Del conservadurismo al compromiso social

De don Samuel Ruíz, a quien conoció hace 50 años, cuando lo nombraron obispo de Chiapas, Paco Gómez Maza dice: Lo ví como el hombre más conservador y reaccionario que había visto en mi vida”. Pero, a medida que la realidad indígena transformó al pastor, cambió también la impresión del periodista y aumentó su aprecio. De ello da testimonio en su artículo de hoy, reproducido en varias publicaciones del país. He aquí el texto íntegro.

 

 

Análisis a fondo

Medio siglo de un obispo de los pobres

 

Francisco Gómez Maza

 

  • Sus amigos celebramos el año jubilar de jTatic Samuel
  • Llegó a Chiapas en 1960 y se hizo pobre con los pobres

 

Ayer sábado a las 17 horas celebramos con un conciertazo, en el auditorio del Centro Universitario Cultura, un homenaje al doctor Samuel Ruiz García, quien el 25 de enero venidero cumplirá 50 años de haber sido consagrado obispo de Chiapas. Me han solicitado los organizadores de los festejos mi testimonio, y creo justo darlo a conocer a mis amigos que me honran con la lectura de este espacio cotidiano:

Conocí a Don Samuel cerca del 25 de enero de 1960, era mi primer año de seminario en lo que quedó de la Universidad Pontificia de Chiapas. Lo conocí y fui un gran afortunado porque participé como turiferario en la misa de su consagración episcopal  en la catedral de San Cristóbal.

Fue un fiestón, llegaron  a San Cristóbal delegaciones de todo Chiapas, y la catedral y sus alrededores, el parque central, las calles aledañas, estaban atiborradas de gente. Fue una ceremonia medieval, como las que entonces se acostumbraban celebrar en la iglesia preconciliar. Mucho humo salía del incensario que yo llevaba. Estuve muy cerca de él.

Esa fecha, el joven rector del seminario de León comenzó a ser el obispo de Chiapas, sucesor del obispo Torreblanca, de rancia tradición imperial, constantiniana casi, cuando la misa era celebrada por los sacerdotes de espaldas al pueblo, costumbre que abolió el Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Bueno, Juan XXIII.

Era un enero frío, muy frío, en Los Altos de Chiapas. Don Sam comenzó su trabajo pastoral, visitando el Seminario Conciliar de Chiapas. Para entonces ya era yo un rebelde, un jovencito que soñaba, que idealizaba a Marx, a Engels, a los revolucionarios cubanos, a los revolucionarios colombianos, y no era muy obediente a las reglas, severas reglas del seminario. Samy, como ya comenzábamos a decirle algunos nos visitó y lo ví como el hombre más conservador y reaccionario que había visto en mi vida. Seguirían las prácticas severas de la “educación” seminarística, con profesores duros, disciplinarios, desligados de la realidad y, eso sí, amigos, muy amigos de los ricos de San Cristóbal y de los finqueros.

El rector del colegio, que llegó a sentir mucho cariño por mí, era implacable. Y el obispo parecía que continuaría la tradición. No me gustaba. No me gustaba nada. Estaba escandalizado, o eso creí yo, del desparpajo de los estudiantes, de que en lugar de ir a la capilla a las prácticas piadosas nos fuéramos a fumar a la azotea de uno de los edificios de la escuela. De llegar a odiar toda práctica piadosa y sólo dedicarnos al estudio. A mi me fascinaba estudiar el latín y el griego, y me fascinaban las narraciones que de la Celestina hacía mi maestro de literatura, un sacerdote abierto, progresista para su tiempo, mezclado con el pueblo, mezclado con los indios. Pero era sólo una golondrina.

Samy quiso poner orden. Pero resultó que a quien pusimos en orden fue a él, jajajaja. Se fue entonces a las reuniones del Concilio en el Vaticano. Yo me dedicaba, ya desde esas épocas mozas, a mis escasos 15 o 16 años, al periodismo. Todos los sábados me desvelaba pegando mis artículos y recortes de revistas en un tablón inmenso, que al amanecer del domingo colgaba en uno de los muros del ala donde yo vivía y estudiaba Ciencias y Humanidades. Algunas veces, Samy llegó a acercarse a aquel rudimentario periódico mural. También teníamos una “estación de radio”, a la que le pusimos “XETVC”. Consistía sólo de un aparato de sonido y una bocina  por la que pasábamos la programación casera y poníamos música, para que todo el mundo la escuchara en los momentos de recreo, y mientras pasaban las horas de estudio y de clases manteníamos música culta a bajo volumen.

Una vez, a Don Samuel se le ocurrió pasar a revisar las pequeñísimas habitaciones que habitábamos y, oh sorpresa la que se llevó cuando entró en la mía. En el buró, había una cajetilla de cigarrillos Delicados. En mi pequeño armario, una botella de licor de café y otra de licor de moras, que yo mismo había preparado. En San Cristóbal, entonces, en el campo, en los alrededores, se daban las moras, y de casa me enviaban café en grano. Y salió realmente preocupado. Además, él veía cómo era el trato de los seminaristas con las muchachas. Y eso, creo que no le gustó nada. Claro, venía de una diócesis muy medieval, tradicional. León, Guanajuato, donde había sido académico del seminario. Pero yo no cejé en mis intentos de cambiar las cosas. Bueno, jovencito, qué podía cambiar. Eran sueños puros. Las prácticas cotidianas de la escuela me parecían, perdón por la palabra, pero es la única que significa aquella realidad, estúpidas. Yo venía de la capital, de una familia muy alegre, que por cada cumpleaños realizaba un fiestón con mucha cerveza, mucho hielo, mucha comida, varias marimbas: ya sabía bailar,  ya había tenido mi primera noviecita de adolescente.

Y esa edad ya soñaba con la selva, con un fusil, para cambiar el estado de cosas; tanto, que cuando oí hablar de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote colombiano que después de intentarlo todo: en la academia, en la iglesia, en los barrios colombianos, no pudo y creyó que la única salida era la violencia, y un día lanzó una proclama revolucionaria y se fue a las filas del Frente de Liberación Nacional, que aún le anda dando lata a la oligarquía de mi querida Colombia.

Pero Don Samuel regresó de Roma totalmente cambiado. Convertido de obispo conservador a profeta del aggiornamento. El estado de cosas en la diócesis de San Cristóbal comenzó a cambiar. A la mayoría de los sacerdotes no les gustó en lo absoluto el cambio de mentalidad de su obispo y poco a poco fueron emigrando a otras diócesis conservadoras. Samy comenzó a quedarse solo. Y entonces comenzó a apoyarse en cuanta gente entendía su postura, católicos y protestantes progresistas se unieron a su equipo pastoral. Sería injusto mencionarlos porque, como han pasado los años, podría olvidarme de muchos, unos que ya se fueron, otros que aún están en este mundo en esa lucha frontal dada diariamente para que el mundo sea, por lo menos, menos inhumano. Comenzó sus visitas pastorales a los pueblos y comunidades indias de Chiapas. Y los católicos sancristobalenses comenzaron a verlo con malos ojos. La catedral ya no se llenaba de “gente de bien”, sino de indios con sus banderas, con su ropa multicolor. Y yo tuve la fortuna de ser designado ayudante de él. “Familiar” se llamaba al seminarista que acompañaba al obispo en sus correrías pastorales. Íbamos a muchos pueblos a hablar con la gente, a darles servicios litúrgicos, pero Samy necesitaba un traductor.

Y no se quedó conforme, comenzó a aprender el tzotzil, y su maestro era un seminarista de San Pedro Chenal’ho, el inmemorial Jacinto Arias, que llegó a terminar la teología y luego se hizo antropólogo. Un pozo de sabiduría, cada año cargado de medallas de honor por sus altas calificaciones. Pues Samuel aprendió el tsotsil, y luego el tsel’tal, y luego el cho’l, y otras tantas lenguas mayenses que aún están vivas en mi terruño, en mi datcha, como me gusta decirle a Chiapas.

Pues íbamos en un viejo jeep, o a pie, o a caballo o en mula a visitar los pueblos y comunidades de Los Altos y de la Selva. Para ir a los parajes de la selva había que caminar en fila, con uno o dos macheteros adelante para ir abriendo brecha. Aún era la selva virgen, apasionante y seductora como una mujer, y no la selva de acahuales que es ahora. Samuel seguía, iba por esas veredas, por caminos intransitables en donde no tengo ni idea como podía entrar el jeep, o montado en una bestia, pero llegábamos a comunidades paupérrimas en donde sus habitantes no hablaban ni una jota de castilla. Así le decíamos al castellano. Más exactamente: “castía”, como le decían los indios. Del aquella imagen del cura conservador, reaccionario, no quedaba nada. Samuel, que iba a evangelizar a los indios, resultó ser el evangelizado, y de paso yo. Creo que yo me fui de largo, pero no era el obispo. El obispo tenía que guardar ciertas formas, pues la sociedad sancristobalense, la que en alguna época se autodenominó “los auténticos coletos”, le había retirado la palabra, ya no asistía a los actos litúrgicos a catedral y la diócesis iba despoblándose de sacerdotes conservadores. Pero los pueblos y comunidades indias, con su teogonía, con su cosmogonía, con su mezcla de su religión original y el catolicismo que le impusieron los conquistadores y colonizadores europeos, podría parecerles tonto a muchos todavía a estas alturas de esta brutal historia latinoamericana, fueron evangelizando al obispo. Ahora ya, para los indios, jTatik, que en varias lenguas mayenses es una palabra que sólo se les aplica a los mayores. Quiere decir señor, padre, pero no el señor que los expropia, que los excluye, que viola a sus mujeres, que tiene derecho de pernada, sino el señor amigo, hermano, su par, y no el padre castigador, amenazador, sino el padre amoroso, en quien puede confiarse.

Y Samy se dejó querer y aumentó su amor por los indios, que fueron la razón de su vida personal y episcopal. Viví con él momentos culminantes para mi vida no solo desde el ámbito eclesial. Entendí que la iglesia no es la estructura bizantina, imperial, poderosa, de Roma. Empecé a desechar aquel himno, que creo todavía cantan en el Vaticano, de “Roma, Sancta Roma”. Entendí, con él, que Roma era el imperio, que Roma eran los frailes, que aún en esa época de la primera mitad de los 60, estaban convencidos de que la letra con sangre entra y que venían de España a integrarse a una diócesis india, y que a los indios había que tratarlos a puntapiés porque no tenían alma, y había que salvarlos de las manos del diablo, del sol, de la luna, de los nahuales que ellos adoraban y que aún siguen adorando, en un sincretismo que fue captado inmediatamente por la mente del obispo, y que respetó absolutamente. Nunca entendieron que en su cosmogonía, adorando al sol, a la luna, a sus anuales estaban adorando a Dios, ese Dios que es Dios sólo si libera a los seres humanos y al cosmos, a los animales racionales, a los vegetales y a los minerales, porque, de acuerdo con la teología de todas las religiones, es el creador, el hacedor y, para los cristianos pobres, el liberador del pueblo.

Mucho antes de que los teólogos latinoamericanos, encabezados por el inmemorial peruano Gustavo Gutiérrez, Porfirio Miranda (quien descubrió que el marxismo estaba ya en la Biblia judía) y otros tantos, como los obispos brasileños, los ecuatorianos, los hondureños, los chilenos y varios mexicanos, parieran para el mundo la llamada Teología de la Liberación, defendida en su juventud por Joseph Ratzinger, el actual conservador papa Benedicto XVI, en Chiapas se practicaba ya por  jTatik y por muchos de sus nuevos colaboradores. Fue un parteaguas el nombramiento de Samuel Ruiz García como obispo de Chiapas. Yo para entonces estaba ya más que convencido que debía ser cura para hacerme indio con los indios, pobre con los pobres, hermano con los hermanos, dios con Dios, naturaleza con la naturaleza, totalidad con la Totalidad. Samy y los indios fueron mis más determinantes maestros. Maestros de verdad que me enseñaron la palabra verdadera. Que me hicieron ateo de ese dios que sólo comía en la casa de los señores, mientras los pobres morían de enfermedades curables, pasaban la vida con hambre, se les morían los niños recién nacidos por un catarrito.

Por eso entendí y comprendí y simpaticé profundamente, totalmente, con el levantamiento indígena de 1994, porque ni los de la Derecha ni los de la Izquierda entendían, y creo que aún no entienden, que los cambios no pueden imponerse. Samuel lo entendió muy bien. Obviamente, en aquel obispo conservador que llegó a San Cristóbal y fue consagrado en la catedral con un lujurioso boato, ya venía la semilla de la liberación. Se constituyó en siervo de su pueblo, en su consuelo, en su comprensión, uno más entre sus pares pobres, porque él ha vivido muy pobremente.

Y yo tuve la oportunidad de beber de esa sabiduría india, y fortalecer mi rebeldía. Y ahora estoy convencido que la rebeldía es más revolucionaria que la propia revolución, que si sólo se queda en egoísmos ideológicos (para mi la ideología, es fascismo puro), muestra terribles fracasos, porque para cambiar la sociedad primero tiene que cambiar el hombre, la mujer, la persona. Cambiar de juicios y actitudes como cambió Samy, gracias a sus maestros los tsot’siles, los tsel’tales, los cho’les, los toj’olabales, los cah’chiqueles entre otros grupos mayenses.

Antes de que el sucesor de Don Lucio Torreblanca y Tapia fuera designado por el Vaticano, los coletos, los poderosos, construyeron del lado izquierdo de la catedral de San Cristóbal un “palacio” episcopal, suntuoso para la medianía de las residencias coloniales de la ciudad, para el nuevo obispo, que para fortuna del pueblo y decepción de los poderosos, fue Samuel Ruiz García, un ser humano que se encontró consigo mismo, se reconcilió consigo mismo, y se encontró con los demás, con los pobres de los pobres, y se hizo pobre con los pobres, como Francisco de Asís.

Yo tenía que dormir en ese palacio porque nuestros viajes eran de madrugada, ya sea en el  jeep hasta ciertos lugares en donde, o podíamos seguir rodando hasta llevar a una comunidad, o teníamos que abandonar el vehículo para montarnos en una mula o en un caballo y continuar el camino. Comíamos de lo que comían los pobres, que no era muy abundante, ni muy rico en vitaminas, proteínas y minerales, porque los pueblos y comunidades estaban y siguen estándolo principalmente en las laderas de los cerros, en las cumbres de las montañas, que fue a los lugares a donde fueron desplazados por los españoles expropiadores que se adueñaron de las mejores tierras del Valle de Jovel, de cuyo seno manaba leche y miel, y hasta allá iba Samy, como me enseñó a decirle Luchita, la hermana que jamás lo abandonó y estuvo con él hasta su muerte, muerte tan llorada por mí. Nunca llevamos itacate (provisiones), ni báculo, ni alforja; sólo llevábamos zapatos porque los terrenos eran muy escabrosos y no tenía sentido resultar con alguna herida en la planta de los pies.

Y tanto jTatik como yo nos integrábamos a la comunidad. Y esto no lo entendían muchos los sacerdotes, de los maestros, el rector del seminario. La vida que llevaba el obispo era totalmente incomprendida por muchos en el clero de la diócesis. Sólo comprendida por unos cuantos, como Aurelio Zapata, el sacerdote que también se hizo pobre con los pobres después de pasar buena parte de su vida en la actividad académica en el seminario. Y me permito mencionar a Aurelio porque fue mi maestro, mi hermano, mi amigo hasta su muerte, entregado en cuerpo y alma a los campesinos y a los indios. Creo que él fue uno de los pocos que entendieron a Samy, e incluso vivió satanizado por las buenas conciencias, como también lo fue el jTatik.

Después del Concilio, y con un obispo renovado, practicante de la aún no nacida Teología de la Liberación, las cosas comenzaron a cambiar en Chiapas. Los campesinos y los indios empezaron a tomar conciencia de sí mismos. De que eran explotados por los terratenientes, por las atajadoras (un grupo de mujeres ladinas que se iba de madrugada a los cruces de caminos a atajar a los grupos de indios que bajaban a San Cristóbal con sus gallinas, sus pollos, sus huevos, sus verduras, y materialmente les arrebataban lo que traían y les pagaban lo que ellas querían e incluso en muchas ocasiones los robaban). 

Don Samuel comenzó a participar muy activamente con la iglesia institucional progresista de América Latina, tanto de manera individual como en los organismos multinacionales como la Conferencia Episcopal Latinoamericana, en donde jugó un papel primordial en el impulso a los teólogos de la liberación y luego de la Teología India, infinitamente más radical, por evangélica, que la Teología de la Liberación.

Convivir con mi querido Samy ha sido en mi ya larga vida una experiencia vivificante, educativa, gratificante, amigable, amable, comulgadora, realizante. Estoy plenamente seguro de que él marco mi vida de rebelde. Me enseñó a diferenciar entre la iglesia imperial, monárquica y la iglesia excluida, la de los pobres, la de los miserables, la de los indigentes, la verdadera iglesia universal que no excluye a nadie, ni a agnósticos, ni a ateos, ni a budistas, ni a jainistas, ni a musulmanes, ni a judíos, ni a las religiones autóctonas, ni a los sincretismos, ni a la naturaleza toda, plenamente evangélica, porque Jesús no hace acepción de personas, aunque prefiere a los débiles, a los expropiados, a los enfermos terminales, a los llamados pecadores – aunque yo estoy seguro que el único “pecado” que existe en la ética cristiana, verdaderamente cristiana, es la injusticia. Y me enseñó que el único de Izquierda es el Samaritano….

Samuel Ruiz García está ahora en su retiro de Querétaro, pero contribuyó de manera determinante al surgimiento de una nueva Iglesia, la Iglesia de los pobres que, lamentablemente, cada vez tiene menos que ver con la estructura clerical del Vaticano. Y esto me recuerda una anécdota narrada por el inmemorial Hélder Cámara, de aquella época, arzobispo de Olinda y Recife. Cuando llegó a visitar, en alguna ocasión al Papa, en su llamada visita ad límina, éste le manifestó su preocupación por el alejamiento de Europa de la “Iglesia”. Y dom Helder se tomó la libertad de sugerirle, palabras más palabras menos: Santo Padre. Deje el Vaticano y haga su sede de la parroquia más pobre de Europa. Entonces verá cómo los europeos vuelven la vista a la Iglesia.

Samuel, pues, es parte de mi vida, de mi formación como ser humano, como periodista, como preocupado y luchando por un mundo menos inhumano y con la utopía del socialismo, que no es imposible, a pesar de que la iglesia conservadora apoye a los gobiernos dictatoriales, a los gobiernos neoliberales, y condene y satanice a los teólogos de la liberación y a los movimientos populares.

De Samuel aprendí que un Dios que no es liberador de los expropiados, de los oprimidos, de los excluidos no puede ser dios. Es un ídolo de barro.

 

http://analisisafondo.blogspot.com.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: