Tiempos trastocados, rumbo indigno

  • El Universal partió la semana en dos saqueos: Procampo y Pémex, dos de los mayores signos de descomposición en el país. Aunque hay otros, muchos, estos rubros calan hondo porque darían el sustento a distintas generaciones. Riquezas que se extinguen en manos tanto o más criminales que las del narco; gavillas que acaban con el país.

  • Cuando todavía no terminan por acatar lo que, se supone, estaba decidido para construir una nueva refinería (“la obra del sexenio”), aflora una porquería cuya putrefacción no generará más oro negro; únicamente lo explota de diversas maneras, empezando por la política.
  • Pareciera un simple desvío de atención, un decir hay robos peores que el del campo, acaso el dedo en el renglón para que imploremos la salvadora privatización, ya definitiva, no por tramos como se está dando. Pero se advierte también un espejo para que nos reflejemos como una sociedad corrupta, donde nadie arroja la primera piedra.
  • Y no hay signos de salvación, aunque una víctima de secuestradores, Nelson Vargas, termine por reconocer los esfuerzos del gobierno y pida creamos en las policías. Los muertos aumentan, incluyendo aquellos que intentaban cruzar la frontera. Y la pobreza y el hambre, ni se diga.
  • Las fábricas de salvadores, léase partidos, no partidos: pulverizados (y secuestrados), salvo aquel que vuelve ufano por sus fueros. Olvidamos por qué ya no lo queríamos; o porque los jóvenes no lo conocen y lo compran. O de plano, signo inequívoco de mediocridad y decadencia: hay que elegir entre lo menos peor. Igual que en todo lo demás.
  • Somos conducidos, de manera inexorable, hacia formas cada vez menos dignas del ser humano. Otrora sospechamos la centroamericanización, otros pensaban en la puertorriqueñización. Nos quedamos cortos; el fenómeno, ya avanzado, entraña formas inéditas de explotación y sometimiento. Con tintes globales, para consuelo de los gobernantes.
  • Y en vez de una justa oportunidad para acceder de manera legítima a la riqueza de la nación, que la hay pero concentrada en manos de gavillas pestilentes, sólo recibiremos una credencial. Otra, y otro signo de los tiempos trastocados: tendríamos que ser los ciudadanos quienes estuviéramos informados y quienes ejerciéramos el control.
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