Mi relación con el cigarro

El lexicólogo Fernando Valle Ferado, Don Salimoy, mantuvo, por décadas, una relación con el cigarro que fue del placer al dolor. Si dispones de algunos minutos, conoce en detalle la experiencia de un hombre culto, de férrea voluntad y de fé, al que no le fue fácil recuperar la tranquilidad.  

Mi nombre es Fernando Valle Ferado, nací el día 25 de enero de 1940; soy fumador  desde 1955-56 (aproximadamente).

Aunque no recuerdo fechas exactas, sí recuerdo hechos:

Probablemente tenía yo unos ocho años cuando mi hermano Héctor (5 años mayor que yo) empezó a fumar (de ser así la fecha, él tendría unos trece años); vivíamos en la Ciudad de México, en la Calle Clavel 125 interior 6. Era una vecindad de seis viviendas y mi hermano solía comprar 10 centavos de cigarros Campeones (eran tres cigarros por esa cantidad; era el año 1948…). Para que yo no fuera a “rajar” con mi mamá hacía esto:

—Nando, acompáñame, ven…

Subíamos a la azotea y él prendía su cigarro. Empezaba a fumar y me daba dos o tres veces el cigarro para que yo también fumara (¿?);  y me decía:

—Si le dices a mi mamá que fumé, yo también le digo que tú fumaste…

¡Claro que esto se llama…! …de varias maneras, pero le funcionó… nunca lo acusé…

Pasó el tiempo y, quizás, hasta antes de los diecisiete años, muy esporádicamente le di dos o tres chupadas a un cigarro, pues no me gustaba (especialmente porque no le daba “el golpe”)… porque no le encontraba “chiste”…

El domingo era el día que salíamos a pasear mis amigos y yo. Probablemente ver cómo fumaban… quizá querer imitarlos… no sé; pero lo que sí sé es que caí en las redes del tabaquismo, aunque fueron varios años para ser adicto total.

Cuando empecé a fumar, lo hice con la marca de los que mi mamá fumaba… los cigarros Delicados (pero eso sí: nunca le “volé” los suyos; a mi papá menos, porque él fumaba Raleigh). Recuerdo que la cajetilla que yo compraba terminaba deshaciéndose en mi bolsillo, pues yo fumaba especialmente el domingo.

El tiempo pasó y el consumo de los cigarros se incrementó; fue tan sutil la forma que “ni cuenta me di”…

Recuerdo que en 1957 fuimos a Guadalajara de vacaciones, mi abuelita Trinita y yo. Estábamos en la terminal del camión cuando hablé con ella muy seriamente:

—Oye abuelita, fíjate que yo fumo y no sé si tú me darás permiso de hacerlo…

—Sí hijo —me respondió—, no hay problema (ella no fumaba)…

Llegamos a Guadalajara y mi Tío Armando estaba esperándonos en la terminal. Nos llevó a su casa y, quizás al terminar de almorzar… le pedí permiso para fumar; como él parecía chacuaco no hubo el menor problema y hasta me dio su cajetilla… que no acepté porque en ese entonces yo fumaba “Elegantes”. Recuerdo bien que ya en esos años yo fumaba tres cajetillas en dos días, es decir: cajetilla y media en un día… Pero para mi fortuna (¿?) no lo hacía en los días de trabajo, pues no podía… ni tenía permiso de fumar…

Sinceramente no sé cuánto fumaba al día, entre semana, pero no creo que excediera de media cajetilla, pues en 1959, cuando hice el Servicio Militar, ya fumaba a cualquier hora.

Yo creo que hasta que me casé (1962) fue cuando con toda la libertad (¿libertad o libertinaje?) pude fumar en la casa, en el trabajo, en el camión, en el cine… ¿dónde no se podía fumar? Sólo en el templo…

Dejaré que haya sido una cajetilla diaria hasta 1971, año en que llegue a Oaxaca y que, puedo asegurar, eran dos cajetillas diarias…

Si calculo que de 1957 a 1962 fumé ½ cajetilla diaria, fueron 5 x 12 = 60 meses; 60 x 30 = 1,800 días; 1,800 dividido entre dos = 900 cajetillas; 900 x 20 = 18,000 cigarros…

De 1963 a 1971, calculo que fumé una cajetilla diaria, entonces fueron: 9 años; 9 x 365 = 3,285 días, es decir: 3,285 cajetillas; 3,285 x 20 = 65,700 cigarros; ya entre las dos cantidades suman: 83,700…

(Créame que nunca había hecho un cálculo similar… no sé qué siento al ver estas cantidades que se antojan exageradas… pero, además,… ¡están cortas!)

De 1972 al 30 de julio de 2005… 33 años siete meses, es decir: 403 meses; 403 x 30 = 12,090 días; 12,090 x 2 = 24,180 cajetillas; 24,180 x 20 = 483,600…

83,700 más 483,600 = 567,300 cigarros 

(QUINIENTOS SESENTA Y SIETE MIL TRESCIENTOS cigarros) Es increíble que hayan sido más de medio millón de cigarros…

Bueno, y si una persona ha fumado una cajetilla al día durante diez años, la cantidad de cigarrillos es de:

365 x 10 = 3,650 días; 3,650 x 20 = 73,000

¿Y en veinte años? 146,000

¿Y en treinta años? 219,000

Es muy difícil hablar de cantidad de dinero, pero también es inimaginable, pero puedo asegurar que ahorrando ese dinero, bien pude haberme comprado un carro nuevo… Por supuesto que es uno de los renglones que menos importan al fumador…

Yo creo que fueron unos veinte años que fumé Marlboro; fueron los cigarros que más me gustaron… aunque me dieron en toda la chapa… pero… porque así lo quise…

Por supuesto que sí se da uno cuenta del mal que está causando en el organismo, cada cigarro que uno fuma. Sólo que como lo hace lentamente “apenas se da uno cuenta…”

Dejé de jugar con mis hijos, por ejemplo, futbol, pues ya no podía correr; tenía que jugar de portero… porque así no tenía que correr… También me vi obligado a dejar de hacer algunos ejercicios, incluso bailar, porque no “tenía aire” y empezaba a jadear como perro…

Recuerdo que desde hace unos diez años, iba yo con mis compañeros de la Unión de Libreros a ciertos sitos, por ejemplo Juchitán. Yo nada más veía cómo movían las cajas de libros, pues aunque quisiera no podía ayudarles, la falta de aire era terrible (siempre dije que era porque mis brazos no me lo permitían). Cada año era menos lo que yo podía hacer, en el aspecto físico… Llegó incluso el día en que ya no podía ni levantar, por ejemplo, una bolsa de basura y mucho menos ir hasta el camión a tirarla…

En varias ocasiones pensé (sólo lo pensé) en dejar el cigarro, pero al imaginarme en un mundo sin cigarros, me daba mucho miedo que sucediera.

En 1977 murió mi adorada mamá… ingresó al hospital por causa de una neumonía basal; ya iba a ser dada de alta, pero el médico dijo “que había algo raro, que mejor esperáramos”. En menos de una semana se le desarrolló un cáncer pulmonar fulminante y se le deshizo un pulmón; ya no había remedio, mi mamá moriría en unos días más. Mi papá, mis hermanos y yo fumábamos y, quizás, no quisimos hablar de la causa real de la muerte de mi mamá y sin palabras que mediaran, se quedó en que la muerte de ella había sido por la neumonía, pero…

Hace muchos años murió el papá de un amigo mío… murió de cáncer pulmonar y mi amigo me dijo que definitivamente dejaría el cigarro para no terminar como su papá. Me acuerdo que sentí temor y probablemente pensé que debería hacerlo también, pero con el paso de los días se me olvidó y seguí fumando… 

Me “fortalecía” para seguir fumando que, por ejemplo, mi abuelita “Herlindita” fumó algo así como setenta años y su muerte no fue por tabaquismo (quizás yo fuera de la misma “madera”), sino natural, por ancianidad (tenía casi noventa años). Otra cosa que pensaba para seguir fumando era que ya debería tener los pulmones tan amolados que ya no habría remedio y… ¡Ya para qué…!

Hace como diez años llegó a mi negocio un buen amigo mío: “Poncho”; estuvimos platicando y él estaba muy triste, pues el médico le había dicho que tenía cáncer pulmonar, en fase terminal… Sí era cierto y poco tiempo después me enteré del deceso de mi amigo. También me dio miedo y volví a pensar en dejar el cigarro… por supuesto que a los pocos días ya se me había olvidado la causa de la muerte de mi amigo “Poncho”…

En varias ocasiones me vi obligado a ver al médico por equis o zeta razón. Invariablemente el médico me decía que yo debía dejar de fumar… invariablemente la respuesta era “que sí, que ya pronto lo haría…” Fumaba un poco menos durante —exagerando— un mes y “se me olvidaba”… Nunca intenté dejar el cigarro… era tema tabú en la casa e incluso la adicción me causó problemas sociales, pues yo no aceptaba que era molesto el humo para los demás…

En una ocasión estuve corrigiendo un libro de un buen amigo mío: “Paco”. A él le gustó mi trabajo y quedó muy satisfecho, pero nunca volvió a ocupar mis servicios… ¿por qué? Porque dejé apestando a tabaco su libro… Por supuesto que cuando me dijo la causa, por la que ya no quería mis servicios, me sentí ofendido…

Me vi obligado, en muchas ocasiones, a salirme o no entrar en ciertos sitios donde estaba prohibido fumar… Nunca “permití” que me hablaran acerca de dejar de fumar… nadie, absolutamente nadie, tenía el menor derecho a meterse en mis asuntos.

Perdí varias amistades que, bondadosamente, trataron de hablarme acerca de dejar el hábito de fumar. Preferí perder la amistad. Recibí en muchas ocasiones literatura acerca de los problemas que causaba la adicción al tabaco… pero yo prefería hacerme disimulado (¿?).

La amistad que más me dolió perder (por supuesto no en ese momento) fue la de un muy querido amigo. Él era don Ramiro. Era vecino nuestro, cuando yo estaba soltero, y él y su esposa se hicieron buenos amigos de mis papás. Yo creo que fue en 1957 ó 58. Pasaron los años y en  1960 puse un negocio cerca de mi casa. En las mañanas iba yo a casa de don Ramiro a fumarme un cigarro… a platicar… y unos minutos antes de las nueve me iba a abrir mi taller. Cerré el negocio y a los pocos meses (en 1962) me casé y abandoné el hogar que me cobijó durante 22 años. Lógicamente dejé de ir a fumar mi cigarrito con mi amigo don Ramiro, pero nos veíamos de vez en cuando.

Cambiamos nuestra residencia, en 1971, y abandonamos el Distrito Federal para radicar en Oaxaca de Juárez y ya solamente en vacaciones podía ver a mi amigo don Ramiro.

Pasaron los años, muchos, y una noche (yo creo que hace unos diez años) recibí una llamada telefónica:

—¿Bueno…?

—¿Nando…?

—Sí, ¿quién habla…?

—Soy Ramiro…

Sinceramente me sorprendió, porque lo que menos pensaba es que mi amigo me hablara. Me dio mucho gusto y platicamos poco, pues era una llamada de larga distancia. En la conversación me preguntó si aún fumaba. Respondí que sí; y él me dijo que ya había dejado de fumar y que estaba muy bien…

Yo creo que unos quince días después, recibí un sobre que me mandó Ramiro, contenía mucha información de los problemas que causa el tabaquismo. Recuerdo que me disgustó la actitud de mi amigo (¡vea usted hasta dónde se llega!) y el sobre se fue al bote de la basura. Ya no quise volver a hablarle… 

 En una ocasión estaba platicando con un vecino (en mi taller) y me dijo:

—¿Y cuándo va usted a dejar de fumar…?

Me quedé asombrado. No sabía si hablaba en serio o en broma… y le pregunté:

—¿Habla usted en serio…?

—¡Claro que hablo en serio!

Huy, sentí que la sangre “se me subía” y me sentí muy disgustado, pues este señor estaba metiéndose en donde no le llamaban. Mi réplica no fue nada amable:

—Y a usted, ¿qué le importa? ¿Acaso alguna vez le he pedido que me dé dinero para mis cigarros?

—¡Oiga Don Salimoy, no es para que usted me diga eso…!

—Eso y más merece usted por meterse en vidas privadas…

Por supuesto se fue mi vecino y nunca volvimos a hablarnos. Hasta la fecha podemos cruzarnos y como si no nos conociéramos…

Es triste, pero es una cruda realidad. El fumador no quiere que se le hable de lo que sabe perfectamente…

Pero… a toda capillita le llega su fiestecita… Creo que haya sido a mediados de 2004, no puedo asegurarlo, pero lo que sí es seguro que yo ya no podía dormir en la cama, pues al estar en plano horizontal se me dificultaba respirar y tenía que sentarme. Me vi obligado a irme a la sala a sentarme y “ver” televisión (entrecomillo ver, porque realmente no veía, pues mi pensamiento y mi yo interno no estaban para poner atención al televisor). Opté por comprar un “Reposet”, pero tampoco podía dormir con el respaldo hacia atrás, porque me sucedía lo mismo que estar acostado, así es que sólo sentado podía estar…

Sinceramente creo que soy una persona que comprende fácilmente una situación, y la mía no era un enigma; sin embargo, el tabaquismo (igual que otras adicciones) es muy difícil de desterrar y, claro, no es imposible hacerse de la vista gorda ante un problema como el que yo estaba pasando.

En enero fuimos, mi esposa y yo, a Cuernavaca, Morelos, pues me invitaron a dar una conferencia. Ésta fue un verdadero éxito, pero para mí fue un martirio no poder dormir, pues la silla que había en el cuarto era muy incómoda…

Ya era imposible no hacer algo… buscar la manera de mejorar esa situación que se convertía en algo insoportable…

Decidí hacer algo. No, no era dejar el cigarro, pero sí bajar el consumo en forma considerable y, quizás con el tiempo, optara por dejarlo. Le pedí a Tere (mi esposa) que por favor sacara el cenicero de la recámara, porque ya no iba fumar ahí… Sí, sí lo cumplí, pues a partir de ese día (quizás en enero o febrero) ya no fumé al acostarme ni al despertar; con esta acción deje de fumar cuatro cigarros al día. Vi que pude hacerlo y decidí ya no fumar al ir al baño… Es algo realmente grave, para el fumador, no poder hacerlo al ir a defecar, pues sin fumar y sin leer… “no sabe el acto…”

Cumplí con lo que me propuse, no volví a fumar en ese sitio. Muy bien… “ahora ya no voy a fumar cuando vaya caminando en la calle”. En este caso sí hice trampa en innumerables ocasiones, pues sí fue cierto que ya no fumaba caminando, pero le decía a Tere que nos sentáramos aunque fuera en unos escalones y… ¡claro que sí…! Me fumaba un cigarro estando sentado…

     Parece un juego, pero no lo era realmente, el resultado de esto es que bajé el consumo de cigarros al 50%, ya nada más fumaba una cajetilla. Cuando lo mencionaba a mis familiares o amigos, me decían: ¿Te fumas una cajetilla diaria…! Y yo aclaraba: Sí, ya nada más me fumo una cajetilla. Me costó mucho trabajo, pero estaba lográndolo… sí estaba bajando significativamente el consumo de cigarros; sin embargo, de eso a dejarlo totalmente, estaba muy lejos… Yo no veía para cuándo sería tal acontecimiento y, sinceramente dudo que hubiera dejado el cigarro de ese modo… 

Mis problemas para respirar iban aumentando. Bañarme era un tormento, pues tenía que pasar el jabón por mi cuerpo, pero sin frotar porque me quedaba sin resuello; y para secarme tenía que poner la toalla encima… nada más; nada de frotar para secar, nada de “masaje” para secar la espalda. Varias ocasiones tuve que salirme del baño para ponerme alcohol en la cara y el cuello, pues era la forma en que podía respirar. Tere tenía que llevar en su bolso una botella de alcohol… por lo que se ofreciera (compraba dos litros de alcohol cada vez).

Uno es mañoso, pues para que Tere “no se diera cuenta” de mi problema inventaba comezón y que sólo con el alcohol se me quitaba. Varias veces pensé que podría morir por un paro respiratorio, pues boqueaba tratando de hacer que entrara aire a mis pulmones. Una ocasión mi hijo Fernando me prestó su Caribe y me fui con Tere, Laura y los niños a casa de mi hermano, pero a medio camino cayó un aguacero extremadamente copioso… nos topamos con las calles que parecían ríos y lo peor: se paró el motor del carro. Nos quedamos en medio de la Avenida Universidad con el consecuente peligro de que no nos vieran y fuéramos golpeados por otro vehículo. Mi hija Laura le habló por teléfono a mi hijo Beto para que fuera por nosotros, pues aunque ya había vuelto a arrancar el motor, preferí darme la vuelta e intentar el regreso (ya no llovía), pero estaba a punto de un colapso… no sé qué, pero sí sabía que algo grave podría sucederme.

Cierto jarabe para la tos se convirtió en mi medicina favorita, a veces tomaba un frasco en un día, porque al tomarlo, yo sentía un gran alivio y respiraba con menos dificultad.

De la casa a la parada del camión no hay más de cien metros y el declive debe ser de unos tres metros, es decir: no se nota gran cosa la pendiente de la calle… para alguien que esté sano o, por lo menos, menos amolado que yo porque para mí era un martirio caminar. Caminaba unos metros y me detenía a “tomar aire”… llegué a detenerme cuatro veces en ese tramo. Ya salía con cinco o diez minutos de anticipación para no llegar tarde a mis compromisos…

Puedo decir con mucha satisfacción, que a pesar de tantos problemas nunca dejé de presentarme para cumplir con mis obligaciones (mi trabajo en El Imparcial, las conferencias de ahí mismo, reuniones de trabajo con personas interesadas en las conferencias, etc.).

No sé, pero creo que uno se habitúa a la “mala vida”, pues ahora que estoy escribiendo esto me doy cuenta de lo mal que estaba, pero en esos momentos “como que me hacía disimulado” y soslayaba la realidad, la terrible realidad…

En abril de 2005 enfermé con erisipela (infección cutánea; inflamación y enrojecimiento de la piel) y debido a mi “gran apego” a ver un médico, hizo que yo prefiriera tratar de curarme con yerbas y otras chácharas. Por supuesto que no mejoré… todo lo contrario, pues empecé a tener unas llagas en las piernas y supuraban un líquido amarillento.

Me decidí y fui a ver una médica en una farmacia de similares. La médica, muy atenta se dignó ver mis piernas por encima del escritorio y me dijo: “no hay problema va usted a tomar estas pastillas que le receto y pronto sanará…” Aunque no recuerdo bien, yo creo que me dio algo contra la inflamación que, por supuesto, de nada sirvió. Fui a ver a una médica vecina mía y empezó diciéndome esto: “si de mí dependiera yo lo internaba inmediatamente…” Claro que me defendí diciendo que yo no tenía los recursos financieros necesarios para poder ser atendido en un hospital; esto era real, pero no era lo principal; lo que yo menos deseaba era ser internado. Pasaron unos dos meses y mi pierna derecha ya tenía cerradas las llagas, pero la izquierda aún estaba muy mal. Cierta tarde recibí una llamada telefónica, era de un excelente amigo mío: el médico Jorge Enrique —ex alumno mío—; me pidió un favor: Deseaba que le ayudara a corregir un documento que quería hacer público. Fui a verlo a su consultorio y vimos su documento; lo corregí y le platiqué de mi problema con la pierna izquierda. Riéndose me pidió que le mostrara mi pierna. La seriedad de su rostro, al ver mis llagas, me hizo darme cuenta de que lo mío no era sencillo. Él también dijo lo que la médica: “esto es para ser atendido en un hospital… está usted muy mal, profesor. Tiene que ser internado y si es usted diabético tendrá que ser amputada su pierna.

La hinchazón ya era muy exagerada. En la mañana cuando tenía que ponerme los zapatos, lo hacía en unos diez o quince minutos… ¿por qué? Porque estaban tan hinchados mis pies que era imposible que entraran en el zapato. Para lograrlo, debía ir metiéndolos poco a poco para que por la fuerza, la hinchazón del pie se retrajera. Rompí dos pares de zapatos en menos de dos meses.

Mi médico amigo, Jorge, me hizo el favor de darme unos medicamentos para tratar de curar mis males, pero no apartaba el dedo del renglón en cuanto a que yo fuera internado para un tratamiento adecuado.

Más o menos el 20 de julio, ya tenía yo el Seguro Social y podía ser internado, pero yo no quería hablar de eso…

En el Periódico varios compañeros me decían que cómo era posible que fuera así a trabajar. Varios de mis queridos alumnos se preocuparon por mí y todos los días preguntaban cómo seguía. Para dar una conferencia era un triunfo, pero no dejé de ir a alguna… siempre cumplí.

Fui sometido a una limpieza quirúrgica por mi buen amigo Jorge, pero como se hizo con anestesia general, esto provocó que mi presión arterial se fuera hasta 200 x 130. Mis hijas mayores fueron avisadas y rápidamente estuvieron a mi lado, pensando que… bueno, no sé qué pensaron…

Una de ellas me hizo el favor de llevarme al Seguro Social… sólo para arreglar mis papeles… por si se necesitaba algo…

Hasta la doctora Rosita (mi médica familiar) “se confabuló” con mi hija para que yo aceptara ir a Urgencias (¡yo no necesitaba eso!), pues al mostrar mi rechazo, mi hija le dijo:

—Doctora, ¿cree usted que mi papá necesite ser internado para su curación…?

—NO, para nada —fue la respuesta—, seguramente le darán tratamiento ambulatorio. ¡Para qué van a internarlo…!    

  Acepté y fuimos a Urgencias. Me vio un médico y dijo:

—Es evidente que usted necesita, con urgencia, un tratamiento por el médico internista. Se acercó una enfermera y dándome una bata me dijo: “Por favor vaya al baño —señaló dónde estaba— y quítese la ropa, además necesitamos orina en este recipiente…

Regresé ya con la bata puesta y la enfermera me dijo que me acostara —señaló una cama—. Iba yo a hacerlo, pero le supliqué que me hiciera el favor de levantar el tambor de la cama, pues yo no podía estar en plano horizontal. Lo hizo y quedé sentado. Total al rato yo estaba en mi cama en el piso correspondiente a varones. Debo decir que nunca había estado internado en un hospital, salvo para la limpieza quirúrgica que mencioné. Yo creo que sí sentí mucho miedo…

Tere me acompañó y me ayudó a pasar la noche, casi en vela. Yo me sentía mal por todo: mi situación física, no estar con mi familia, el abandono de mi trabajo y, aunque usted no lo crea, ni siquiera pensé en el cigarro. Yo creo que al estar internado y sabiendo perfectamente que ahí era imposible fumar, me inhibía las ganas de fumar… 

Ya desde la entrada a Urgencias me habían puesto un catéter (no sé si es correcto el nombre, pero es una aguja en la vena para poder pasar los medicamentos necesarios); sinceramente no me dolió en ningún momento de mi estancia en el Seguro Social. La atención recibida tanto por el médico internista como el de las enfermeras de todos los turnos, fueron excelentes. Yo, de la Institución, no tengo la menor queja… excepto, quizás, de la comida, pues me la pasé casi sin comer, no porque no me dieran sino porque era sin sal y sin aditivos…

Regreso al día 30 de julio, día en que fui internado en el Seguro Social. Ya dije que esa noche la pasé en vela. Pues no pude dormir porque ya no era solamente por lo “normal”, sino que había que agregar las razones “nuevas”, es decir: estar internado, escuchar las quejas de uno de mis compañeros de cuarto; el otro, se la pasaba tratando de sacar las flemas de sus pulmones… y… bueno, para qué le sigo… Simplemente era muy difícil tratar de dormir…

  Ir al baño resultó muy cansado. ¿Por qué? Por esto: el esfuerzo de bajar de la cama; quitar las bolsas de los medicamentos del tripié o trípode (¿cómo se llamará?); caminar hacia el baño; hacer lo necesario; accionar con el pie la palanca para el agua —esto era cansadísimo—; regresar a la cama; colgar las bolsas de los medicamentos; subirme a la cama…

El domingo en la noche estaba solo y tuve que bajarme de la cama para ir al baño. Ya le platiqué el ritual… Hice todo y al subirme a la cama me di cuenta de una cosa: NO ESTABA FATIGADO… sinceramente no lo creí y volví a hacer toda la rutina, pero con más energía. Cuando regresé a la cama me di cuenta de que NO ESTABA FATIGADO… Pensé: “No creo que mi Padre Dios me hubiera hecho el milagrito de permitirme respirar…” Me bajé de la cama y moví la palanca para bajar el tambor… Lo hice y me subí a la cama y poco a poco me fui acostando… pude hacerlo. Me acosté bocarriba y también pude quedarme así… ¿Sabe usted qué hice? No me apena decirlo… me solté llorando, dando gracias a Dios por poder acostarme…

Estando en el Seguro no se puede dormir toda la noche, pues las enfermeras deben tomar la presión arterial, la temperatura, etc. Si acaso se puede dormir una hora seguida, pero yo ya estaba durmiendo “como Dios manda”…

No sé en qué momento, pero sí tomé la decisión de dejar de fumar… ¡ya! Y cuando salí el Seguro, y hasta la fecha —octubre 30 de 2006— no he vuelto a fumar ni un cigarro… bueno, ni siquiera una probadita… (Nota aclaratoria: 31 de julio de 2009)

¿Y ha sido fácil no fumar? ¿Fácil? Yo creo que ha sido lo más difícil que he hecho en mi vida. Es casi imposible relatar lo que se siente. Por ejemplo: termino de almorzar, de comer o de cenar y es muy frecuente que lleve mi mano a la bolsa de la camisa donde solía llevar los cigarros, pues todavía los busco… Al salir del Periódico —no se puede fumar en la sala de redacción— lo primero que hacía era sacar mis cigarros y fumar uno mientras llegaba Tere —casi siempre va por mí—. Si íbamos al café, lógico me fumaba uno o dos cigarros… Ahora, seguimos yendo, pero yo no fumo y ¡duele… duele mucho!

Fui a ver a mi amigo Ramirito (es otro Ramiro) que dejó de fumar, de la noche a la mañana, siendo un fumador empedernido. Le expliqué que ya tenía unas semanas de haber dejado de fumar, pero que yo creía que necesitaba el auxilio de algo… quizás un medicamento, algún té, los mentados chicles o los parches… Yo quería que él me hiciera el favor de ayudarme… Su sonrisa fue muy explicativa… No mi querido amigo —me dijo—, sólo voluntad y nada más que voluntad; no hay ayuda posible…

Hablé con algunas personas más, pero fue el mismo resultado: nada. Opté por ir a ver a Sergio, un médico que fuma y, principalmente, es un magnífico amigo mío desde hace treinta años. Me escuchó como lo hace un médico y sí me comprendió, incluso me hizo el favor de recetarme unas pastillas para mitigar mi angustia… pero nada más… lo primordial seguía siendo mi voluntad por dejar de fumar…

¿Y todo lo que estoy pasando tiene algo positivo?

Bueno, lo mejor es que desde el día dos de agosto he podido dormir bocarriba o de lado, es igual; ya me es posible caminar a un paso mucho más rápido —Tere dice que no sólo me curaron de mis piernas, sino que me pusieron unas ruedas—; Tanto el olfato como gusto se activaron y gozo con los olores y sabores que no percibía. Dicen que quienes dejan de fumar engordan… ¡claro que sí!, pues al oler y gustar como es debido se abre el apetito en una forma increíble… se goza comiendo. Otro factor benéfico es el ahorro de dinero, que nunca me interesó, pero al dejar de gastar 1,200.00 pesos al mes sí se nota en el bolsillo… Cuando salgo de la casa para tomar el camión, lo hago en una sola marcha, ya no me detengo, excepto para saludar a algún vecino. Podemos ir y regresar a Gigante caminando (unas 8 calles)… aun con las bolsas de lo comprado. Por supuesto que me fatigo, me canso, pero es lo normal en un adulto de sesenta y cinco años… Todavía no me atrevo a bailar, pero quizás un día de estos lo haga…

Ya di la fecha, 30 de octubre, es decir: ya son tres meses de abstinencia total de nicotina y demás “chácharas”. Espero que Dios me dé la fuerza necesaria para poder dejar definitivamente el cigarro. Sinceramente se me antoja cuando veo fumar a quien lo esté haciendo y estemos conversando… También cuando veo que mis hijos fuman… No crea usted que esto lo escribo para que alguien trate de imitarme… No, es lo que menos pretendo, pues sé que si alguien que fuma, como yo lo hacía, empezará a leer y después del segundo o tercer párrafo lo tirará a la basura y dirá que estoy loco… que son mentiras las que escribo… Yo pensaba así…

Cuando, por ejemplo, en Selecciones del Reader’s Digest salía un artículo acerca de las consecuencias, de las graves consecuencias por fumar… yo me brincaba esas páginas y nunca quise leerlas… ¿por qué? Porque sabía que eran ciertas, que yo acabaría mal… pero defendía mi vicio…

Fue alentador lo que me pasó en el Seguro, porque los resultados de mis análisis (sangre y orina), radiografía (pulmonar), electrocardiograma (es obvio: corazón) y el ultrasonido (de los riñones) no fueron tan malos como era de esperarse. Por supuesto no estoy bien, sigo con problemas graves de hipertensión arterial, debo tomar tres medicamentos diariamente y aún así sigue muy alta (160 x 90 ó 100). Incluso pensé que el estrés provocado por la abstinencia del tabaco podría contribuir al aumento de mi presión… no sé…

 Estoy consciente de que mi salud no está de lo mejor y que no me he librado de males mayores, pues el medio millón de cigarros que fumé no creo que pase inadvertido para mi organismo.

¿Por qué quise escribir esto?

Bueno… primero, porque escribir es mi oficio; segundo, porque, quizás, esta experiencia pudiera servir a los familiares de un fumador, para entender qué es lo que sucede con alguien que fuma; tercera (la principal), a lo largo de mi vida me he dedicado a difundir el resultado de mis investigaciones y creo haber logrado algo con ello: hacer que muchas personas entiendan, encaren equis o zeta situación; pues bien, si alguien dejara de fumar por esta experiencia sería magnífico, pero mi principal objetivo son Irma Patricia, Fernando y Beto, mis adorados tres hijos fumadores, a quienes ruego que abandonen el tabaquismo, son jóvenes y podrán disfrutar de una mejor forma de vivir… Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MI RELACIÓN CON EL CIGARRO

Anexo número 1 (Enero 30 de 2006)

Hoy se cumplen seis meses de no probar ni un cigarro. Hoy se cumple medio año de, por lo menos así lo deseo, haber dejado el cigarro… ¿Qué me ha sucedido en estos seis meses? ¿He podido entender, al fin, que fumar es no solamente causarse un daño físico, sino también monetario? ¿La he pasado bien? ¿Me ha costado trabajo estar entre fumadores y yo ser, ya, un fumador pasivo? ¿A cuántas personas les he platicado mi “hazaña” para que me imiten? ¿Ya puedo presumir de haber dejado de fumar definitivamente? Todas estas interrogantes y muchas más que no están anotadas o ni siquiera pensadas han sido pensadas por mí y hablaré de ello:

¿He podido entender, al fin, que fumar es no solamente causarse un daño físico, sino también monetario?

En serio que esta pregunta me la han hecho muchas personas… Se alegran de que ya no gaste más dinero en un vicio tan malo como es el cigarro. “¡Qué bueno que ya no gastes en tabaco que es veneno puro…!

En serio que me da risa la cantidad de cosas que he escuchado en relación con el cigarro. Como lo narro al principio de este folleto, dejé de fumar por sentirme “dado al cuas”, pero no por otra razón. Siempre pensé que yo dejaría de fumar por cualquier razón, menos por el dinero. “Aguanté de 45 centavos la cajetilla hasta 21,000 pesos (si hablamos del mismo valor de nuestro peso). Fíjese nada más el incremento en cincuenta años… Nada más de pensarlo dan “ñáñaras” (¿sabe usted que es una ñáñara? El diccionario la define así: prurito (comezón) en la región anal.) y el gasto debe haber sido colosal… Sí, es verdad, debe haber sido una cantidad muy grande, pero…

En septiembre del año pasado Tere y yo cumplimos 43 años de casados. No tengo la menor idea de cuánto dinero he ganado en ese lapso, pero puedo asegurar –y quienes me conocen lo saben- que cada peso ganado ha sido para la casa… de la cual yo también formo parte. Lo que quiero decir es que lo que se haya gastado en el asqueroso vicio del cigarro -¡sin tonterías, por favor!- fue porque me daba placer, me causaba gusto poder fumar. Sinceramente es muy difícil entender lo maravilloso que es fumar un cigarro después de comer… al ir a defecar… al salir de una función de cine o de teatro… al estar platicando con amigos… ¿Por qué se empeñan los detractores del cigarro a hacerlo parecer como lo más perjudicial que hay en este mundo… Sí, sí es perjudicial, pero… si vamos a dejar lo que es nocivo para la salud… es seguro que moriremos de caquexia, de astenia…(bueno, de hambre)…

Si usted come productos fritos (no quiero escribir Sabritas)… malo, porque es comida chatarra. Por supuesto que es chatarra sólo en el caso de que se la dé usted a los niños en lugar de lo reglamentario… pero las papas, papas son así o en cualquiera otra presentación…

¡NO LES DÉ USTED A LOS NIÑOS PASTELILLOS CHATARRA! La misma historia: ni modo de aceptar que la harina usada por esa compañía sea de plástico y no de trigo…

No crea usted, por favor, que me pagaron para escribir esto, pues parece que estoy defendiendo a las Sabritas y a los Gansitos. No es eso, sino que lo que deseo es que usted vea cómo hay elementos en la sociedad que nada les gusta, están contra todo…

¿Sabía usted que si se tomara 45 tazas de café sin parar, le causaría un infarto al miocardio (es más fácil decir corazón)?

¿Sabía usted que si se tomara el contenido de su salero (lleno) podría causarle la muerte por deshidratación?

¿Sabía usted que comer carne es perjudicial para la salud? (yo creo que ya no somos omnívoros. Ya me imagino a mi pariente cavernícola diciéndole a su vieja: “no vieja, voy a traer huevos, pues la carne es nociva para la salud; puede causarte tantos problemas que hasta la muerte te acarrea…”)

¿Sabía usted que no debe comer mariscos en los meses cuyo nombre no tenga erre (mayo, junio, julio y agosto), pues se expone a morir intoxicado?

¿Sabía usted que puede ser un acto suicida si usted se toma 100 vasos de agua (es decir 25 litros) al hilo? “Inunda” usted sus células y… ¡pácatelas!  

Es muy fácil escuchar: “No vayas a comprar la carne en X tienda departamental porque la tuvieron congelada… y puede intoxicarte”

Escuché: “No, yo solamente como huevos de rancho, porque los que venden en las tiendas provienen de animales que son alimentados con productos chatarra…”

No vayas a comprar verduras y vegetales en cualquier lado, suelo escuchar, pues lo más seguro es que te vendan productos que fueron regados con agua contaminada…

Otro consejo: “No consumas nada que provenga de una lata… ésta suelta un óxido que será pésimo para tu salud” (El problema no está en la lata, sino en el contenido, pues es tratado con conservadores dañinos a nuestra excelente salud).

No comas pan porque engordarás…

No comas tortillas porque te inflarás…

No comas sopa de pasta porque enfermarás…

No comas… No comas… No comas… No comas… No comas… No comas… No comas… No comas… No comas… No comas…

No tomes refrescos embotellados, pues están preparados con químicos que son nocivos para nuestra salud…

No tomes bebidas preparadas (jugos) porque los conservadores son muy dañinos…

Bueno hasta esto he escuchado:

No use usted papel higiénico de color porque se le secará es perjudicial para su salud…

No compre usted medicamentos “piratas”, compre usted los originales (ya me imagino que, por ejemplo, el ácido acetilsalicílico seas distinto en los productos similares o genéricos)…

No compre usted discos “piratas” porque no se ven ni se oyen bien… (yo creo que es preferible pagar 180 pesos por un disco original que pagar diez pesos por uno “pirata”)

Ya no le sigo, pues resulta tan monótono que, claro, es aburrido…

Por lo que digo, parece que estoy en desacuerdo con aceptar que el cigarro es dañino para la salud, tanto de quien fuma (activo) como de quien es fumador forzado (pasivo)… No, no hay tal…

Yo dejé de fumar porque me di cuenta de lo mal que estaba, pues ya no podía ni acostarme para dormir; tenía que dormir sentado. El ejercicio y los movimientos cotidianos eran obstáculos muy difíciles de superar e incluso algunos (como cargar) ya eran imposibles…

¿Qué es lo que uno nota cuándo ya no debe fumar…?

Se pierde condición física: Adiós al fútbol, a los paseos en bicicleta, a las caminatas donde haya cuestas (aunque sean de poca altura), Ya no puede uno jugar con los hijos –o con los nietos- en lo que sea necesario correr (la roña, los encantados, etc.), 

 

 

Hoy es 31 de julio de 2009, se cumplen cuatro años de abstinencia total (excepto al ser fumador pasivo). No me arrepiento de haberlo dejado y, sobre todo, por las grandes restricciones que han surgido para poder fumar en cualquier sitio. Nada más de pensarlo, me dan “ñáñaras”, pues los problemas hubieran ido en aumento en todos los sentidos. Aunque no he bailado sí creo poder hacerlo, pues aunque entiendo muy bien que un enfisema pulmonar no tiene “reversa”, si he podido comprobar que el organismo va adecuándose y se van facilitando los movimientos, las acciones. En mis conferencias he mejorado mucho, pues mi voz ha vuelto a ser potente y no necesito de algún sistema de amplificación… excepto en sitios grandes.

No me cabe la menor duda de que mi Padre Dios ha sido muy benévolo conmigo… ¡Bendito seas Padre santo…!

Anuncios

2 respuestas a Mi relación con el cigarro

  1. JC dice:

    Muy buen texto, me llevé tooodo el día en leerlo (a ratos y en cachos, combinado con el trabajo). Bien vale la pena regarlo en la red entre familiares y amigos. Saludos al ‘bloguero’ en jefe.

  2. bregador dice:

    Gracias, Pepe, por tu saludo, pero sobre todo por tu interés y propósito de divulgación del testimonio de Don Salimoy. Inviten a sus contactos a visitar signhos porque encontrarán además otros contenidos de utilidad. En breve abriremos el apartado “Proyecto GNH”, donde jóvenes, padres y maestros hallarán temas de provecho. Ojalá los profesores (de secundaria y prepa) dejen como tarea analizar el texto del cigarrillo; estoy convencido que lo mejor contra las adicciones es no comenzar. Algo al respecto abordo -desde ya- en mi blog personal: http://www.bregador.wordpress.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: