Juan Rejano, poeta entre dos cielos

Antes de que concluya julio, recordaremos al maestro Juan Rejano, a 33 años de su muerte. Sus aportes a México como poeta y periodista, como editor y promotor cultural, son invaluables. He aquí un breve compendio de quien recibió de él, en 1974, la oportunidad de incorporar el tema de la comunicación y los medios a los suplementos culturales.

 Por Joaquín Gutiérrez Niño

   Cuando lo sorprendió la muerte, hace 33 años, el poeta andaluz Juan Rejano se preparaba para regresar a España tras su prolongado exilio de casi cuatro décadas.

   Había dejado ya en manos de Alberto Dallal su magna obra a favor de nuestro país: Revista Mexicana de Cultura, del desaparecido diario El Nacional, suplemento reconocido -todavía entonces y desde hacía mucho, incluso allende las fronteras- como el mejor de Latinoamérica.

   Un sábado, al concluir una de sus últimas jornadas al frente de la publicación, el maestro, como todo mundo le llamaba con verdadero aprecio, aceptó acompañarnos -a Juan Cervera, Oscar Wong y a mí- a tomar un café en el legendario La Habana, aunque lo habitual era beber un par de tragos -con toda la palomilla- en El Palacio.

   De regreso, caminábamos hacia la entrada de la estación Hidalgo, del metro, cuando de pronto Rejano se detuvo y miró extasiado aquel cielo inusualmente limpio, que le recordaba su pueblo y el de esta capital que él conoció en 1939, y suspiró: “¡Ahora va a comenzar la nostalgia por México!”.

   Poco antes había escrito a su nieto Juan Carlos Millán: “Todo llega en esta vida y a mí ¡por fin! creo que me llegó la hora del retorno”. Pero la reserva resultó justificada. Por esas malas jugadas que a veces le depara a uno el acaso, el autor de Alas de tierra, añorante perpétuo de su patria, ya no pudo volar a ella sino a otra dimensión.

   El 4 de julio de 1976, domingo de elecciones por cierto, en que se eligió a un presidente sin oposición, la nota más triste fue el deceso de don Juan Rejano: poeta enorme, infatigable promotor de cultura y hombre de sólido compromiso social y humano.

 

Formación, militancia y exilio

 

   Juan Rejano Porra nació el 20 de octubre de 1903 en Puente Genil, provincia de Córdoba. Ahí, en Andalucía, realizó sus primeros estudios y se aficionó a la música, destacando al ejecutar el violín. Más tarde, en Madrid, se hizo bachiller.

   Sus primeros textos se localizan en algunas publicaciones locales como Ideales, Bética y Revista Popular.

   “Tras la guerra de Marruecos, en 1927, Rejano se establece en Málaga, ciudad a la que ya llega como convencido militante comunista en lo político y como un seguidor del modernismo en lo artístico”, recién recordó el diario El País a propósito de la aparición de sus obras completas, editadas por las diputaciones de Córdoba y Málaga.

   “Málaga es la ciudad del Rejano joven, del despertar de sus inquietudes literarias, del inicio de su formación intelectual y de su compromiso político”, evocaría antes Manuel Gómez Hidalgo, comisario de le exposición “Memoria de un exilio” que a finales de 2001 recorrió los lugares en que vivió el poeta.

   Y detalló: “Málaga es la ciudad en que conoce a su mujer, Carmen Marchal, en que nacen sus hijas; la ciudad en que comienza a familiarizarse con las tareas tipográficas en aquella Imprenta Sur, con apariencia de navío, que capitaneaban sus amigos Prados y Altolaguirre”.

   En efecto. Su estrecha amistad con Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y José María Hinojosa dio cauce a la vocación literaria que desarrollaría posteriormente en México y que apenas comienza a conocerse en su patria.

   En Málaga, además, presidió la sección literaria de la Sociedad Económica Amigos del País, trabajó como bibliotecario y ejerció como secretario de prensa del Gobierno Civil.

   Enseguida, según consigna Francisco Arias Solís: “Vuelve a Madrid y publica sus trabajos literarios en revistas como El Estudiante, Postguerra, La Gaceta Literaria y Nueva España“.

   A su vez, Sergio Mellado aporta: “Durante la Guerra Civil, Rejano se reparte entre Málaga, donde es nombrado subdirector de El Popular, y Valencia, donde colabora en tareas de propaganda del bando republicano”.

   “Su comprometida militancia con la República -concluye- le lleva tras la contienda a los campos de concentración franceses y de ahí a México, a donde llegó en 1939 a bordo del Sinaia”.

 

Arribo y primeras aportaciones

 

   Rejano trajo consigo una vasta experiencia en edición de revistas, sobre todo literarias, que prodigó muy pronto en nuestro país y que hoy lo sitúan como uno de los principales precursores del periodismo cultural.

   De hecho, desde alta mar comenzó su infatigable labor. La Exposición “Memoria de un exilio” mostró cinco ejemplares de un singular periódico: el Sinaia, nombre tomado precisamente del navío que trasladó a los refugiados españoles desde los campos de concentración de la costa francesa.

   “Rejano dirigió durante los dieciocho días que duró la travesía -y como anticipo de su importante labor editorial en México- un diario mecanografiado y multiplicado a ciclostil con la tripe intención de levantar el ánimo, informar sobre las actividades que se organizarían a bordo, y empezar a conocer el país de destino”, reveló el comisario.

   Y pondera: “Se trata de un testimonio de incalculable valor documental y sentimental, porque nos da cuenta de las circunstancias en que se produjo ese viaje, de bastantes de sus protagonistas, y porque nos muestra la rabia y la melancolía, la ilusión y la esperanza, sentimientos que se entremezclan y que se desprenden de esas páginas”.

   Ya entre nosotros, el maestro desarrolló diversas tareas en varios proyectos que sin embargo mantuvieron un común denominador: el quehacer denodado a favor del pensamiento y la cultura en América.

    Así, formó parte de la revista Taller y fue jefe de redacción en Ars. Asimismo, asumió la dirección de Romance (1940), Litoral (1944) y Ultramar (1947). De 1947 al 57 y de 1969 al 75 estuvo al frente de Revista Mexicana de Cultura.

   En Romance reunió voces que se elevaron a enormes magnitudes: Xavier Villaurrutia, Alfonso Reyes, José Alvarado, Salvador Novo, Octavio Paz, Carlos Pellicer, Agustín Yáñez y Enrique Díez-Canedo, por ejemplo.

   A su vez, Litoral resurgió aquí en recuerdo de la malagueña (“que tanta influencia ejerció en las corrientes poéticas de los años 20 al 30”, según Arias Solís), que hizo con Prados y Altolaguirre, y en la que reunió a sus amigos José Moreno Villa y Francisco Ginner de los Ríos.

 

Alivio para el alma en lejanía

 

   Su corazón y su canto fueron siempre para España pero en esta su segunda patria (se nacionalizó desde 1941) se dieron los frutos de su labor; aquí libró sus principales faenas por la cultura y germinó en poesía el dolor de su lucha desde la izquierda.

   En 1943, a los 40 años, publicó Memoria en llamas, su primer libro. “Esto es Juan Rejano lleno de melancolía y de rumores -presentó Pablo Neruda-, y éste es su primer árbol en que cada estrella, cada hoja y cada nido guardan los brillos rectilíneos de la conciencia, y los destellos insurgentes de la sangre, y la luz machacada de esta hora de las vidas”.

   El chileno vaticinó: “Cuando se rehagan las medallas destruídas por la noche pestilente de estos tiempos (…) recogeremos entre cieno y ceniza las lágrimas de esta poesía”. Y sentenció: “Esta poesía no comienza: había un expectante sitio en nuestro idioma para su diamantina estructura”.

   Al año siguiente, el propio Rejano explicaba: “Nacieron estas canciones, que agrupo con el título de El Genil y los olivos, por una necesidad de aliviar el alma de tanto y tanto recuerdo como la embriaga, en esta lejanía amarga de España”.

   Vendrían después otros títulos: Víspera heróica, El oscuro límite, Noche adentro, Oda española, Constelación menor, Cantar del vencido, La respuesta, Canciones a la paz, El río y la paloma, El libro de los homenajes, El jazmín y la llama y otros que se funden o engloban en Alas de tierra, publicado por la UNAM meses antes de su muerte.

   Y poco después, a manera de homenaje póstumo, distintas entidades de Monterrey publicaron una selección de estos poemas bajo el título Antología de Juan Rejano. En la presentación, Alfredo Gracia Vicente dibuja:

   “Espectador activo del drama de su tiempo, no hubo acto que escapara a sus despiertos sentidos y de cada hora nublada o radiante, nos dejó clara constancia con sus versos (…). Hombre humilde como pocos, retribuyó con su hermosa palabra a la mano tendida, a los brazos abiertos o al gesto amigo; sus versos gratificadores delineaban un retrato, rendían un homenaje”.

   El mismo volumen lleva como epílogo el poema que Juan Cervera leyó durante el sepelio del maestro; reseña un diálogo entre León Felipe y Juan Rejano en el que éste, una vez más, denota profunda ternura por su pueblo, al punto que consigue trasladarlos: “hacia el Sur, hacia un Sur / ya sin sombras de yugos ni tricornios”.

 

Poesía eterna, labor creciente

 

   De tardía realización poética, tarde comenzó también a conocerse y reconocerse su obra, nutrida con su quehacer social (militancia y periodismo) y el exilio que -no obstante doloroso- terminó por darle dos tierras, aguas y cielos.

   Poco a poco se ha ido cumpliendo la profecía de Neruda: se rehacen “las medallas destruídas por la noche pestilente” y “entre cieno y ceniza” se recogen “las lágrimas de esta poesía”.

   Apenas -a propósito de su centenario, cumplido en 2003- las diputaciones de Córdoba y Málaga, donde nació y pasó su juventud, respectivamente, decidieron editar sus obras completas. Sin duda, un desagravio inaplazable.

   Pero si la obra poética de Rejano no ha sido aún aquilatada por completo, su magnífica labor mexicana como promotor de arte y cultura e impulsor de valores enfrenta curiosa paradoja: mientras esa labor sigue vigente y crece en quienes al cobijo del maestro se forjaron, su registro formal se pierde.

   Hasta ahora, por ejemplo, nadie se ha propuesto rescatar el acervo de Revista Mexicana de Cultura o hacer al menos un registro del aporte, con su correspondiente estudio; ni siquiera una antología con los valores que desde todo el país afloraron en los concursos de El Nacional.

   Allí, en sus dos épocas principales (de 1947 a 57 y de 1969 a 75), realmente esplendorosas, el poeta de Puente Genil cumplió una tarea digna del mayor de los encomios.

   Además de divulgar el quehacer cultural de la época, Rejano contribuyó a desarrollar críticos para muy diversas disciplinas, incluyendo los antecedentes en la especialidad de medios, y albergó a nuevos creadores que buscaban la primera oportunidad para publicar.

 

Gesto adusto, mano solidaria

 

   Del armado semanal de aquel suplemento, en la recta final de su segunda época, y de las interesantes tertulias a las que daba lugar el día de cobro, viene a la memoria un Rejano adusto pero siempre gentil y generoso, rodeado por los nuevos hacedores de cultura.

   Ahí, en su pequeña oficina de las calles de Ignacio Mariscal, los ya mencionados Dallal, Cervera y Wong, así como el ilustrador Ramón Puyol, hijo de la compañera mexicana de Rejano, quien marcharía a España a desarrollarse profesionalmente.

   Ahí también: Alfredo Cardona Peña, José Muñoz Cota, Otto Raúl González, René Avilés Fabila, Jorge Arturo Ojeda, Gonzalo Martré, Raúl Cáceres Carenzo, Xorge del Campo, Jesús Luis Benítez, Manuel Blanco, Macario Matus, Rodolfo Mier Tonché, José Luis Colín, Orlando Guillén, José Tlatelpas, Horacio Espinoza Altamirano, Carmen de la Fuente, Aurora Reyes y Fernando Allier.

   Por el filtro de su fina sensibilidad, por aquél tiempo (último trimestre del 74 y primero del 75), pasaron ocasionalmente los infrarrealistas chilenos Roberto Bolaño y Bruno Montané, plumas de altos vuelos que hoy brillan en Europa, y mi coterráneo Joaquín Vázquez Aguilar, cuya poesía a todos pareció prometedora.

   Rejano tenía que ser gentil y generoso, para abrir espontáneamente las páginas de su publicación no sólo a nuevas voces del ámbito cultural sino, como fue mi caso, a quienes simplemente osábamos asomarnos al terreno de la comunicación y creíamos oportuno introducir el tema en espacios consagrados a la cultura y el análisis.

   Y tenía que serlo -en grado superlativo- para aceptar concederme una entrevista con un triple motivo: la aparición de Alas de tierra, su separación definitiva del suplemento y su inminente retorno a la península. A mí, que literalmente era el último de la fila; y él, tan reacio a la publicidad personal.

   Lamentablemente, la vida -o mejor dicho: la muerte- ya no lo permitió… Quedó pendiente aquella charla, como su nostalgia por México y como ahora está pendiente un reconocimiento pleno a su labor por nuestro país. Este México nuestro, donde Rejano se dijo “parte de las vastas mareas, caracola o volcán”.

   Impidamos que su voz vaya “al regazo de la tierra” y en cambio, como él lo quisiera para García Lorca, propiciemos que permanezca sobre ella “en comunión de amor con los seres y las piedras, con el aire y la luz, con todo lo que es gracia y misterio de la creación”.

 

 

Texto de 2006, actualizado en 2009.

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Una respuesta a Juan Rejano, poeta entre dos cielos

  1. Abraham Peralta y Vélez dice:

    El rescate de un poeta jornalero y activista cultural.Me gustan las semblanzas de poetas a través del día a día vivido junto a él y conpartir al lector al hombre que hay detrás del poeta;pues el hombre jornalero -de guerras,tarabajo,tragos,cafes,caminatas- también es el poeta.
    Saludos y me agradó el blog y la idea de publicar.

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