El último adiós a Leopoldo Meraz

Influyente periodista y editor de espectáculos, El Reportero Cor, autor de la columna  columna Dimes y diretes, dejó de existir hace cinco años. Para recordarlo, se reproduce aquí la crónica de la despedida a El fabricante de estrellas, escrita por su amigo y colaborador, Juan Cervera Sanchís, quien lo acompañó de cerca en su última etapa.

 

Por: Juan Cervera Sanchís

 

   El bullicio de la noche del velorio en la capilla ardiente donde se velaban los restos mortales de Leopoldo Meraz la noche del jueves, la mañana del viernes, se había disipad por completo. Apenas estaban allí sus hijas -Angeles, Martha y Tere- y sus hermanas -Magdalena, Lupita, Rosa y Esperanza- y su bella e inteligente tía –Ángeles Reyes-, madre del escrito Felipe Garrido, que a sus cerca de noventa años se veía firme y entera como un roble. Entre unos cuantos familiares íntimos, y unos pocos, poquísimos, amigos y periodistas, de la radio y la TV: el doctor Alfonso Morales, Joaquín Gutiérrez Niño y Judith Huerta viuda de Octavio Menduet, junto con Felipe León y Liliana Montesinos, fotógrafos.

   Podría pensarse, o imaginarse, que habría muchas celebridades del espectáculo en esta hora, en este día del último adiós a Leopoldo Meraz. Desolador. Únicamente estaba allí y en solitario -¡absoluto!- María Elena Leal.

   A las 8:30 dieron comienzo, oficiadas, por el diácono José Ángel de la Torre Espinoza, de la Parroquia María Madre de la Iglesia, de la Primera Sección de San Juan de Aragón, las exequias fúnebres.

   Finalizadas las exequias aparecieron los empleados de la funeraria, quienes removieron las numerosas coronas de gladiolas, camelias y olorosas gardenias, para llevarse el ataúd e iniciar el proceso de cremación.

   El llanto de las hijas y las hermanas de Leopoldo Meraz se intensificó por unos instantes. Desaparecido el ataúd, todos caímos en un profundo silencio y dio comienzo una larguísima espera.

   Yo sentí que transcurrían siglos. A veces los segundos son horas de incontables minutos y las horas huelen y saben a milenios.

   El tiempo, en línea recta, o equívocas curvas, se fue yendo por los caminos de la triste mañana.

   A las doce del día apareció un empleado de la funeraria, solemnísimo. Traía, en una sola mano, envuelta en un paño negro una pequeña urna plateada: eran los restos mortales, reducidos a polvo, de Leopoldo Meraz, que bien podían caber en un puño. ¿A eso se reduce, finalmente, la vida?

   Yo me quedé mirando la urna y recordé a Meraz, el Reportero Cor, en sus mejores y espléndidos días triunfales, que tuvo muchos.

   Partimos, bajo el fuerte e intenso sol del mediodía, rumbo a Mausoleos del Ángel, donde serían depositadas las cenizas de Leopoldo Meraz (30 de octubre  1932 – 10 de noviembre 2004). El tránsito estaba insufrible. Cruzamos lentamente la ciudad casi achicharrándonos de calor.

   El viaje a Mausoleos del Ángel se demoró por más de dos horas y media. Respiramos al llegar el aire fresco de la sombra. Algunos de la comitiva sintieron frío. Fue un raro cambio de clima.

   Nos detuvimos a la entrada del edificio Ángel Guardián. Apenas entrando nos encontramos con un pequeño altar y, al fondo, pintada, una imagen de la Virgen de Guadalupe, rodeada de ángeles de colores.

   Ángeles, la hija mayor de Leopoldo, depositó la urna con los restos de su padre sobre el altar. Apareció entonces el presbítero Gerardo Cervantes, quien ofició la misa de difuntos. Al término de la misa, Ángeles tomó de nuevo la urna y la comitiva se dirigió a la cripta familiar para depositar las cenizas del difunto.

   Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas con mayor celeridad.

   La cripta, donde ya había dos urnas, la de su hija Claudia Marcela Meraz Herrera (1962-1985) y su esposa María de los Ángeles Herrera y Cáceres (1937-2003), ya estaba abierta. Ahí fue depositado el puño de cenizas a que quedó reducido el cuerpo físico del Reportero Cor.

   Cerrada la cripta todos caminamos en un sepulcral silencio hacia la salida del edificio del Ángel Guardián.

   Un fresco airecillo nos refrescó el rostro. El sol de las tres de la tarde quemaba. El cielo era azúl. El recuerdo vivo de Leopoldo Meraz iluminaba mi imaginación.

   Me acordé del verso de Gustavo Adolfo Bécquer: “qué solos se quedan los muertos”. Sonreí. Leopoldo Meraz Ateca, sus cenizas, no se quedaban solas y sí amorosamente acompañadas por las de dos mujeres: las de su hija Claudia y su esposa María de los Ángeles, que tanto lo amaron. Abandonamos Mausoleos del Ángel…

   El Reportero Cor, intuí, alerta al pulso del espectáculo, y al devenir de la noticia, regresaba con nosotros al bullicio de la ciudad contra el destino de las cenizas de Leopoldo Meraz, pues la memoria de su genio permanecerá vivo, por muchos años todavía, en la memoria de la gente de la farándula y cuantos fueron sus amigos, que somos muchísimos.

Anuncios

Una respuesta a El último adiós a Leopoldo Meraz

  1. Monica Cecilia Rodriguez Domínguez dice:

    estoy bucando a Edmundo Meraz Ateca hermano de Leopoldo, agradeceria informción en mi correo mocerodo@hotmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: