso. Con razón el lleno absoluto, pese al frío del clima y la economía.

 Por: Joaquín Gutiérrez Niño

    Cuando existen motivaciones profundas, del espíritu, no hay crisis o fríos que valgan. Sólo así puede uno explicarse el lleno absoluto -anoche- en el Auditorio Nacional. Todo un fenómeno y una experiencia.

   Sobre todo, porque las estrellas no eran precisamente dechados de belleza ni hacían derroche de juventud. No están tocándose insistentemente con novedades ni aparecen ya por la tele. Incluso, tampoco su evento fue promocionado de modo especial.

   Y es más, aunque cada cual tuvo grandes, enormes, momentos de esplendor, ninguno arrastró multitudes, ni podría encasillarse dentro de los estereotipos clásicos del “ídolo”, como ocurrió con algunos contemporáneos suyos.

    Ambos, Estela Núñez y Napoleón, son figuras con cuarenta años de trayectoria. Con todo lo que eso implica: experiencia y señorío pero también la natural mengua en apariencia y algunas facultades artísticas.

   Pero el gran público de ambos, selecto y generoso a la vez, ahí estuvo: puntual a la cita con las vivencias de antaño y con lo que cada artista ha aportado sustancialmente a lo largo de cuatro décadas de trabajo:

   Estela, voz y estilo; Napoleón, sentimiento y fuerza.

   Sin duda, fue un acierto reunirlos (¿o reunirse?), aunque en realidad se trató de dos recitales totalmente diferentes. Ni siquiera hicieron alusión uno del otro.

   Sólo tiempos y gustos en confluencia; las exigencias de un público que se notaba diferente, pero que -también se vio- gozó al máximo posible con las variantes del espectáculo y los aportes de cada concierto en vivo.

   La Núñez cantó con mariachi, lo que favoreció el establecimiento de diferencias y prendió ánimos, pero dejó un vacío inmenso: la recreación de sus primeros grandes éxitos con toda la riqueza armónica de la orquesta.

   Si al menos hubiera arrancado la evocación de orígenes con un grupo. Pero, ni modo, no fue así…

   Ni con el mejor mariachi del mundo podrá igualarse la versión primigenia de Una lágrima. (O de la gran faltante: Ruega por mí). Equivale al caso “Te he prometido” (o “Mary es mi amor”), de Leo Dan.

   Ella misma pareció a ratos incómoda.

   Una de sus piezas clave con acompañamiento de mariachi, Lágrimas y lluvia, incluso, fue ofrecida con arreglos que demeritaron la carga emotiva de una canción tan emblemática. (Ni el propio Juan Gabriel hizo una mejor versión de ella).

   Pero a cambio, sus éxitos netamente rancheros lucieron en plenitud: Mi ranchito, Aires del Mayab, Ódiame, La malagueña, El pastor… A su exquisita voz y magnífico acompañamiento contribuyó un atuendo de lujo.

   Halagada con la respuesta de “Los de arriba”, sus “aguerridos” como les llamó, se preguntaba extrañada la razón de que surjan siempre del graderío las mayores demostraciones de afecto y emoción: “¿Por qué, eh?”.

   José María, sin ocultar la tensión, abrió fuerte. Con la filosofía con que llamó -en el clímax de su carrera- a evitar las medias tintas: “O sé río, o mar o nada”.

   Y las notas de “Hombre” prendieron de inmediato, como cuando triunfaba en los distintos festivales de la OTI. Y recobró por completo así el aplomo del triunfador que domina el escenario, cual torero que parte plaza en una tarde de gloria.

   “Después de tanto”, la aceptación del público. Y la aceptación para canciones poco difundidas; a los éxitos que escribió para José José, ahora en voz del cantautor.

   Además, las muy conocidas: Ella se llamaba Marta, 30 años, Celos… Con las notas, el autodescubrimiento de quien nunca había sentido ese cruel aguijón, hasta que halla a quien ama tanto.

   Entre bloques por épocas, el retorno a la palabra lenta, el dejo de sufrimiento; su peculiar estilo de transmitir lo que siente, de ponderar la amistad y demostrar su gratitud. La evocación del trovador que fue, por la ruta Insurgentes – San Ángel.

   Y uno lo recuerda, precisamente por los rumbos de la Colonia Del Valle, cuando compartía afanes con Rosario de Alba; cuando había pasado la sorpresa por El Grillo y Para no volver, y todavía no llegaba el relanzamiento con La canción del molino rojo. Menos los festivales.

   Y uno hubiera deseado escuchar más canciones de aquella primera época: Quién, Fue creciendo, Canto a papá… A cambio, en el preámbulo de la audición, su hijo interpretó un canto a propósito de la relación filial.

   En su turno: El grillo, La canción del molino rojo, Pajarillo… Napoleón y su guitarra. Sólo, como en los camiones; como en sus primeros recitales.

   Es decir, como hace 40 años, cuando comenzó a recorrer el mundo de la música desde Tapachula, en la frontera sur, y en la conquista hacia la capital colocó un primer lugar en la radio de Tonalá. Era el 71, era mi Juventud 12-90.

   El cierre previsto, estupendo. Otro rosario de aforismos arrancado de la vida misma: “Vive”. El encuentro de la plenitud, “por haber conseguido lo que amabas…”

   Y de nuevo el vástago. El relevo, listo. Fortuna que acaso otros seguidores de su filosofía hecha canción también compartimos.

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