Oh, aquellos tiempos de ocote

Abraham Peralta y Vélez rompe la brecha generacional y logra una comunión de los tiempos. Entiende, como su bisabuelo, la magia del fuego. Y escucha la sabiduría del frondoso y añejo tamarindo… Ah, cuántas imágenes puede ofrecernos este joven amigo. El más reciente de todos, a quien apenas conozco pero infunde confianza. Mucho de noble ha de tener quien aprecia a los viejos.

 

 

 Mi bisabuelo

 

                                                                  En memoria y gran memoria     

                                                          de mi bisabuelo Onofre García Alvarado                                                          

                                                                   amante de cualquier flor labrantía.

Que mi vida no es mi vida,

mi vida es aquella

de tierras labrantías.

 

Mi bisabuelo soy yo

arando tierra moreliana

en la espera de una flor.

 

Yo quisiera labrar

y vivir la fecundación

de un hermoso, naranjo en flor.

 

No importa cual sea la flor. Importa

saber sembrar, a buena luz,

con fuerte corazón.

 

Un buen sombrero,  

unos largos bigotes

y una convicción de arquitecto en flor.

 

Una espiga de trigo,

una espiga de arroz,

un esposa fiel para el amor.

 

Bisabuela,

las profundas raíces del amor en ti…

y el árbol está muerto.

Inimaginable el dolor en ti

del Amor, eterno amor.

 

Pero tú sigues siendo la flor viva,

la sábila verde y curativa.

Del dolor del hombre en ti, siempre vivo.

Mujer, jamás marchita.

Flor de mis flores, siempre niña.

 

Oh Rosa. Mi bisabuelo,

arando tu hermosa tierra moreliana

en espera de una flor de sábila.

 

 

 Oh Rosa, despierta,

hermosa, flor de mi vida,

que volvió a salir el sol…

 

Que mi vida no es mi vida,

mi vida es aquella

de árboles y verde gallardía.

 

Ardía en tu lengua, bisabuelo,

la ceniza del carbón,

la voz del anafre,

el anhelo del fuego.

 

Ay, por qué te has ido

a dormir a otro petate,

más allá de mis manos, supertejido.

 

Que no quiero

amarrar con este mecate

sentimientos de cáñamo prendido.

 

Que mi vida no es mi vida,

mi vida no es esta vida

de gris y electrificada algarabía.

 

Oh, aquellos tiempos de ocote.

Tiempos de verde limonero

y de árbol de tamarindos.

 

Ay, aquel gran árbol de tamarindos.

Platicábamos del agua,

de su hermano mayor, el ahuehuete,

y nos llenaba de su dulce sabiduría milenaria:

 

“Con mi hermano lloró y planeó el valiente Hernán Cortés,

con él mostró su agradecimiento Cuauhtémoc,

y lo plantaba con su canto Nezahualcóyotl.

Todos eran Tlatoanis, el ser esencia del ciprés”. 

 

Otra vez me dijo:

“tu bisabuelo era un ahuehuete:

un árbol de agua que nunca envejece”.

 

“Con la leña, hizo su fuerza

 y entendió la magia del fuego.

La energía de dar calor”.

 

Oh aquel sudor de aquella fuerza,  

por aquel trabajo doloroso, con el machete,

cortando la hierba mala, a fuerza justiciera.

 

Su fuerza bien nutrida

por las hortalizas

y la flor viva, del día a día.

 

¡Oh la flor de la sabiduría!

Midiendo su arquitectura 

otra luz me alumbraría.

 

Aquella luz de la albañilería

de fuerza, cansancio y dolor.

Arar y sembrar para recoger una alegría

de aquel otro calor.

 

Y aunque es el mismo sol el que me alumbra

no es la misma tierra, no es la misma luz.

 

Bisabuelo que soy yo,

ahora abundan las tristezas ocultas;

ahora no, ya no, alumbra el corazón de la flor.

 

Ya no se baja el zacate del árbol,

se le quita la cáscara

y nos baña con su luz.

 

Ya no… ahora todo, todo está dado;

desde la oscura tierra a luz, hasta el amor,

se compra en el supermercado.

 

Ahora todos olvidamos

que la sangre bulle, que matamos:

un cerdo, un pájaro, una res para vivir.

 

Nos engañamos con sonrisas                                                       

y el corazón triste se entierra

para no escucharlo y reprimir la vida.

 

En esta tierra pavimentada

no hay arado ni esperanza

hay amnesia electrificada.

 

Que mi vida no es mía,

en esta tierra pavimentada

que la vida gira y gira.

 

Soy yo, mi bisabuelo:

El vástago de un árbol

que bebe del murmullo del agua

y escucha a los canarios.

 

Yo quisiera nacer en el tallo verde,

vivir entre rojos y amarillos,

ser labrador de miel con las abejas.

 

Saborear el pulque que nace del corazón de la penca

y embriagarme de blanca esencia

y de maguey embriagarme.

 

Yo quisiera labrar

como tú, como Dios

las semillas de un hermoso sol.

 

Nacer en un campo de maíz,

plantar frijoles y comer de mi campo

¡ah que ricos garbanzos!

Y gozar y tocar la armónica para vivir

en la música del maíz.

 

Y así tener derecho a decir:

“si la tierra me dio de tragar,

que la tierra me trague a mí”.        

 

 

Abraham Peralta y Vélez

 

                                                            Lunes 29/ jun. / 2009, casa Unidad Modelo, 11:42 pm

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One Response to Oh, aquellos tiempos de ocote

  1. laura dice:

    porque perteneces y no, eres una historia que decide ser poema!

    cuidate mucho! =)

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