Avilés, más vigente que nunca

Pese a su ausencia física desde hace exactamente cuatro años, don Alejandro Avilés sigue más vigente que nunca. Tal como lo advirtió oportunamente el maestro Granados Chapa. Para evocarlo, he aquí su ficha biográfica, la crónica de su sepelio y el testimonio del editor. Además, evocaciones de Alfredo Gutiérrez y de Roberto Fuentes.

Alejandro Avilés

Poeta, maestro y periodista

 

   A punto de cumplir los 90 años de edad, el poeta Alejandro Avilés dejó de existir en Morelia, Michoacán, minutos antes de las ocho de la noche del viernes 16 de septiembre de 2005.

   Había nacido el 31 de diciembre de 1915 en Sinaloa (La Brecha, Guasave), donde desde muy temprana edad, a los 14 años, comenzó a ejercer su triple vocación de poeta, maestro y periodista.

   Primer catedrático de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García (a él le tocó impartir su primera clase, de gramática castellana, el 30 de mayo de 1949), fue el quinto director de la institución. Durante su gestión le quitó el carácter confesional y obtuvo reconocimiento oficial para su licenciatura.

   De 1948 a 1963 fue director de La Nación, órgano oficial del Partido de Acción Nacional, cargo que dejó, precisamente, para asumir la dirección de la Escuela de Periodismo de la Acción Católica.

   En 1965 fue electo presidente del Centro de Periodistas Mexicanos. Luego, de 1966 a 1969, presidió la Unión Católica Latinoamericana de Prensa.

   Fue colaborador de Excélsior hasta la salida de Julio Sherer; luego colaboró en Proceso y Diario de México, y finalmente en El Universal.

   Tras 21 años de dirigir la Escuela Carlos Septién García, se trasladó a Morelia, lugar de origen de su difunta esposa Eva Sánchez Martínez, desde donde continuó sus colaboraciones para diferentes medios, entre ellos Noroeste y La Voz de Michoacán.

   Entre sus múltiples méritos profesionales se cuentan la fundación de El Debate, de Los Mochis, y las revistas Acento y Mundo mejor, de la capital. Hizo el primer noticiero cultural, para XELA, y colaboró en el Canal 5 de TV.

   Autor de Madura soledad, Libro de Eva, Los claros días, Don del viento, La vida de los seres y Album secreto, este último aún inédito, don Alejandro Avilés integró el grupo Ocho poetas mexicanos, del que originalmente formaron parte Rosario Castellanos, Dolores Castro, Roberto Cabral del Hoyo, Efrén Hernández, Octavio Novaro, Alfonso Méndez Plancarte, Ignacio Magaloni y el propio Avilés.

   De sus reconocimientos como periodista, poeta y maestro, destacan: el Premio Latinoamericano de Prensa, el Premio de Poesía por el IV Centenario de Saltillo, el Premio Nacional de Letras Ramón López Velarde y el homenaje que le rindió la Escuela de Periodismo en su 55 aniversario, acto en el que -acompañado por el secretario de Gobernación- develó su busto esculpido por Arnoldo Meléndrez.

   Con un legado importante como periodista y formador de periodistas, Avilés sin duda querría ser recordado como poeta. El Diccionario de escritores mexicanos califica a su lenguaje como transparente y conciso, “donde la palabra fluye de manera natural y directa”.

   A su poesía, en general, esa misma obra de la UNAM la considera “un canto a la vida, a la esperanza, a una realidad diáfana y luminosa” y concluye que “el poeta imprime en sus versos una voz reflexiva, íntima y confesional, que lo conduce a una serena meditación del universo”.

   Sobreviven al profesor Alejandro Avilés Insunza sus siete hijos: Alejandro, Lupita, Isabel, Francisco, María Eva, Manuel y Rosario Avilés Sánchez. (JGN).

 

El adiós a Don Alejandro

 

   Anochecía, el viernes 16 de septiembre, cuando sentí especial ansiedad por saber de don Alejandro Avilés, quien -después me enteré- en esos precisos momentos vivía sus últimos minutos.

   Días atrás, Rosario -amiga desde que, niña aún, acompañaba a su hermana Lupita a la Escuela de Periodismo que dirigía su padre- debió regresar repentinamente de La Florida, donde cursa una maestría, precisamente por la precaria salud de El Profe.

   Aunque imaginé que por el puente patrio sería difícil encontrar a quien pudiera darnos alguna razón, pedí a José Carlos (uno de mis gemelos) contactara a Ruth, compañera de estudios suya que labora en la empresa del esposo de Charito, pero no estuvo.

   Esperé un rato y llamé a casa de los Gaona Avilés. (Suelo no molestar en domicilios particulares, pero…). La persona que contestó, amablemente informó haber hablado con la señora hacía unos minutos; le había dicho que don Alejandro seguía grave.

   Como era visible que persistía la inquietud, Cande, mi esposa, me animó a telefonear a Morelia. Pasaban de las siete y media cuando llamé. Una sobrina política del maestro me confirmó lo que ya era presentimiento: acababa de fallecer…

   Transmití la mala nueva al resto de mi familia y me senté brevemente a evocarlo. En segundos desfilaron imágenes de los realmente pocos pero intensos momentos compartidos con el maestro, padrino y amigo, a lo largo de 31 años:

   Sus clases de letras y opinión; su impresionante biblioteca particular y el primer acercamiento a su núcleo familiar; la amplia entrevista que me concedió para el suplemento cultural de El Nacional; las charlas en su pequeña oficina o en los cafés aledaños a la escuela; la ceremonia nupcial que nos honró en apadrinar; aquellas célebres tertulias en su casa; los miércoles en que coincidimos cobrando nuestras respectivas colaboraciones en El Universal o las comidas especiales del periódico, por su aniversario o año nuevo; algunos otros esporádicos cafés y el alto honor de tenerlo algunas veces en casa; los telefonemas -de Chiapas a Michoacán- cada 31 de diciembre, en su cumpleaños; y los todavía recientes encuentros finales, de nuevo en México.

   Quedó pendiente la reiterada invitación, tanto suya como -en su oportunidad- de la inolvidable doña Eva, para visitarlos en Morelia. “Esta es su casa, ahijado, esta es su casa”, repetía en tono grave y cordial.

   Minutos después hice otro par de llamadas: a Rosita del Valle, quien cada mes reúne a un grupo de ex alumnos de la Septién, y al maestro Manuel Pérez Miranda, director de la institución. Eran, sentí, los indicados para darlo a conocer a los demás allegados de la añeja alma máter.

   Sugerí a mi hijo Humberto llamar también a El Universal, donde él hace prácticas profesionales (y último medio capitalino en que colaboró el maestro), a fin de dar un avance on line.

   Cande y yo, enseguida, nos dirigimos a nuestro departamento (estábamos en casa de mis suegros, donde quedaron nuestros hijos) y dispusimos lo indispensable para trasladarnos de inmediato al domicilio de los Avilés, en la capital michoacana. Aunque tarde, ya sin ellos, llegaba el momento de cumplimentar la invitación de los admirados y muy queridos padrinos.

   Mientras nos preparábamos, reproduje un cd con poemas y anécdotas del maestro, en su propia voz. Impresionante.

   También busqué, sin éxito por la premura y el nerviosismo, una acuarela en verso que le llevara el colega Roberto Fuentes, Paché, a la última reunión de ex alumnos a la que acudió El Profe. Hace justamente un año.

   En aquella ocasión, Paché me confirió el honor de leer su poema ante el maestro, y ahora pensé oportuno repetir su lectura, a manera de oración fúnebre. Pero, ya decía, desafortunadamente no lo encontré.

 

   Todavía no amanecía, el sábado 17, cuando nos presentamos en la capilla ardiente, en Jardines del Tiempo. Ahí, desde medianoche, fue velado el cuerpo de don Alejandro Avilés, verdadero ícono del periodismo y su enseñanza, y de la genuina primera oposición.

   Ahí, sereno, con la dulzura de un cristiano de profunda fe, y el reflejo fiel de la certidumbre por haber completado sus múltiples y diversas faenas, el rostro de un egregio guía de la cultura y el servicio a los demás.

   Como si dormitara aún con vida, en otro de sus cada vez más frecuentes paréntesis de meditación y descanso, Avilés lucía su boina y abrigo inseparables.

   En torno al ataúd de madera preciosa, los arreglos y coronas que en el transcurso del día se multiplicarían. De distintas instancias y de particulares, incluyendo la de Felipe Calderón Hinojosa, quien se mantuvo al tanto de la evolución de la salud del célebre ex director de la revista La Nación, órgano de su partido.

   Por la sala, a ratos reunidos y a veces dispersos, departiendo con familiares y personalidades locales que desfilaron para presentar sus condolencias, los hijos y familiares políticos de don Alejandro.

   Ahí, siempre unida y solidaria, la familia Sánchez, de la que provenía la fina y distinguida doña Eva, la muy digna y leal compañera del maestro, por quien decidió adoptar a Michoacán como segunda patria chica.

   Por la tarde, para la segunda misa de cuerpo presente, ya habían arribado de su natal Sinaloa los descendientes de don Alberto, el hermano más entrañable para el bardo de La Brecha.

   Previamente, estuvo ahí la plana mayor -en pleno- de la Escuela de Periodismo: el director Pérez Miranda, el administrador Meléndrez (Arnoldo, quien desde siempre fue muy apreciado por el maestro, y quien correspondió esculpiendo, hace un par de años, el busto del poeta); Páramo, titular de los servicios escolares; y dos directivos más, la nueva savia del árbol cuyo tronco goza ya de merecido reposo.

   Antes aún llegaron -también de México- los Peñalosa Castro, desde siempre íntimos de los Avilés Sánchez. Tanto, que todos los miembros de cada familia las consideraban una sola.

   Ahí, la reconocida Dolores Castro, que con la muerte de don Alejandro queda como única sobreviviente del grupo Ocho poetas mexicanos, y su hijo Javier, inseparable de Francisco Avilés en tiempos en que ambos fueron alumnos de la Septién. Verlos reunidos, como en los tiempos estudiantiles, aún en las condiciones del momento o precísamente por ello, era realmente reconfortante.

   Desde la primera misa, al mediodía, estuvieron esposa e hija del maestro Ismael Hernández, el excelente secretario de la Septién con quien El Profe escribió páginas indelebles en la historia de la escuela.

   Para ser puente, en realidad el velatorio siempre se vio concurrido. Y esto a pesar de que, horas antes, Morelia fue sacudida por el asesinato del secretario de Seguridad Pública del Estado, cuyo cuerpo también era velado en Jardines del Tiempo.

   El gobernador Lázaro Cárdenas, por cierto, al día siguiente publicaría -en La Jornada– sus condolencias por el deceso del maestro Avilés.

   A las exequias finales, al anochecer del mismo sábado 17, todavía acudió un mayor número de personas, que siguieron devotamente el oficio religioso. Todas ellas seguramente se habrán estremecido, como nosotros, cuando -al ser retirado el féretro- se dejó oir el verso y la voz de don Alejandro:

 

         Oh amigos, esta noche he recordado

         la futura mañana en que vosotros

         me llevaréis dormido

         como a un oscuro leño en vuestros hombros.

         (…)

         Yo pesaré de gratitud, oh amigos.

         Y a cada paso el pecho caminante

         recordará las horas

         en que tomaba el corazón su parte.

 

   Fue imposible contener las lágrimas por más tiempo… (¿Quién dijo que a los viejos ya no se les llora?). Entonces, a la salida del templo, Charito sugirió: “Vamos a despedirlo, ¿no?”. Y todos estuvimos de acuerdo.

   Pasamos pues de nuevo a la sala de velación, y tratamos de concentrarnos en la emotiva elocuencia de Lolita Castro. Con voz pausada pero vibrante, siempre bien matizada, agradeció la cercanía con “el hermano grande” que para ella fue Avilés.

   Cercanía que ciertamente quedaba sellada con su presencia en aquel postrer momento, pero que había sido confirmada -apenas unos días antes- durante la última y gozosa lectura de poesía que Avilés, ya postrado, tuvo con ella.

   Un hijo del todavía recién fallecido hermano Alberto del maestro, procedente de Sinaloa, pronunció a nombre de su familia la oración fúnebre. Ponderó el ejemplo que don Alejandro significó no sólo para sus hijos sino para las demás ramas de los Avilés Insunza.

   Luego, enmedio de nutridos aplausos, el féretro fue llevado al crematorio… Así despedimos los restos de aquel hombre alto, cuya enorme sombra -y enseñanza- a muchos de seguro seguirá cubriéndonos.

   Hacia la medianoche las cenizas serían entregadas a sus deudos para que después, en ceremonia íntima, las depositaran en el nicho que reúne de nuevo a aquella pareja ejemplar: doña Eva y don Alejandro.

   Afuera, la lluvia seguía. Y la vida también… La vida de los seres, a la que Avilés cantó con singular profundidad.

 

 

   De nuevo en la ciudad de México, el domingo, de inmediato encuentro mi copia de Los poetas, de Roberto Fuentes, a cuyo final releo:

 

         Joaquín, amigo mío,

cuánto me alegro

de que me acompañes:

 

         A. Avilés

 

   En la circunstancia actual (de regreso de su funeral en Morelia), aquel texto -de puño y letra del maestro- cobra sin duda otra dimensión: como si se refiriera precísamente al hecho de seguir de cerca esos momentos supremos de su encuentro con Dios a través de la muerte, temas recurrentes en su poesía.

   En tanto acudo a la íntima reflexión y a la paulatina asimilación de los sucesos, acaso para intentar cuando pudiera alguna semblanza y/o evocación de los momentos compartidos, comienzan a surgir los homenajes.

   El primero, el de la propia institución en la que don Alejandro impartió -hace 56 años- la primera clase, misma escuela que por 21 años dirigió y sitio donde -hace poco más de tres décadas- tuve la fortuna inmensa de conocerlo…

   Inexplicablemente, quizá por sentir que ya sin él la Septién carece del espíritu que aún a la distancia la animaba, o simplemente por la estrechez del recinto, decido no acudir y reservarme para la misa en su memoria, prevista para el miércoles siguiente.

   La emoción, allí, estuvo a flor de piel. Para empezar, el padre Miguel Angel Villegas, de nuestro grupo de egresados, estableció las virtudes cristianas y periodísticas del maestro.

   Pero al final del servicio, el analista Miguel Angel Granados Chapa, invitado a intervenir, de entrada se extrañaría: “No sé qué muerte hemos venido a conmemorar, porque está claro que don Alejandro Avilés sigue vivo, más vigente que nunca”.

   Y es que, efectivamente, con su palabra profunda y vigorosa, con su enseñanza de vida, y aún con las muestras de afecto de la relativamente escasa concurrencia, que -según Granados- Avilés justificaría plenamente por los deberes del medio, El Profe sigue vivo. Es un hecho.

   Granados Chapa (“sin pretender una discusión teológica, según se apresuró en aclarar), sostuvo que Avilés “fue un buen hombre, lo que resulta más importante que ser un buen cristiano”.

   Entre anécdotas y datos reveladores, el autor de Plaza pública evocó el quehacer directivo de Avilés en La Nación; el trabajo a favor de candidaturas sin recursos, cuando no eran un negocio ni daban margen a los escándalos por corrupción, “de los que no escapa ni el partido en que militó don Alejandro”.

   El politólogo habló ante un auditorio plural, convocado por el afecto y el respeto a un maestro y pensador auténtico.

   Ahí estaban lo mismo el exgobernador Núñez Soto, de Hidalgo, de filiación priísta, que el líder nacional panista Manuel Espino. Ahí, también, figuras señeras como don Luis H. Alvarez o como don Bernardo Pacheco. Y, desde luego, muchos periodistas.

   A la salida de La Medalla Milagrosa, el último templo capitalino de los esposos Avilés Sánchez, y en tanto se firmaba el libro de condolencias, el intercambio de abrazos y tarjetas…

   Ahí, al amparo del recuerdo de El Profe, la cita para los próximos encuentros; para esas reuniones en las que, inexorable y dolorosamente, la lista de ausentes es cada vez mayor. (JGN).

 

 

Avilés lo demostró

Seres como él, ¡pueden existir!

 

Sólo siento que las nuevas generaciones no lo encuentren en su camino.

 

Alfredo Gutiérrez*

 

   Mis muy queridos testigos: Hoy me enteré que murió un hombre de los de antes.

   Un señor enorme con unas manos muy grandes, un perfil seductor y un alma acogedora y cálida, entrañables “defectos” que lo hicieron único y necesario a nuestras vidas y que se agregaban a su cultura con una naturalidad elegante y campesina, amplia, diversa y tolerante; igual que le cuadraban a su gusto respetuoso y entusiasta por la música, su sentido del humor, su constante alegría, su don de amistad, su vena de poeta y escritor de incansables vuelos, y su fe cristiana.

   El fue uno de mis protectores sin saberlo, un enérgico crítico de mis escritos juveniles que se pretendían poéticos, un increíble conversador y un conocedor de nuestra lengua como pocos.

   …Deja miles de hermanos e hijos de su trato fraternal.

   Como cada vez va a ser más difícil tanto en una sola persona, sobre todo tan bien puesto y armonizado, este hombre conservador y liberal, revolucionario y religioso, tan completo en su ser de ingredientes varios en conjunción magistral, quiero dejar constancia de que existen seres así, que yo los he visto, que calan profundamente, que dejan huecos y llenan con su recuerdo para siempre nuestra necesidad de su presencia.

   Es casi seguro que coincidimos, al encontrarnos por haber tenido en nuestras manos, cuando menos yo en pequeña parte, alguna parte de la obra de Emmanuel Mounier, cuando el campo de la apertura, el compromiso y la justicia en la democracia requería de los valores del personalismo más urgentes.

   Su admiración por la honestidad del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo le valió no pocas discriminaciones.

   En honor de estos adultos ejemplares, mayores en la historia humilde y marginal de millones de mexicanos, lo recuerdo con cariño, aunque sé que se ha quedado con nosotros.

   Imposible olvidar su ironía sana, su agudeza juguetona, su inteligencia comprensiva y tolerante, su pícara mirada.

   Sólo siento que otras generaciones no lo puedan encontar en su camino para saber que seres así ¡sí pueden existir! y que las ideologías se derrumban como muros ruinosos ante una sola figura de estos tamaños y de tanto amor.

   Allá irás con tu abrigo de todos los tiempos, amigo del calor de la hermandad. Que el vuelo nos sea leve, poeta del aire en que se mecen los árboles y los pájaros de Sinaloa, de los ríos que se llevan los pensamientos a jugar con las olas y enredarse en la reja de las Evas amadas.

   En ese camino andamos, Profe, mi Don Alejandro Avilés.

 

 

Sociólogo y académico. Ex profesor de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y de la Universidad Iberoamericana. Falleció hace un año.  

 

 

Mis tardes luminosas con El Profe Avilés

Por: Joaquín Gutiérrez Niño.

 

   Aunque -como muchos- tuve el gusto de conocer y tratar a don Alejandro Avilés al empezar mis estudios -en 1974- en la Septién de Golsmidt, en Polanco, gracias a la amistad con sus hijos pude muy pronto acercarme a su hogar.

   Recuerdo especialmente cuando conocí su bien dotada y muy selecta biblioteca particular, en su departamento de las calles de Petrarca… Jamás había visto tantos libros de consulta para una sola persona, tan organizados y bien conservados.

   El estudio del escritor zacatecano Tomás Mojarro, que hacía poco había conocido acompañando al poeta Roberto López Moreno, se quedaba corto. Y aún la amplia sala de mi tío Agripino Gutiérrez, quien fuera una especie de Vasconcelos de Chiapas y logró reunir la más completa bibliografía de autores chiapanecos (editada por él mismo, en su mayor parte), amén de todos los clásicos y cientos y cientos de obras, como correspondía al maestro de literatura de Jaime Sabines y Rosario Castellanos.

   De manera que quedé maravillado. A tal punto que cometí la descortesía de descuidar los motivos iniciales de mi visita, que eran departir con los Avilés Sánchez.

   Luego, para colmo, tuve el desatino de redactar un textillo con datos derivados de aquella aproximación al seno del hogar anfitrión y que publiqué en el periódico escolar, lo que molestó sobremanera al jefe de familia. “Pero hay que reconocer que escribe bien y eso es lo importante”, concedería con infinita tolerancia.

   Y fue mi pasaporte para frecuentarlo en su pequeña oficina, ya en Basilio Vadillo, y charlar de -o mejor dicho: escucharlo en torno a- mil cosas, todas tan importantes que pronto le solicité formalmente una entrevista para Revista Mexicana de Cultura, por ese tiempo todavía el mejor suplemento cultural de Latinoamérica, donde venía colaborando bajo la guía de otro enorme maestro que me concedió su cercanía: el poeta andaluz Juan Rejano.

   Imposibilitado para consultar mi distante archivo, que se destruye entre el polvo y la humedad de mi deteriorado domicilio chiapaneco, no puedo citar fielmente los conceptos vertidos pero recuerdo muy bien de lo que no quiso hablar.

   Dividí la entrevista en tres apartados: Avilés, el periodista; Avilés, el poeta; y Avilés, el hombre. En este segmento quería saber de su militancia política, pero no quiso abordar el tema. Hablamos pues de valores universales.

   También recuerdo que, al fin buen periodista y poeta, enemigo de títulos y tratamientos reverentes pero defensor de su nombre público, cuando vio el texto no dejó de molestarle que le llamara “don Alejandro” o que le añadiera el apellido materno. Quería que se le llamara, simplemente, Alejandro Avilés.

   Luego vinieron los cafés en el Kikos, alguna que otra merienda en la Fonda Santa Anita, de su predilección, y así hasta que, habituado a la amistad con los mayores, terminé más allegado de él que de sus hijos.

   Para 1978, cuando mi generación aún no concluía la carrera, merced a la comprensión y apoyo de mi tercer amigo mayor, Salvador Luna Ibarra, quien me llevó a trabajar consigo en Noticieros de Radio Centro, reuní méritos suficientes para ser invitado a impartir en la Septién un primer seminario a mis compañeros del semestre anterior, que ya eran pasantes. Tremendo honor que debo al profesor Avilés y a su inolvidable secretario Ismael Hernández, quienes me permitieron seguir como maestro por seis años más.

   En octubre de 1980, hace 25 años, contraje matrimonio con Candelaria de Haro Muñoz, en una bellísima -por íntima y emotiva- ceremonia en la capilla, entonces privada, del Colegio Vista Hermosa, en Cuajimalpa.

   Previamente pedimos a doña Eva y don Alejandro nos honraran apadrinándonos. Entonces no lo sabíamos, pero fueron contadas las parejas que tuvieron esa distinción, entre ellas la de Manuel Buendía y Dolores Avalos.

   Durante el brindis, que él pronunció, hizo vibrar a la concurrencia. Externó conceptos en verdad generosos para conmigo e hizo votos cristianos por la perdurabilidad de la unión.

   Cuando nos visitaron para obsequiarnos con un fino cobertor que todavía conservamos con cariño, les rogamos nos confiaran la clave de su estabilidad como pareja. Entre las interesantes revelaciones de uno y otro, la sugerencia clave y contundente: nunca ofenderse.

   Llegaron así algunos intercambios de visitas. Ellos, los Avilés, nos convidaron a sus interesantísimas veladas literarias, con personalidades como Lolita Castro, Roberto Cabral del Hoyo, Raúl Navarrete y Eugenio Ortiz, en su casa de Cozumel. Eventualmente, también nos acompañaron a merendar en nuestro domicilio de Acueducto de Guadalupe. No faltaban la papaya y una copa de buen cognac, que sabíamos le agradaban al Profe.

   Cerca de nuestro departamento, sobre lo que hoy es la prolongación del Periférico, hay una pequeña pero bella y acogedora iglesia de piedra que, por cierto, frecuentaba doña Eva.

   Algún tiempo después, El Profe me acompañó a una sección de poesía que me tocó conducir a medianoche en Canal 13, gracias a la propuesta de mi hermano mayor Juan Cervera.

   Recuerdo especialmente esa entrevista para tele porque, en aquella ocasión -en la acera de los Avilés- encontré un portafolios con una colección de billetes y documentos valiosos, que todos me decían conservara, pero Raúl, mi primogénito de entonces sólo poco más de un año, me hizo devolver aunque no contábamos con teléfono ni domicilio del propietario. (La solución: dije esa noche en mi programa de radio el nombre del dueño, y de inmediato apareció).

   La anécdota, por simple que resulte, por mucho tiempo la tuvo presente El Profe y solía referirla a amigos en común, aunque no tanto como aquella de la  correspondencia de un foro sobre televisión infantil que me fue enviada a la escuela a nombre de: Niño Joaquín Gutiérrez.

   Vino después el momento de mayor tensión en nuestra relación, en realidad el único: mi separación de la escuela.

   El, a punto de dejar la dirección, quería que me quedara, pero yo estaba determinado a dejar la institución por el marcado desinterés de un numeroso grupo al que impartía clases en el auditorio.

   -Aguántese, ahijado. Yo sé lo que le digo; yo sé por qué se lo digo -repetía.

   -No, padrino, ¿qué necesidad tengo de tolerar a estos insolentes? -respondí en tono airado, seguramente también insolente.

   Y era verdad. Estaba agobiado por tanta actividad: en tiempos en que todavía no era común que se cubrieran todos los medios, yo hacía radio, escribía mi columna y editoriales para el periódico, y colaboraba en televisión. Además, impartía clases en secundaria y colaboraba en diversas publicaciones.

   Aún recuerdo con cuánta tristeza me estrechó la mano, sin retenerme más… Hoy, a la distancia, tras un muy prolongado desempleo, creo que tengo motivos suficientes para tragarme aquello de la falta de necesidad.

   Algún tiempo después, cuando ya radicaba en Morelia y debido a una crisis que enfrentaba la escuela bajo la dirección de Manuel Pérez Miranda, nos reunimos él y yo para analizar el problema. Me permití hacerle una sugerencia, que atendió de inmediato, y las cosas se compusieron considerablemente.

   Después tuve el alto honor de coincidir con él y otros grandes pensadores mexicanos en las filas de cobro de El Universal y en sus comidas especiales. En una de ellas, me tocó compartir la mesa con él y otros editorialistas.

   Algún miércoles de cobro, a mediodía, cruzando la avenida Juárez en compañía de Fedro Guillén, vimos a cierta distancia al maestro Avilés, enfundado como siempre en su abrigo negro. Agudo, como estilaba, y sabiendo que en Tonalá es de cuarenta grados a la sombra la temperatura promedio, el escritor chiapaneco espetó: “Mire a ese hombre; así se va al infierno la gente de su pueblo”.

   El Profe y yo nos reunimos todavía un par de veces más, esporádicamente, en el Café La Habana. La última de esas ocasiones, en tiempo de las primeras concertacesiones PRI-PAN, me pidió: “No hable mal del PAN, ahijado, porque me lastima”.

   Nunca sospeché semejante observación. Para empezar, jamás imaginé que mis artículos publicados en un vespertino, de edición metropolitana, pudieran ser vistos por Avilés y menos que le ofendieran. Pero dio la casualidad que eran divulgados por la agencia SUN y reproducidos en Morelia.

   Ni hablar. En atención a aquel fervoroso militante, merecedor de todas mis consideraciones, no volví a abordar el tema directamente.

   Después quedé desempleado y terminé por irme a Chiapas. Allá leía sus poemas por la radio, principalmente en la Semana Mayor, y solía telefonearle en el fín de año, por su cumpleaños.

   Pasaron varios años sin ver al maestro, hasta hace dos en que lo encontré, ya desgastado pero completamente lúcido, durante la misa y la lectura en memoria de su difunta esposa, la inolvidable doña Eva. Luego, en mayo del año pasado, durante el homenaje que le rindió la Septién con motivo al 56 aniversario de la escuela.

   En aquella ocasión, por cierto, uno de mis hijos lo abordó y, tras el mensaje del entonces secretario de Gobernación Santiago Creel, pidió la opinión del maestro en torno al pregonado cambio:

   -¿Cuál cambio? -preguntó a su vez el maestro, por toda respuesta.

   Hace un año, en noviembre del año pasado, El Profe acudió a un desayuno del grupo de ex alumnos que reúne Rosita del Valle, quien siempre gozó de especial afecto de nuestro director de antaño.

   Después, durante algunas semanas en que permaneció en casa de su hija Charito, en México, tuve la inmensa fortuna de charlar con él algunas tardes. De hecho, existía el propósito de recabar sus recuerdos y reflexiones, acaso de obtener aquellas revelaciones pendientes en torno a su quehacer político, pero por una u otra razón no fue posible.

   Sólo de la primera sesión formal pude tomar algunos apuntes. Para la segunda, en que evocábamos sus diferentes casas, quedó meditando en silencio y, al abrir los ojos, minutos después, me indicó que la charla había terminado.

   Luego retornó a Morelia y más adelante viajó a su natal Sinaloa. Ya con su salud quebrantada, se nos quedó pendiente un viaje en grupo para departir con él, en su segunda patria chica.

   Mi esposa y yo tuvimos que conformarnos con acudir a darle un sentido hasta pronto a nuestro padrino… Aquel maestro de lecciones y días luminosos, que seguirán irradiándonos mientras llega el momento de comulgar con el tiempo. Como él y su dulce Eva ya lo hacen.

 

  

Los poetas

 

                   Al maestro Alejandro Avilés

 

Los poetas se arropan

con abrigos de palabras

y guardan en los bolsillos

las comas que les sobran.

 

 

Los poetas roban

sus alas a las aves

y lavan sus manos

con papel periódico

 

 

Los poetas son unos

tristes seres esdrújulos

con enfermedades graves

provocadas por dolores agudos

que les deja esta sociedad

virtualmente encanecida,

agónica de sinalefas

y millonaria en ripios.

 

A veces se tragan las sílabas

que no pueden pronunciar

por su ternura indómita;

son seres que guardan el

tiempo en los minúsculos

polvos de arena que

quedan en sus suelas.

 

 

Los poetas le quitan

la sal a los saleros

para untarla, crema,

en la raya de sus labios.

Enfrían el hielo

y calientan el fuego,

para buscar palabras que

no hieran los sonidos.

 

Los poetas trepan balcones

para masticar hormigas

y chupar del viento

su soledad ociosa.

 

 

Le ponen cicatrices

al presente y creen

en el amor como

una ciencia exacta,

a pesar de la inexactitud

de la palabra misma.

 

Ven la televisión apagada

para imaginar imágenes

y se encierran en sus cuartos

para respirarse a sí mismos

con sus almas quietas.

 

Se ponen guantes para

retocar la luna llena

y esperan ser marea

que los lleve a tierra,

una y otra vez y

otra vez en una.

 

Son los laberintos de Dédalo,

los voceros de Casandra,

las alas de Ícaro y la filigrana

que Orión tejió en el cielo.

 

Los poetas colocan

pabilos en las carreteras

para iluminar las frases

y ponen alas a los gatos

para que vuelen en las noches

y despierten felinos y dormidos

en las madrugadas frías de

los inviernos, cuando

el orgullo pide asilo.

 

 

Los poetas le sacan

brillo al silencio

para reverenciar

las comas y ovacionan

la palabra con

puntos y seguido.

 

A veces adivinan

acentos en las letras

que se esconden de

vergüenza y adornan

con mayúsculas la

sinrazón del tiempo.

 

Los poetas dominan

las eses y las combinan

mushhhaaassshhhas

para despertar al viento.

 

Roberto Fuentes Vivar.

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